sábado, 21 de noviembre de 2015

Historia bestial – Javier López, Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


Mi tía Marta, a pesar de su nombre, era una zorra. Pero su obsesión cardinal era la cría de animales exóticos, cuanto más exóticos, mejor. Después del suicidio de su novio, el escritor Ernest Hemingway, se dedicó un tiempo a jugar al bingo y a tener sexo ocasional con militares de alta graduación, alcohólica y escalafonaria. Ella prefería los coroneles bebedores de brandy a los generales que se mamaban con ginebra, aunque huelga decirlo, a la hora de mamar ella no se quedaba detrás de las cortinas. Porque así era de sutil, a veces delante de todos, otras a regañadientes, nunca se perdía un beso a la botella de los licores que más amaba: ron cubano, whisky, caña, oporto… no le hacía asco a nada, hasta mamaba licor de huevo, si al fin y al cabo alguien le acercaba el pico a los labios. Con Ernest había visitado todos los bares de La Habana e incluso habían entablado buenas relaciones con un cantante que la tenía hipnotizada con sus bellas proporciones y una extraordinaria dotación que la puso bien fresca. Esa dote, vale aclararlo, fue suficiente para que el abuelo le sugiriera dejar al escritor, sobre cuyo suicidio ya había leído con la suficiente antelación, y formar una familia monoparental fecundando sus óvulos en una maceta, regada con el abundante legado genético que el cubano fue capaz de dejarle durante su corta relación. Para su sorpresa, de la maceta surgieron unas adelfas alucinógenas con las que la tía Marta logró evadirse y olvidar al cubano, a Hemingway, y hasta su propia reputación de zorra. Acabó sus días en un convento de La Habana. Se asegura que durante los cálidos inviernos cubanos usaba, sobre el hábito, unos lujosos abrigos de piel de leopardo hermafrodita. ¿Para qué, si no, habría dedicado su vida a la cría de animales exóticos? Tras su muerte quedó, sin estrenar, en el armario, el sacón de marta cibelina, ese que hubiera acabado con esta historia antes de comenzar.

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