lunes, 28 de marzo de 2016

Si los perros hablaran – Javier López, Pablo Martínez Burkett & Héctor Ranea



La historia que perdura es falsa. La escribieron los hombres y sabido es que siempre han necesitado de un héroe. Debo resignarme. Pero ¿qué héroe puede ser quien con sus manos mató a su mujer, hijos y dos sobrinos? El atajo de la locura, claro. Y luego, un nebuloso oráculo que todo lo purifica. Disfraces para excusar una carrera de asesinatos, capturas y robos. Pero yo lo sé: fue por codicia de una corona, por el despojo de un reinado, la insaciable pulsión por mantener el poder a costa de lo que fuere. Y el problema comenzó con su jodido sastre, un bromista que más valía como comida de perro que como bufón. Gracias a él, todo el boato en su presencia, todo el marco fastuoso que daban sus palacios, había caído en el ridículo por hacerle de paño transparente su vestidura. El encadenamiento de sucesos había llevado de su condena al descubrimiento de que el inicuo y su esposa difunta nunca habían cohabitado. ¿Cómo explicar, entonces, la existencia de hijos del matrimonio? La sibila hubo de retirar los cargos por parricidio, reduciéndose a dos los trabajos. El tiempo en que la epopeya lo ubica esforzándose en los otros diez, en realidad lo pasó amancebado con Éurito, que no pudo resistirse al encanto de sus transparencias. La pareja no tuvo descendencia, como era de esperar. Pero llenaron sus días con un perrito al que llamaron Cerbero. Lo demás, son historias.

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