viernes, 25 de septiembre de 2015

De reyes y milongas - María Brandt, Claudia Isabel Lonfat & Patricio G Bazán


Egesipo Legrís era un tipo que sabía encantar con su destreza ecuestre, admirando a gente tan experta en caballos como los humildes paisanos. Buen decidor, presentaba al Gran Circo Criollo de los Hermanos Podestá, compañía en la que yo trabajaba por entonces. Los días de lluvia no había función, se jugaba a las cartas o a la taba, matando el tiempo y la pereza. Una noche de epifanía, sin luna, nuestro Capitán Legris, desde el medio del Picadero y junto al fogón, contó como siendo él apenas un mozo de trece años, había logrado comunicarse con un caballo. Algunos de los presentes se reían y Egesipo los acompañó.
—Rían ahora, porque después se van a poner serios. Era una noche igual a esta, sin luna; yo caminaba por el campo, algo desorientado, hasta que me cayó la oscuridad sin darme cuenta. No se veía nada. Olí bosta, escuché cascos, imaginé un jinete perdido. Pero llegó hasta mí una voz:
—Ayúdame, muchacho… —dijo. Al tacto, comprobé las cuatro patas del matungo, pero también que el hombre estaba pegado al animal—. Soy el último centauro, Señor del Pueblo Equino. Agonizo, mas no quiero que mi don se pierda. Acompáñame, y luego reinarás sobre mis hijos…
Asombrado pregunté: —¿Entonces, Capitán?
Sonrió, nostalgioso. —Tenía razón: los caballos aún me obedecen …
No le creímos. Años después, la noche en que murió Legris, el mundo se llenó de tristes relinchos.

Acerca de los autores:
María Brandt


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