viernes, 18 de septiembre de 2015

Winterhouse Land - Héctor Ranea, Sergio Gaut vel Hartman & Raquel Sequeiro


Era una casa perdida, lejana, de esas que ves en las pelis de terror y crees que no existirían ni en tus peores pesadillas. En la parte trasera había una furgoneta de helados (la furgoneta que usaba para vender helados la reencarnación de Jack, el Destripador, y que, con el tiempo, se hundió junto con la casa al romperse las paredes rocosas del acantilado). Pero en septiembre de 1972 aún no había sucedido nada reseñable con la furgoneta ni con el caserón. No obstante, llegó octubre. El heladero Honest Jack había arreglado el refrigerador, la furgoneta y tomado sus petates. El primero del décimo mes afiló sus cuchillos más preciados, peló las frutas, batió las cremas, heló las mezclas y salió a vender, como casi todos los días, sus productos. Lo diferente fue que esta vez los cuchillos fueron con él. Para el crepúsculo, con todos los helados vendidos, quiso llenar la heladera con otro tipo de artículos. Solo pensarlo bastó para que los aceros rechinaran espontáneamente. Pero no creas, amable lector, que en las próximas líneas encontrarás a un asesino brutal y sanguinario; nada de eso. Consecuente con su profesión, Honest Jack solo asesinaba a las personas más frías.
—¿Trajiste mi golosina? —dijo el conde cuando se encontraron, mientras la torre de Slaughterhouse Bridge vibraba al compás de las doce campanadas.
—¡Por supuesto! —respondió Honest Jack—. Toma, un corazón más frío que el iceberg que hundió al Titanic.

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