sábado, 21 de noviembre de 2015

Compañero del destino - Cristian Cano, Mariángeles Abelli Bonardi & Mirta Leis


Al costado de la puerta de hierro, estaba el canil. Techo de chapa a dos aguas y entrada curva; no tenía nada de extraordinario, salvo por los tres platos de plástico ubicados enfrente, con precisión milimétrica, uno al lado del otro. 
El primero, verde, estaba prácticamente nuevo. Tenía restos de lo que parecía ser harina de huesos.  
El segundo,  rojo— bastante mordisqueado—, mostraba una morcilla a medio comer con mosca incluida. 
En el último, el azul, había un papel atado con un hilo; era una invitación. 
Abrí la puerta y descubrí ese enorme pasillo que no puedo olvidar. En compañía de mi perro,  me adentré con paso firme; permanecía una claridad que finalizó con el estampido metálico de la puerta al cerrarse. 
Tuve que elegir entre tres caminos, era imposible volver atrás. Avancé cayendo, levantándome, riendo y llorando, tratando de llegar al final de mi propio laberinto. Con el tiempo, los pasos fueron más lentos, la experiencia de recorrer atajos signó los tiempos, y secundado por mi fiel Cerbero, destrabé la última puerta para ya nunca volver.

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