sábado, 16 de enero de 2016

Recuperados – Evelyn Cano, Maritza Álvarez & Iris Tocuyo


Entro en una especie de plató donde veo a una niña parada frente a lo que puede ser un telón de fondo. No logro desviar la mirada de la niña, que tendrá unos cinco o seis años. Luce triste; llora y, sin intermedios, suelta una carcajada, gruñe y murmura, sonríe. Las voces fuera de escena me advierten: “ni siquiera la mires”. Es una niña y tiene miedo: la luz en un ojo y en el otro el abismo. Me acerco lentamente y trato de buscar una explicación en su mirada pero sigue llorando; me desespero, no encuentro indicios que me expliquen el porqué de su llanto, le tiendo la mano y ella la desdeña, pues sabe que si la toma todo se vendrá abajo y no podrán atraparme, como han atrapado a todos los que se acercan con el señuelo de la niña que llora y gruñe. Insisto en acercarme pero siento un golpe seco en mi cabeza que me hace perder el equilibrio. Sostengo mi cabeza y voy dando traspiés hasta un amontonamiento de telas, en un rincón oculto debajo del obsoleto entarimado, que ahora sirve de depósito y refugio de insectos y ratas que acompañan a los saltimbanquis. Hay un carrusel en vértigo ante mis ojos. Lentejuelas centelleantes me impiden ver claramente la realidad que me rodea, y esos brillos vienen acompañados de alaridos ensordecedores. Quiero moverme pero estoy atada. Un enorme espejo que sobresale en la penumbra del bastidor que sirve de fondo, me refleja. Recuperada.

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