jueves, 31 de diciembre de 2015

Invicta - Raquel Barbieri, Claudia Isabel Lonfat & Ada Inés Lerner


A los noventa y seis años, Serena se dio cuenta al fin de que tenía clítoris. Sucedió tomando un baño de inmersión que decidió prepararse al intuir que esa misma noche moriría, y ella quería despedirse de este mundo con decoro; limpia y perfumada. Nunca antes se había dado un baño de ésos. La ducha era lo más cerca que había estado del placer. Su vida había consistido en lavarse con palanganas, tachos y toallitas enjabonadas y enjuagadas, luego una toalla seca, colonia barata y a vestirse. Serena había sido la sirvienta —sí, me refiero así a ella porque fue como la trataron— en casa de los Arrieta. Sus padres habían trabajado toda la vida en esa casa, hasta que murieron como consecuencia de la explosión de la caldera, por falta de mantenimiento. Los Arrieta se habían lamentado más por la merma del agua caliente que por la pérdida humana. La cobijaron, sí, pero no como a una hija, y solo porque el abogado de la familia lo recomendó para evitar un chismerío que no los favorecería socialmente. Al principio la dejaban almorzar en el comedor con ellos, quizás para expiar sus culpas, si es que fueron capaces de sentir algún remordimiento, pero pronto la despacharon para el área de la cocina y a darle pequeñas tareas, que poco a poco fueron abarcando más y más, hasta someterla prácticamente a realizar casi todo el trabajo de la casa, ya que el resto del personal estaba bastante achacado, no tanto por la edad, sino por el abuso y la falta de asistencia médica. Cuando Serena llegó a la adolescencia, se convirtió en una joven hermosa, de sonrisa fácil y carácter alegre. Atrás había quedado la tristeza infantil, producto de su orfandad. Fue en ese momento que tuvo que empezar a defender su intimidad de los embates del señor Arrieta, y lo hizo a los gritos cuando él le tocó las partes íntimas, esas que ni siquiera ella podía mirar, hasta que la señora Arrieta, que no ignoraba las andanzas de su marido con otras mujeres, acalló a la joven para que el resto de los habitantes y algunos invitados no cuchichearan sobre ellos. Tiempo después, el hijo mayor de los dueños, al terminar una farra de borrachera y algo más, forcejeó la puerta de Serena que ya había aprendido a encerrarse con llave y tranca. 
La señora Arrieta castigaba a Serena por los impulsos pasionales de su familia. Comenzó con pagarle el mes con: “mañana, mañana, pasado mañana”, o “todo junto el mes que viene” y también utilizó el bajo recurso de victimizarse, echándole en cara el hecho de que le habían dado un lugar en la casa cuando sus padres murieron. Obviamente la señora se olvidaba de mencionar que la muerte de los padres de Serena fue por un accidente dentro de la casa. Tampoco le pagaban suficiente dinero como para que ella pudiera irse definitivamente de allí, alquilar un cuarto en una buena casa de familia, hacer la limpieza durante el día y no tener que encontrarse en cada rincón de la planta alta con el señor Arrieta. 
Serena no cambió con el correr de los años. Seguía manteniendo su espíritu alegre a pesar de las circunstancias que a veces le tocaba vivir en la casa, y se había resignado a que el señor Arrieta la llevara a un rincón y le baboseara el cuerpo, tranquilizándose después de algunos estertores. Serena pensaba que en esos momentos podría sobrevenirle la muerte, por la manera en que el señor temblaba y se le ponían los ojos en blanco. Por fortuna, el ímpetu del señor fue mermando como consecuencia de la edad. En cuanto al hijo, que casi nunca estaba en la casa, se casó joven y no tuvo más oportunidad de acosarla, ya que su mujer celosa, no lo dejaba ni un segundo cerca de Serena, a quien reconocía como una rival por su fresca belleza. Sin embargo, fue ella quien la llevó a su casa cuando los Arrieta murieron, para que se ocupara primero de los hijos y después de los nietos. Serena ya era una mujer madura que no había podido cumplir sus sueños de un hogar propio e hijos. Las pocas veces que se había cruzado con un hombre de su edad, retrocedía, y se escapaba hacia el interior de sí misma aterrorizada, aunque no sabía bien por qué. Educada en la ignorancia y el pudor exacerbado por la devoción de una fe tergiversada por la clausura malintencionada en que la obligaron a vivir, las palabras “amor y sexo” estaban casi prohibidas hasta en su pobre lenguaje. 
Como había sucedido con el resto del personal, llegó un momento en que Serena ya no pudo afrontar todas las tareas del hogar, y sus empleadores prefirieron buscar en un pequeño pueblo de provincia otra “Serena” antes que darle dinero y despedirla. ¡Total ocupaba poco lugar y comía migajas! Y allí, a tardía edad fue que la real vida de Serena comenzó. Nunca antes había sido feliz ni cinco minutos, y ahora, siendo pobre y vieja, era dueña de una paz que muchos no llegan a conocer. Su mayor anhelo, el de vivir el amor y formar familia, era un sueño ajeno, inasible para ella, paralelo, inalcanzable ya a la edad avanzada en la que se encontraba. La paz duradera y los largos silencios que redimían su alma después de tanto tiempo constituyeron así una especie de felicidad, y ella la saboreó hasta el punto de encontrarse sumergida en una bañera con aroma a lavanda en donde sus pobres huesos se abandonaron en una especie de letargo placentero y allí se atrevió a tocarse en el sentido exploratorio de la palabra. Antes, sus manos solo habían pasado por allí con la toalla para lavarse; ahora, los flacos dedos acariciaban con curiosidad la vulva y el clítoris. Fue entonces que sobrevino el único orgasmo de su vida, y Serena dejó este mundo de la mejor manera, con una última sensación de alivio y abandono.

Acerca de los autores:
Ada Inés Lerner

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