viernes, 25 de septiembre de 2015

Por culpa de Kafka - Raquel Barbieri, Juan Manuel Montes & Sergio Gaut vel Hartman


La noche precedente habían estado hablando sobre las limitadas posibilidades de la realidad con respecto a las infinitas de la ficción. Luego, cada cual se retiró a dormir. Venancio se despierta tras haber leído de un solo trago “La metamorfosis”, y siente una protuberancia en la frente. Dicho bulto late y puja dentro de la cavidad craneana, produciendo una mezcla de dolor punzante con presión. No se atreve a tocarse; algo le dice que no se trata de un estado transitorio sino de una permanencia con la que deberá convivir. Luego de cavilar, la curiosidad lo vence y se mira en el espejo del baño. Allí está el bulto, con la forma de un incipiente cuerno. Por un momento piensa que quizá podría taparlo, pero está seguro de que aquello crece. Avisa que faltará al trabajo, pero tiene miedo de llamar a un médico y aparecer como un bicho raro en los diarios sensacionalistas. Con el pasar de las horas, es testigo de la metamorfosis; la protuberancia se ha convertido en un pequeño rostro, el del propio Gregor Samsa o el de Kafka (para el inconsciente colectivo es el mismo). Poco a poco, el cuerno sigue su evolución y como si fuera un mosquito que nace en un estanque, al pequeño kafka, le brotan seis patas y dos alas. 
—¡Maldición! —exclama Venancio hundiendo la uña del índice izquierdo en el centro geométrico de la bizarra criatura. La doble respuesta no se hace esperar: una descarga eléctrica lo golpea sin piedad, y peor aún, la voz del recién nacido chirría como una tiza en la pizarra. 
—¡Animal! ¿Dónde aprendiste a tratar a los niños? ¿En un campamento de los talibanes? 
El hombre se estremece; no solo no termina de adaptarse al cuerno viviente y metamórfico parido en su frente, sino que al ser este parlante y provocador, le produce un temor superior. Ya no es meramente insecto y mucho menos una deformidad que pueda extirparse de cuajo. Ese evidente que el ser posee cierta cultura, de la que el mismo Venancio carece. Esa cosa se semeja a una especie de siamés avieso. Venancio se pregunta entonces qué será un talibán, pero más le preocupa la energía vital de la que se adueña la criatura que no para de crecer a cada momento.
Se siente cansado, no solo por la situación estresante a la que lo somete la criatura, sino por algo mucho más profundo. Un debilitamiento similar a tener presión baja. Se recuesta en el sillón y poco a poco se deja ir, cayendo sobre el apoyabrazos. Cuando vuelve a abrir los ojos, el invasor ha crecido tanto que se derrama a lo largo del cuerpo de Venancio y parece derretirse en el suelo. Ha tomado una apariencia sanguinolenta y el monstruoso Kafka (o Samsa) ahora se parece más a la criatura de Alien. Venancio intenta levantarse, pero fracasa.
—¿Te gusto? —rechina el ser. Y mediante un elaborado giro se desprende por completo del cuerpo de Venancio. Se ha convertido en un gigantesco protozoo y comienza a dividirse por mitosis.
—No. Y estoy seguro de que esto es una pesadilla —murmura mi pobre personaje.
—No lo es —replico yo—. Las posibilidades de la ficción son infinitas, y las de la realidad bastante limitadas.
—¡No quiero que esto suceda! —grita Venancio. No le contesto. La criatura se divide en cuatro, ocho, dieciséis partes autónomas, cada una de ellas provista de una doble hilera de filosos dientes.

Acerca de los autores:
Raquel Barbieri
Juan Manuel Montes
Sergio Gaut vel Hartman

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