jueves, 10 de septiembre de 2015

Controversia sinológica – Héctor Ranea, Sergio Gaut vel Hartman & Daniel Frini


La madrugada entraba por la ventana sud-sud-oeste de la pulpería del ruso McKerring, la que no tenía vidrio y dejaba pasar un chiflete más educado que bárbaro. Don Incoloro Ñandufuz  miraba un montón de fotos ajadas que alguien había dejado sobre la mesa, mientras don Ekinoxio Thorsiros, paisano de San Nicolás, sacaba, de a uno, manises de un platito, los pelaba, los tiraba al aire y los cabeceaba tratando de embocarle a la escupidera que estaba en el rincón, al lado del paragüero. En tres horas, solo había acertado uno que se hundió con un «¡plop!» en el líquido verde grisáceo y espeso; con el agravante de que fue de carambola, debido a que le pegó con la coronilla (y no con la sien), y el maní entró al recipiente luego de rebotar en el cartel de la pared que rezaba «No sea sucio y salive adentro».
Don Incoloro se rascó la nariz y señaló a un mocetón rollizo y de tupida barba blanca que aparecía en una de las fotos de la cena celebrada en el restó «Q’etonto» de la Capital, para agasajar al gran centroforguar Crespo Villa, el famoso «Tornado de Base Marambio»; en oportunidad de su retiro final-final del fútbol, a los ochenta y tres años (la práctica profesional la había dejado cinco décadas antes).
—¿Y quién es ese chino? —preguntó Ñandufuz, con desdén.
—¿Ese? —contestó don Ekinoxio Thorsiros, mirando a la persona de la imagen que mostraba el otro—. No es chino. Los chinos son lampiños. 
Así como lo ven, Don Ekinoxio era sinólogo.
—Se equivoca, mi amigo —insistió don Incoloro—. ¿Los chinos lampiños? ¡No me haga reír! Mire. El profesor Yantze Huang-Ho, que fue compañero mío en la Universidad Shintoísta de Venado Tuerto, descubrió que los chinos de la Manchuria superior, también llamados manchegos amarillos o borgeanos, cuyo nombre científico es chinnennsis todosigualorum sp, poseían luengas barbas, tan extensas como sus uñas de usted, con las que solían tañir complicados instrumentos musicales como el Taa-hir-sin-chua-ho; ese, de seis cuerdas y media enroscadas alrededor de dodecágonos alabeados, que acá supimos conocer como “El coso ese”. Bien, decía, para lograr el sonido soñado ataban la barba al bastidor y, debido a su longitud, torsión y contorsiones, lograban un bellísimo acorde al tocar dos cuerdas por vez, sacando sonidos parecidos a los que hace el caftán de un rabino de Odessa cuando se quema en alcohol destilado de la pasta de unos frijoles saltarines manchados que los jasidim importan de México desde el siglo VIII a. C., en la época de la dispersión de las tribus israelitas. Válgame la dispersión, esto ha llevado a plantear la novísima teoría de que el pueblo chino todo desciende de una de las Tribus Perdidas, más precisamente la de Zabulón, que las crónicas del pueblo Bene-Menashe, en el noreste de la India, describen como —y sepa disculparme la pronunciación? ?übh?li n?z?rd?n Zebulun simic t?r?find?n. Y que, muy libremente, ha sido traducido como «Zabulón, el que miraba como sospechando».
—De un modo u otro —se exasperó Ekinoxio—; no me va a venir a enseñar nada sobre los chinos que yo no sepa. A más, estoy casado con una china; y puedo asegurarle que lo más que le he visto han sido bigotes. Cuando encuentre un chino con barba, tráigamelo.
—¿Así nomás?
—Tráigamelo así nomás le digo, que se lo compro al peso.
—¿Cuánto paga?
—Chinos a futuro no sé a cuánto está el kilo en el Mercado Acopiador de Rosario; pero chinos con dentadura completa, pago seis con doce el kilo vivo. Chinos sin dientes, siete con ochenta y dos.
—¿Por qué son más caros los sin dientes?
—Porque les tengo que masticar la comida.
—Pero se ahorra en dentífrico…
—Ya lo sé. Pero la Convención de Ginebra ha declarado ilegal el tráfico de chinos con dientes lavados. Creo que es por la escasez de flúor. Así que el tema del dentífrico no es problema.
—Ta bien —dijo Incoloro. Se rascó otra vez la nariz y volvió a mirar la foto. 
—Y no me quiera engañar —agregó Don Eki—. Conozco perfectamente la diferencia entre un chino y un coreano. Ya lo sabe usté: se requieren años de perfeccionamiento y estudio sesudo para distinguirlos. Y yo ya pasé esa etapa. Es más, le puedo decir de qué barrio de Beijing es un individuo solo por la tonada. Y no hay chinos con barba.
—No sea cabeza dura —dijo Incoloro—. Usted me está hablando de los chinos de la capital y yo le hablo de los del interior, los cabecitas negras, bah; que también son chinos, Qué joder.
—No ponga en mi boca palabras que no he dicho. Ponga una aceituna, o una rodaja de ese salame picado grueso que está mortal. Le decía: nunca dije que hablase solo de los de Beijing. Mentiría si dijera que he recorrido toda la China, pero debo haber cruzado unas mil doscientas treinta y ocho veces la Muralla. Setecientas veintisiete de norte a sur y seicientas cincuenta y nueve de sur a norte, treinta y cuatro de ellas a caballo. Conozco por el nombre cada uno de sus baches.
—No me da la suma.
—Porque le estoy sumando según el rito budista tibetano de Qhingai, cuyos monjes, ya en el siglo tres antes de Cristo, habían resuelto el tema de la cuadratura del cero, mire.
—Ah.
—No me haga perder que después no me encuentro. Ahora, el gobierno central larga a los chinos recién nacidos con la correspondiente marca de agua, hilo de seguridad y tinta de variabilidad óptica; y yo le distingo un chino falso a una legua.
—¿Castellana o imperial?
—China. Y no se haga el vivo. Me recuerdo al Chino Garcés —dijo Ekinoxio levantando la vista como para mirar un punto a la distancia— que fuera cartero en Merlo, allá por el año sesenta. Qué gran tipo. Todos los días que tenía franco salía a caminar una o dos leguas.
—¿Lo conoció?
—Solo de mentas. El ucaliptus todavía no había llegado.
—Ahora es usté el que quiere irse por la tangente, como le pasó al chino Euclides.
—¿Cuál Euclides? ¿El de Megara?
—Satamente.
—¡Pero ese no era chino! ¡Era griego!
—De madre china.
—No me haga calentar, don Incoloro, que después la fiebre no me baja ni con mertheolate. Usté consígame un chino con barba, después hablamos.
Don Ñandufuz estaba pensando de dónde iba a sacar un chino, cuando Ekinoxio dijo:
—Bueno, mire; voy a necesitar dos, pero que juntos no pesen más de cien kilos.
—¡Marco Polo! —dijo el otro.
—¿Qué tiene que ver?
—El habla de chinos barbudos. 
—¡No me venga ahora con la tumba de Yu-Hong y el ADN mitocondrial! ¡Ese era europeo, no chino!
—¡Marco Polo, en su Libro de las Maravillas!
—A él no le crea.
—¿Por?
—Todo lo que dice Marco Polo son cuentos chinos.

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