lunes, 29 de febrero de 2016

El Cuasieco de la ventana de Oriente - Daniel Alcoba, Sebastián Fontanarrosa & Claudia Isabel Lonfat


En diciembre de 2055 llegó al aeropuerto de Barcelona un zepelín fotónico del ejército sirio del aire. Por la puerta de honor descendieron el jeque Qobb al-Din y su cuasieco bioingenieril, mezcla de dromedario, caballo y jirafa. El heredero del incalifato de Tahuantinsuniyya lo llevaba de la rienda como fuese un caniche. En la segunda mitad del siglo XXI la ciudad de Barcelona se había convertido en sociedad anónima comercial industrial cuyo capital accionario estaba en manos de la Federación de Mandarinatos Chinos y Cochinchinos.
Abriéndose paso entre la marabunta de sulkis y bicicletas del Passeig de Gracia, la extravagancia de ambos atraía las miradas. Inmerso en una atmósfera que olía a opio y sonaba a jerga crispante catalán-china de los mercaderes, jeque y cuasieco llegaron a la mezquita caminando. Le entregaron la fórmula secreta que iba a terminar con la hegemonía económica oriental: los codex genéticos de la semilla transgénica original de la amapola marciana.

Guardias civiles de Terracota lo cercaron. Al jeque le quedaban pocas opciones ante el riesgo de ser atrapado: debía destruir las pruebas. Él se tragó los codex, el cuasieco se comió con deleite la amapola marciana. Justo entonces los chupó el teletren del zepelín fotónico. Al comenzar la requisa de códex, y ante la sorpresa general, el cuasieco se conectó con la computadora central, y en segundos, todos los medios de transporte se convirtieron en cuasiecos virtuales, devoradores de chinos.

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