Mostrando entradas con la etiqueta Laura Olivera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Laura Olivera. Mostrar todas las entradas

domingo, 20 de marzo de 2016

Derecho a saber - Laura Olivera, María Brandt & Koller


“Usted no se da cuenta, pero yo le estoy haciendo un favor. Tómese un minuto para pensarlo: ¿por qué habría yo de presionarlo a tomar semejante decisión? Yo no tengo nada que ganar; tampoco nada que perder. Me limito a hacerle llegar estos tristes hechos porque usted está directamente involucrado y porque creo que tiene derecho a saber. La historia (su historia) juzgará si fue acertado escribirle esta carta. Ahora bien, también es cierto que todo tiene su precio…”
Frené la lectura de inmediato. Me temblaban las manos, el corazón me rompía el pecho. Sentí que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre. Debía decidir ahora, si seguía leyendo o tiraba la carta a la basura. ¿Y encima hay un precio? ¿Y mi precio? ¿Y si me entero de algo que no puedo soportar? Tenía que elegir entre la comodidad que me ofrecía la cobardía, o el dolor que trae la luz del saber.
Prendí la hornalla. Y acerqué la ingrata carta. Era agradable ver como ardía. Después quemé las otras cartas de la empresa, y las facturas impagas y después el resumen del banco y los imanes. Era un poco gracioso como se retorcían al quemarse.
Un soberbio espectáculo el fuego.
¿Sabe?, yo soñaba siempre con incendios, de chico quería ser bombero. Con ese hermoso uniforme que usted tiene, soñaba y con salvar vidas. Porque lo importante, es la Vida, oficial. Lo importante es la Vida.

Acerca de los autores:

miércoles, 16 de marzo de 2016

Bolita – Laura Olivera, Köller & Claudia Isabel Lonfat


Cada tarde, siempre que hubiera sol, Augusto se embutía en su traje de colores y se pintaba la cara de blanco, la nariz de rojo, los ojos de azul. En un parque cualquiera, desplegaba una manta pequeña y se sentaba a tocar la corneta. Así, cada tarde, Augusto se transformaba en Bolita, el payaso. Con una sonrisa cándida, Bolita repartía globos a los niños y danzaba para ellos con torpeza y dulzura; entonces conseguía olvidar su horrible pena de amor.
Desde muy pequeño recuerdo con melancolía la tristeza en la mirada de los payasos, ¿Qué será lo que hay detrás de esas sonrisas dibujadas con lápiz labial?, solía preguntarme cuando mi viejo me llevaba al circo. Quizá sea una de las primeras paradojas que tuve que enfrentar. Ahora que ya soy un hombre, parado frente al espejo mientras observo los tajos que la vida le ha dejado a mi alma, recuerdo la mirada de Bolita y su trompeta ajada. Y también me pregunto por qué habiendo tantos nombres, elegí justamente el de ese payaso lamentable, con su pena de amor.
Siempre supe que la novia de Bolita lo dejó porque él era alcohólico y le gustaba manosear chicos, solo que no lo quise ver, los chicos no pueden ver esas cosas porque no está bien, los chicos son inocentes, son puros. —¿Entendiste Bolita? No me toques… no me toques.

Acerca de los autores:
Claudia Isabel Lonfat
Laura Olivera
Köller

miércoles, 17 de febrero de 2016

Impresiones indelebles - Laura Olivera, Begoña Borgoña & Sergio Gaut vel Hartman


Lidia lloraba desde la mañana, cada vez con mayor intensidad. Al final, la madre no tuvo más remedio que llamar al médico.
—Esta niña ve muertos —dijo el doctor Fulcanelli—, como en la película Sexto sentido.
—Doctor —protestó la madre—; no me diga que cree en esas estupideces.
—Ese no es el asunto; no solo los ve: quedan grabados en la retina de la niña. Cuando acerqué la linterna a la pupila vi a Marilyn Monroe y a Lenin, y también al general Aecio, el que derrotó a Attila.
—No puede ser cierto —se horrorizó la madre.
El doctor encandiló nuevamente a la pequeña Lidia, que se alejó, reticente. La madre le cubrió los ojos.
—Deje en paz a mi hija —ordenó—. Usted es un degenerado.
La niña emitió un gemido, pataleó de repente. Sus ojos se abrieron enormes.
—Hay un hombre —dijo temblando—. Es alto, altísimo, con barba larga y dientes amarillos. —Se estremeció y en su carita se dibujó una mueca de espanto? Viene hacia mí.
La luz de la lamparita comenzó a titilar descontroladamente. El médico soltó el utensilio y quedó como hipnotizado. Cuando comenzó a convulsionar, la madre de Lidia intervino empujándolo al suelo, donde se retorció con estertores horribles.
Abrazó a su hija y la curiosidad la impulsó a mirar sus ojos opacos; en cuyo fondo vio el rostro aterrorizado de Fulcanelli, moviendo los labios mientras trataba de transmitirle un mensaje ininteligible.

Acerca de los autores:
Begoña Borgoña
Laura Olivera
Sergio Gaut vel Hartman

viernes, 5 de febrero de 2016

El rostro asignado – Laura Olivera, Patricio G Bazán & Claudia Isabel Lonfat


Avanzó despacio; le sobrara el tiempo y la noche estaba tan linda para respirar hondo y llenarse de luna. No conocía a su víctima, pero igual se sentía tranquilo; en veinte años de profesión, jamás había errado gracias a su sorprendente capacidad para retener imágenes: una sola fotografía era suficiente para identificar de inmediato el rostro asignado. Por eso era el mejor, aunque además sus técnicas eran limpias, impecables. La que más disfrutaba era el tiro seco en la frente. Un segundo y ¡zas!, al más allá sin escalas. 
Para él era solo un trabajo, no había pasiones que lo movilizaran, ni algo morboso o perverso. Lo único que buscaba era ser lo más práctico posible. Atrás había quedado el tiempo de atropellarlos o cortarles el cuello, eso era trabajo de principiantes, y dejaba las manos sucias, pensaba durante la espera.
Ahí estaba ella, igual a su imagen mental, alta, un poco desgarbada, pero bella en su rareza exótica. Cuanto más se acercaba, menos quería matarla. Él, que había disparado más flechas de plomo que Cupido, ahora temblaba al mirarla.
En lugar de una ejecución, la invitó a un café. Parecía la mujer que estuvo esperando desde que nació, hecha a su medida.
Charlaron durante horas. Todo era miel y rosas, hasta que sintió que le faltaba el aire.
Ella lo notó, pero la tranquilizó sonriendo: —Es el Amor
Ella negó con la cabeza. —Neurotoxina. Lo siento, llegó tu retiro.

Acerca de los autores:

miércoles, 20 de enero de 2016

Petunia - Laura Olivera, Saurio & Koller


Me gustaba esa manera de mirarme que tenía Petunia. A decir verdad, era bastante fea y de no haber sido por el azar de la vida, jamás hubiéramos terminado viviendo bajo el mismo techo. Pero lo cierto es que con el tiempo había aprendido a quererla y a dejarme entretener por sus modos sensuales y sus ojos amarillos. Ella era feliz viviendo junto a mí y yo, en cierto modo, también lo era. De hecho, ella me amaba, y lo sé porque me lo dijo el día en que el zoológico cerró y nos separamos para siempre. 
—Te amo. —Así me dijo, sin sutilezas ni subterfugios, porque así era Petunia, directa y simple. Luego agregó lo que ambos ya sabíamos—: Ahora te van a trasladar a otro zoológico y a mí, también a otro, pero diferente. Lo nuestro ya no va a poder ser. Yo sólo gruñí y me lamí la pata delantera. Es que aún no dominaba su idioma. La miré con tristeza mientras se la llevaban. Fueron varios días de soledad en esa jaula putrefacta. Me sobresalté cuando vinieron a buscarme. Caminé resignado a través de un puente que me llevaba a un camión. Había una tigresa ahí. Me paralicé cuando me mostró los dientes. ?¡Quieta Zaira! ?gritó un hombre. Me gusta esa manera de mirarme que tiene Zaira. A decir verdad, es bastante fea y de no haber sido por el azar de la vida…

Acerca de los autores:

sábado, 16 de enero de 2016

Un final feliz - Köller, Laura Olivera & Saurio


Julieta llevaba horas sentada en su escritorio. Suspiró por enésima vez y elevó la vista para observar la escena: un cenicero mugriento, una hoja en blanco, un viejo lápiz y una pila de bollos de papel. ¿Puede que fuera tan difícil encontrar un final feliz? ¿Por qué Matías le había pedido semejante milagro? ¿Acaso ya no lo atraía su oscuridad? ¿Y si ya no me ama? Pensó mientras desistía una vez más. De inmediato, levantó el teléfono.
―¿Hola? Pasame con Romeo… Hola, Romeo, soy yo.
―¿Qué hacés, Juli?
―Oíme una cosa: este tío tuyo que me pusiste como editor es un romántico de mierda: me pide un final feliz.
Oyó risas al otro lado y estalló en furia.
―¿De qué te reís? Sabés que soy oscura y me revienta la alegría.
―Es que así somos los Montesco, Juli. Somos buena onda.
―¿Te estás burlando? ―preguntó, casi en llanto―. ¿Es que ya no me amás?
―No. El que ya no te ama es Matías.
―Pero, vos, ¿me amás?
―Ay, nena. Si yo al que amo es a Mercutio. ¿Acaso te habías olvidado que soy gay?
―Es que me olvidé de tomar la medicación.
―Hablando de eso... ¿te acordás de la pendeja que quedó en coma por una sobredosis de somníferos?
―Sí..., eso fue como hace cien años.
―Bueno, pasó un príncipe, la besó y se despertó.
―¡No!
―Sí, nena. Ahí tenés tu final feliz.
―Gracias.


Acerca de los autores:


sábado, 19 de diciembre de 2015

Bajo el sol - Laura Olivera, Ricardo Bernal & Begoña Borgoña


Se despertó con la horrible sensación de masticar arena. Estuvo un rato escupiendo, se sentó como un indio y lentamente paseó la vista por el horizonte, que era igual en todas direcciones. ¿Cómo había llegado al medio de aquel desierto? Desde un cielo diáfano, inmaculado, el sol parecía muy cerca, como si estuviera allí solo para achicharrarle la cabeza, los brazos, las piernas. Atinó a resguardarse, desesperadamente buscó algo con qué cubrirse y solo entonces advirtió que estaba completamente desnuda. Descubrió que las huellas de varias especies se perdían en el horizonte hacia ocho direcciones distintas en una geometría perfecta; ninguna pisada era humana y dos de ellas eran indudablemente de camellos o dromedarios. Cerró los ojos, su último recuerdo era el enorme ojo luminoso y las cuerdas fuertemente apretadas en sus muñecas y tobillos. Intentó levantarse, pero el dolor insoportable de las articulaciones la hizo caer de bruces y golpearse con algo duro enterrado en la arena. Comenzó a cavar, buscando, no sabía por qué, un bebé recién nacido; recordaba vagamente haberlo sostenido entre sus brazos. Escarbó hasta que la sangre brotó por debajo de sus uñas. Cuando al fin terminó, exhausta, vio ante sí un pequeño esqueleto que parecía humano. Su memoria lanzaba fragmentos de una ceremonia extraña, pero no alcanzó a comprender lo sucedido. El pelo que cubría su cuerpo la hacía sudar copiosamente. Se incorporó con dificultad para alejarse apoyada en sus cuatro extremidades, erguida apenas.

Acerca de los autores:


miércoles, 25 de noviembre de 2015

La llamada - Saurio, Laura Olivera, Köller


―¿Hola?¡Por qué no viniste anoche!
―¿Qué? ¿Quién habla?
―¡Vos sabés bien quién habla!
―¿Eh? No..., no sé quién sos...
―¡Ah! O sea que además de cagador, ignorante.
―¡Mirá, no tengo tiempo para estas jodas, estoy muy ocupado...! ―… leyendo “Los cuentos del Cancerbero”.
―¿Qué? ―No te hagas el idiota, ea1stás leyendo “Los cuentos del Cancerbero”.
―¿Qué? ¿Cómo sabés? ¿Quién sos?
―Vos sabés bien quién soy, no te hagás el gil. ―No me hago el gil, realmente no lo sé.
―¿En serio me decís?
―Nunca hablé tan en serio.
―Te doy una pista…
―Dejame de joder, no te hagas el intrigante porque te corto ya.
―Anoche te esperé…
―Quién sos a la una…
―Te esperé durante horas.
―Quién sos a las dos…
―Te esperé en la cama.
―Quién sos a las… ¿en la cama?
―En la cama, como siempre.
―Flaco, estás equivocado y encima sos puto.
―No insultes. No tiene sentido, yo sé que también te gusto ¿Acaso te olvidaste ya?
―¡Basta! ¿De qué me olvidé? Te pedí que no me llames.
―Ves que sabés quien soy.
―¡Callate! Tengo que leer. ¡Respetame!
―¿Respetarte? Bueno, perdóname.
―No me pidas perdón ¿Por qué me pedís perdón? ¿Quién sos? ¿Qué hacés acá? ¿Quién te pidió que aparezcas?
―Vos sabés quién soy ―Terminala, no puedo más.
―Sí sabés, ¡Abrí los ojos!
―A mí nadie me dice lo que tengo que hacer ¡Andate ya!
―¿Adónde querés que me vaya?
―¿En serio me esperaste?

Acerca de los autores:

lunes, 9 de noviembre de 2015

Pequeña maravilla - Laura Olivera, Cristina Chiesa & Claudia Isabel Lonfat


Ya no tenía caso seguir esperando, levantarse cada día y desear que todo acabara de una vez: era necesario actuar, decidirse a ponerle un fin con sus propias manos, o con sus propios pies, ahora duros y apretados contra la pared de la cornisa, la punta de los dedos asomando al vacío como un presagio ineludible. Allá abajo la ciudad hormigueaba como siempre. ¿Dónde aterrizaría su cuerpo? El viento le golpeó la cara y por un momento perdió el equilibrio. Se bamboleó estabilizándose con los brazos extendidos. Y un olor como a manzana asada le atravesó la cara. Ese olor de infancia, en la casa de la abuela, el patio con malvones, el silencio de la parra y el gato durmiendo al sol. Algo le susurró en el oído…"tú vienes con nosotros, pequeña maravilla". La voz de él, aquél verso escrito en la mesa de un bar. El vacío le mostraba aún su rostro lívido. Tiernos brazos la empujaban hacia atrás. Pero ella vio los versos flotando en el aire y, desesperada, intentó tocarlos antes de que se desvanecieran del todo en la nada, como ese rostro, esa infancia con sus olores, esas sonrisas amadas. Y mientras esos brazos la tomaban, ella se iba inclinando cada vez más hacia ese vacío lleno de vida, y voló, voló para recuperar todo lo perdido, con los ojos bien abiertos y la sonrisa ancha, como nunca antes.

Acerca de las autoras:

jueves, 5 de noviembre de 2015

Verde - Laura Olivera, Omar Chapi & Antonio J. Cebrián


Hay cosas que suceden de repente: uno no espera nada y entonces ocurre lo menos pensado. Esa tarde, mientras zurcía junto a la ventana, Ernestina se pinchó un dedo con la aguja, tan fuerte que pegó un grito y enseguida se lo llevó a la boca. Su lengua palpó el líquido tibio y reconoció algo extraño, un sabor vagamente familiar que no consiguió identificar. Se miró el dedo y lo que vio la llenó de espanto: su sangre era verde. Se acordó entonces, de aquellos insectos que había disecado siendo niña. Debo estar alucinando, pensó. Sin embargo, era la única sangre que recordaba de color distinto al rojo. Debo ir al médico, gritó y se levantó del taburete tirando las costuras de su regazo. En la sala se tropezó con su esposo, y ya no pudo contenerse, rompió en llanto al tiempo que intentaba explicar el suceso, gritando, gesticulando y mostrando su dedo que para entonces, había dejado de sangrar. Él, disgustado, tomó el teléfono y se marchó. 
Cuando regresó, lo acompañaba una especie de mecánico desaliñado.
—Ya sé que las fugas se auto reparan —dijo su esposo— pero es que además ha desarrollado la extraña idea de ser una amante esposa que zurce calcetines.
—Sí, estas unidades de compañía sofisticadas hacen cosas raras. Restauraremos valores de fábrica y así se limitará a actividades de cama.
Y accionó el pequeño interruptor de la nuca de Ernestina, sumiéndola en una profunda oscuridad.

Acerca de los autores:


martes, 20 de octubre de 2015

Palpitaciones - Köller, María Brandt & Laura Olivera


Miré el monitor, llevaba horas sentado con la vista fija en esa pequeña ventana. Las palabras de la mujer al otro lado del vidrio venían clavándose directo en el alma. El corazón a mil. 
—Palpitaciones —dije. 
—Palpitaciones —escribió ella en ese preciso instante. Traté de bajar, pero los latidos eran cada vez más fuertes, no podía escaparme de ahí. Voy a morirme ahora, pensé mientras un cosquilleo me tomaba el cuerpo por completo. Respiré profundo, sin embargo, las palpitaciones crecían.
—¿Palpitaciones? Lo comprendo, es natural, pero nada en su carpeta de admisión a la Empresa hace sospechar que esté enfermo. Confiamos plenamente en que tendrá todo listo en setenta y dos horas. Después de todo se trata sólo de un remanente de personal; el arreglo no es despreciable. 
Ahora sentía un dolor agudo en la boca del estómago y la rabia sorda de tener que decir sí, claro, así se hará. Voy a dejar de mentirme. Encendí la video cámara.
—Disculpe —le dije a la empleada—. Un momento. —Ella me miró, fastidiada—. Hay algo que usted ignora. Mis palpitaciones responden a una enfermedad que no figuraría en la carpeta de admisión.
—Por escrito, déjelo por escrito Fernández —exigió ella.
—La mía es una condición que no tiene cura y es absolutamente incompatible con cualquier empresa.
Ella cerró la carpeta. Y cortó la videoconferencia.
—Es amor —declaró él y se puso en pie—. Todo esto fue un error.

Acerca de los autores:


lunes, 12 de octubre de 2015

Doce tequilas y un funeral - Laura Olivera, Claudia Isabel Lonfat & Patricio G. Bazán


Desde el fondo de un pozo, como una cosa lejana, oí la voz de papá:
—Despertate —decía—. Vamos.
Lentamente, en un esfuerzo titánico, conseguí asomarme a la consciencia, regresar a mi habitación, a mi cama, aunque no recordaba haber llegado allí. Desde el ojo del tornado que era el mundo, quise recordar. Solo retazos, imágenes sueltas: una barra de madera, una botella, el sabor salado, las rodajitas de limón. Mi cuerpo estaba vencido pero había que asistir al funeral.
No entiendo como habíamos llegado a este punto, pensé, mientras las arcadas venían de golpe y no me daban tiempo a correr hasta el baño. Un gutural eructo y los doce tequilas saliendo como un volcán en erupción. Mi boca de pronto era el cráter por donde expulsaba todo ese dolor mezclado entre doce tequilas, y la pregunta: —¿Qué lugar cobijará un cuerpo roto? —Mientras, asisto a un funeral sin muerto.
Veo algunos rostros conocidos, pero otros se escapan lentamente de la memoria. Debería hacer el intento pero me cuesta concentrarme, así que dejo partir esos recuerdos con una sonrisa entumecida. Adiós, gracias por venir, sean quienes fueran.
A los familiares más cercanos aun los retengo, y me gustaría explicarles que no hay dolor, pero siento la boca pastosa. Sus voces se van opacando lentamente, y no me queda ni el consuelo de abrazarlos. Ahora sé que papá no pudo despertarme.
Doce tequilas, y mi propio funeral.

Acerca de los autores:

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Culpable - Omar Chapi, Antonio J. Cebrián & Laura Olivera


Volví en la noche y la encontré desnuda al filo de la cama. Abrigaba la esperanza de que al sentirse sola, por fin se hubiera ido, pero no. Me invadió una extraña sensación de culpa, me amaba, y no debí dejarla sola en aquel departamento, con todas esas historias de fantasmas flotando en el ambiente. De pronto, descubrí algo extraño en ella, me acerqué de prisa y toqué su rostro, estaba fría; por primera vez, su cuerpo rígido me devolvió una mirada indiferente, desprovista de toda emoción. Tomé su mano; no había pulso. Ni rastro de sangre o violencia, solo laxitud y silencio. Ojos de vidrio, piel de silicona; ella era ahora un objeto inerte. Recorrí el cuarto con la mirada en busca del autor de aquella atrocidad. No había escondrijo que pudiera albergar a una persona; nada bajo la cama. Salí de la habitación y registré la casa preso de la ira. ¿Quién se había atrevido a hacerme aquello? En un impulso tomé el teléfono, pero no supe qué discar. Fui hasta la puerta, revisé la cerradura: nada parecía indicar que alguien hubiera entrado a la fuerza. ¿Es que entonces ella le había abierto al intruso? Una oleada de rabia me calentó el pecho. Volví a la habitación y miré el cuerpo azulado, el mismo que alguna vez había amado yo mismo, acariciado con mis dedos, ahora trémulos de ira. 
—¡Por puta! —grité —. Por puta tuve que estrangularte.

Acerca de los autores:


martes, 22 de septiembre de 2015

En la pradera - Laura Olivera Saurio & Köller


Descalza, de ojos grandes y mejillas siempre rozagantes, la niña atravesó la pradera. A su paso recogía florcitas de colores que depositaba en una canasta pequeña; en el azul limpio del cielo vio recortado el techo a dos aguas de la casa del abuelo. Decidió volver temprano y mostrarle al abuelito la cosecha del día. Apretó el paso. Para su sorpresa, una mujer la abordó en la puerta. 
—¿Heidi? —preguntó. 
—Sí —respondió la niña. 
—Soy Helga, la amante del abuelito. ?Paralizada por la sorpresa, Heidi observó con cuidado a Helga, mientras un calor insoportable le enrojecía las mejillas más de lo normal. Apenas unos segundos después, estalló de ira. 
—¡Mentira! Mi abuelito no tiene amantes ¿Qué hace usted acá? ¿Qué quiere? Dígame la verdad. 
—Sí, nena. Soy la amante de tu abuelo. 
—¿Y mi abuelo dónde está? 
—Salió, no importa ahora. Yo necesitaba que supieras la verdad. 
—Viejo de mierda, lo voy a matar —pensó la niña. Fue hasta el arroyuelo, donde encontró a Pedro sodomizando a una cabra?. Necesito que me consigas algo —le dijo. 
—¿Qué calibre? 
—Nueve milímetros. 
—Tengo un Colt Python. Seis tiros, cañón de 15 centímetros, imposible de rastrear. 
—¿Precio? 
—Diez grandes... pero podría hacerte una rebaja si... 
—Ya te dije que Clara y yo somos pareja. No insistas. 
Al amanecer el Viejo de los Alpes yacía tirado en su choza. Con su sangre alguien había escrito en la pared: “Abuelito, dime tú... ¿por qué siempre te han gustado los trabas?”.

Acerca de los autores:


lunes, 14 de septiembre de 2015

El hombre de arena - Claudia Isabel Lonfat, Laura Olivera & Köller


Teo se llamaba mi abuelo, pero prefiero recordarlo como el hombre de arena; tenía un bar en Necochea. Yo era chico cuando desapareció; mi abuelo y el bar, ambos desaparecieron un día de septiembre del 76. Y mientras camino por la playa, casi desierta en esta época del año, recuerdo esa porción de arena que, según Teo, le pertenecía por “derecho propio” ya que su padre y su abuelo vendieron pescado durante toda su vida en ese mismo lugar. Me quedo pensando en él, en Teo, que era un buen hombre. Una ráfaga de brisa marina me hace una caricia leve y aprovecho para cerrar los ojos: allí está Teo, con esa gorra verde y la cicatriz en la frente, según él una vieja herida de las épocas de mar; más tarde supe que un matón de Osinde le había partido la cabeza en los bosques de Ezeiza, cuando volvió Perón. A pesar de todo, Teo siempre sonreía, incluso en el 76. Los rumores acerca de lo que ocurrió con él son muchos; dicen que se puso una pastillita en la boca y apretó los dientes, Que miró a los milicos con una sonrisa irónica y se desvaneció sobre la arena. Parece que se lo llevaron porque les avergonzaba no haberlo atrapado. Otros aseguran que se ocultó en la arena, que se hizo parte de ella y que sigue ahí, habitando esa porción de playa que le pertenece por “derecho propio”.

Acerca de los autores:

sábado, 1 de agosto de 2015

Receta para macerar almas en el infierno - Laura Olivera, Daniel Frini & Sergio Gaut vel Hartman

 

Tómese un alma, de preferencia, perversa. Debe tenerse cuidado: ciertas vilezas encubren bondades que la Justicia Divina y Garantista asume como suficiencia para acortar la eternidad a unos cuántos años de Purgatorio. Un alma perversa es una joya difícil de encontrar. Sosténgala por el cuello hasta su desmayo. Antes, se habrá preparado un caldero con dos partes de agua, una de vinagre y una de alcohol de romero. Cuando se alcance el punto de ebullición, sumerja el alma elegida y coloque la tapa. Deje hervir un par de años. Para evitar que largue mal olor, escúrrala en recipiente aparte, salpique con cal y deje reposar a temperatura ambiente. No bien afloren las grietas, sostenga el alma por sus extremos y colóquela boca arriba en una placa limpia. Cocine a horno moderado durante un siglo y medio. Pinche con un palillo para comprobar que esté bien torturada (el punto es fundamental) y con espátula despegue suavemente. En una fuente honda, vierta un pocillo de sangre de nerpa del Baikal (único hábitat de este animal), dos gotas de sudor de sirena, una pizca de secreción nasal de yeti y medio kilo de excrementos de ornitorrinco nonato. Saltee hasta que el producto tome un peculiar color fucsia. Retire el componente sólido y reserve. Inyecte el líquido en los vértices del alma y cubra toda la superficie con la pasta que reservó. Espere doce años, doce meses y doce días y sírvase acompañada de papas fritas.

Acerca de los autores:

viernes, 24 de julio de 2015

¿Y si solo fue por eso? - Héctor Ranea, Martín Renard & Laura Olivera


La noticia de los altercados entre el rey de Algaña y el de Cerbuoi por motivo del asesinato del heredero al kirolo de oro, el príncipe Sierro a manos de Konkisquio, el ágata, se dio como luto nacional, ordenándose inmediatamente la guerra, a la que se sumaron los de Ingles, los de Jispein incluso, sin hablar de los tuercos, los gremias y, claro, los gallictos, pero en realidad era porque desde hacía dos años los hambrientos habían empezado a comer. Inaceptable. Por supuesto, comer regularmente los había vuelto osados al punto que; crédulo sería pensar que a todos preocupó la suerte de Sierro como para ir a la guerra. Cada uno con su agenda, cada cual con su propio objetivo; era sabido que tanto tuercos como gremias esperaban que la guerra disminuyera las filas del contrario para lanzar un ataque sobre el territorio vecino; como también era sabido que los gallictos guardaban con precioso celo un hijo bastardo del último rey. El amanecer encontró a las tropas de ambos bandos alineadas con sus estandartes en alto, listas para el combate. El rey de Algaña, montado en un caballo negro, enfrentó al rey de Cerbuoi y, cara a cara, se declararon oficialmente la guerra. Los ejércitos chocaron estrepitosamente; el saldo: un baño de sangre. Sus reales majestades cenaron juntos esa noche.
—¿Se nos fue la mano? —preguntó el rey de Algaña.
—Todo sea por el kirolo —respondió el rey de Cerbuoi.

Acerca de los autores:

Condiciones del servicio - Saurio, Köller & Laura Olivera


En este momento no podemos atenderlo. Tampoco vamos a hacerlo en otro momento. La verdad es que no tenemos la más mínima intención de atenderlo, ni a usted ni a nadie. No insista. No insista. Le digo que no insista. Si tiene un problema, jódase, por pijotero. Debería haber comprado un producto de marca reconocida, no esta cagada made in china que nosotros importamos y le pegamos un sticker con nuestro nombre. Lo barato sale caro, querido. Lo miré como si no entendiera lo que estaba sucediendo. Al principio sentí ganas de arrancarle la cabeza de un castañazo, pero de inmediato supe que había algo profundo en el relato de aquel empleado enardecido―. Al final, usted es uno más continuó elevando el tono, se compran el discursito y detrás de él, salen a consumir, ¿y ahora se queja? ¿De qué se queja? No le vamos a devolver nada, porque usted no se merece nada, cáguese por ser esclavo.
Mi buen amigo le dije, impasible. Mucho me temo que usted no comprende: aquí somos todos esclavos, principalmente usted, ahí parado, con esa corbata pelotuda y la actitud, esa actitud, querido amigo, que no hace más que reflejar el espíritu corrupto que este sistema le ha grabado a fuego. Ahora, escuche bien lo que voy a decirle: hay un lugar especial para gente como usted. Mi nombre es Satanás. Junte sus miserables petates porque hoy voy a llevarlo a ese lugar.


Acerca de los autores:

lunes, 20 de julio de 2015

Treponema Pallidum - Saurio, Claudia Isabel Lonfat & Laura Olivera


El resultado de los análisis decía Treponema pallidum. Wikipedia fue más que contundente para darme la respuesta; sífilis. Parece ser que el hijo de puta de Sífilo, y sus amigos, tuvieron la estúpida idea de desafiar, nada más y nada menos, que a un dios griego llamado Apolo y este los castigó con la enfermedad. Se ve que Apolo no tenía vida sexual por eso andaba jodiendo la vida de otros con enfermedades venéreas. O tenía demasiada, ya que acabo de descubrir que, según Wikipedia, Apolo tuvo, al menos, diecinueve amantes femeninas y dos masculinos. O sea, encima de vengativo, binorma y promiscuo. No por nada todos los otros dioses griegos le temían. Tipo de mierda, el tal Apolo. Pero el asunto soy yo, que tengo sífilis y no sé qué hacer... Bah, en realidad sí sé qué hacer, porque el tratamiento de la sífilis es sencillo. Lo que no sé qué hacer es con el hijo de puta que me la pegó. Una parte de mí quiere llamar a Oscar y decirle: querido, me diste sífilis, me llenaste de amor venéreo... o apolíneo... y ahora te fuiste. Pero no quiero llamarlo; necesito mantener ese último vestigio de orgullo que me queda, o que me quedaba antes de su partida y del regalo que me dejó. Así que lo voy a ir a visitar sin avisar, lo mato y después unas inyecciones de penicilina y a otra cosa, mariposa.

Acerca de los autores:
Saurio
Laura Olivera
Claudia Isabel Lonfat

jueves, 16 de julio de 2015

Anónimo - Claudia Isabel Lonfat Cristina Chiesa & Laura Olivera


La nota estaba mezclada entre las facturas de luz, gas, y teléfono. En una hoja A4, con letras de revistas prolijamente recortadas y pegadas, decía: “Si no me deja diez mil pesos en billetes de a cien, nunca más volverá a ver a su gata. Estaré en contacto. Un vecino”
Susana salió corriendo para buscar a Nina por todos los lugares donde suele dormir o retozar al sol. No estaba. Y lo que en principio creyó como una posible broma, fue convirtiéndose en algo definitivo y real. Devastada, se sentó a llorar en la cocina; era imposible que alguien como ella consiguiera semejante monto de dinero. Recordó a Nina, sus ronroneos matinales, los ojitos amorosos. La idea de no volver a verla le comprimió el estómago; por un momento creyó que iba a desmayarse. Justo entonces sonó el timbre. Salió y no vio a nadie, pero en el suelo había un sobre. Se apuró a romperlo y leer el contenido.
“A las 10 en la esquina de la panadería”, decía.
Pero, ¿qué significaba esto? Tenía miedo. No obstante decidió ir. Llevaría el cuchillo escondido en un sueter, por las dudas.
En la oscuridad vio una silueta, se acercó y un rostro joven y afable, le sonrió. Le extendió un bulto, ¡era Nina!
Entonces, el rostro amable le dijo:
—Era la única forma de hacerte venir, hace 6 meses que quiero acercarme a vos y no sé cómo. ¿Querés salir conmigo?

Acerca de las autoras:
Cristina Chiesa