domingo, 24 de enero de 2016

Reliquias – Patricio G. Bazán, Daniel Alcoba & Sergio Gaut vel Hartman


—¡Vendido al señor Raubal! —Los tres golpes del martillo del subastador marcaron mi destino. Después de toda una vida de robar, estafar y amenazar a medio mundo, al fin pude amasar una fortuna para comprar aquello que me obsesionó desde que lo vi en un catálogo, hace tanto tiempo: la pistola Walther PPK con la que Adolf Hitler habría terminado con su vida. Luego de los trámites de rigor, abandoné el edificio con el fatal estuche escondido bajo mis ropas.
Esa noche, después de cenar, abrí la caja. La pistola de calibre 9 mm estaba aislada y sellada con una cubierta de acrílico que en lugar de retirar hice trizas. Quise comprobar que no tuviera una bala en la recámara, pero apenas apoyé la palma diestra en la empuñadura, mis dedos se cerraron para sostenerla con firmeza y se me hace que el arma corcoveó un poco para ajustarse a mi mano mientras el gatillo me succionaba el índice. ¿Dije que los golpes del martillo del subastador marcaron mi destino? No solo lo marcaron: esos tres golpes, adjudicándome en propiedad absoluta el arma que había terminado con la vida del líder nazi, lo motorizaron y configuraron. La pistola impulsó mi mano y no se detuvo hasta que el cañón reposó en mi boca, colmándome de felicidad. Tardé una fracción de segundo en descubrir que el precio estipulado cubría el valor no de una, sino de dos reliquias.


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