viernes, 5 de febrero de 2016

El rostro asignado – Laura Olivera, Patricio G Bazán & Claudia Isabel Lonfat


Avanzó despacio; le sobrara el tiempo y la noche estaba tan linda para respirar hondo y llenarse de luna. No conocía a su víctima, pero igual se sentía tranquilo; en veinte años de profesión, jamás había errado gracias a su sorprendente capacidad para retener imágenes: una sola fotografía era suficiente para identificar de inmediato el rostro asignado. Por eso era el mejor, aunque además sus técnicas eran limpias, impecables. La que más disfrutaba era el tiro seco en la frente. Un segundo y ¡zas!, al más allá sin escalas. 
Para él era solo un trabajo, no había pasiones que lo movilizaran, ni algo morboso o perverso. Lo único que buscaba era ser lo más práctico posible. Atrás había quedado el tiempo de atropellarlos o cortarles el cuello, eso era trabajo de principiantes, y dejaba las manos sucias, pensaba durante la espera.
Ahí estaba ella, igual a su imagen mental, alta, un poco desgarbada, pero bella en su rareza exótica. Cuanto más se acercaba, menos quería matarla. Él, que había disparado más flechas de plomo que Cupido, ahora temblaba al mirarla.
En lugar de una ejecución, la invitó a un café. Parecía la mujer que estuvo esperando desde que nació, hecha a su medida.
Charlaron durante horas. Todo era miel y rosas, hasta que sintió que le faltaba el aire.
Ella lo notó, pero la tranquilizó sonriendo: —Es el Amor
Ella negó con la cabeza. —Neurotoxina. Lo siento, llegó tu retiro.

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