viernes, 24 de julio de 2015

¿Y si solo fue por eso? - Héctor Ranea, Martín Renard & Laura Olivera


La noticia de los altercados entre el rey de Algaña y el de Cerbuoi por motivo del asesinato del heredero al kirolo de oro, el príncipe Sierro a manos de Konkisquio, el ágata, se dio como luto nacional, ordenándose inmediatamente la guerra, a la que se sumaron los de Ingles, los de Jispein incluso, sin hablar de los tuercos, los gremias y, claro, los gallictos, pero en realidad era porque desde hacía dos años los hambrientos habían empezado a comer. Inaceptable. Por supuesto, comer regularmente los había vuelto osados al punto que; crédulo sería pensar que a todos preocupó la suerte de Sierro como para ir a la guerra. Cada uno con su agenda, cada cual con su propio objetivo; era sabido que tanto tuercos como gremias esperaban que la guerra disminuyera las filas del contrario para lanzar un ataque sobre el territorio vecino; como también era sabido que los gallictos guardaban con precioso celo un hijo bastardo del último rey. El amanecer encontró a las tropas de ambos bandos alineadas con sus estandartes en alto, listas para el combate. El rey de Algaña, montado en un caballo negro, enfrentó al rey de Cerbuoi y, cara a cara, se declararon oficialmente la guerra. Los ejércitos chocaron estrepitosamente; el saldo: un baño de sangre. Sus reales majestades cenaron juntos esa noche.
—¿Se nos fue la mano? —preguntó el rey de Algaña.
—Todo sea por el kirolo —respondió el rey de Cerbuoi.

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