sábado, 24 de octubre de 2015

Mobiliario - Ana María Caillet Bois, Félix Díaz & Fernando Andrés Puga


Cuando Cecilia se levantaba a la mañana, seguro, seguro que el sillón del living se había mudado a la cocina, el horno eléctrico aparecía en el baño, los sanitarios en el cuarto de los niños y así todos los días. Ya sé que no me creen, mis queridos lectores, ustedes piensan que los objetos no tienen vida propia. Perdón, pero les voy a demostrar lo contrario. 
A la noche los muebles descansan del uso y abuso que sufren en el día. ¡Cuántos empujones, manchas y… toda clase de atropellos! La única forma que tienen de recuperarse es divirtiéndose, por eso bailan, corren por la casa, se enamoran y, si no me creen, es porque no asistieron a la boda de la vieja silla inglesa y el sillón ultramoderno con asientos reclinables. Las tazas de té fueron las encargadas de llevar los anillos y las sillas del comedor armaron una buena juerga luego, en el convite. Los cepillos y escobas salieron del armario y cantaron hasta bien entrada la madrugada. Estaban borrachos como cubas. Los platos de la cocina se dedicaron toda la noche a hacer un espectáculo de circo, con enorme jolgorio de la cubertería. Mientras la silla inglesa y el sillón pasaban su noche de bodas con discreción, el resto del mobiliario seguía con la fiesta. Todo acabó con el canto del gallo. 
Pero Cecilia se levantó antes que el gallo y así pudo descubrir el descontrol. 
Desde entonces nada ha cambiado: ella que se afana en acomodarlo todo durante el día, ellos que, apenas la ven caer rendida, se aflojan y empiezan a departir hasta el amanecer. De más está decir que nadie le cree cuando Cecilia intenta explicar por qué se la ve cada vez más consumida y malhumorada. Los sobrinos, que antaño la visitaban con frecuencia atraídos por los deliciosos manjares que solía preparar, solo aparecen de vez en cuando desde que no encuentran en la heladera más que restos rancios de comida.
—¡Pobre Cecilia! —comentan en el barrio—. Cada día más loca. 
—Yo creo que tenemos que hacer algo —terminó por decir un día la dueña del almacén que está pegado a la casa de Cecilia, temiendo que su negocio se viera invadido por infestas alimañas. 
Los vecinos realizaron una colecta en secreto y así un día apareció un exorcista. Se entrevistó con la dueña del almacén y de inmediato fue a la casa de Cecilia con toda su parafernalia.
—¡Por esta cruz yo te conmino a salir de este lugar! ¡Oh, demonio maligno! 
Y así siguió un buen rato. No tuvo suerte. El sacerdote entró en un armario a ver si estaba libre de demonios cuando la puerta se cerró de repente. Cuando Cecilia la volvió a abrir, no había nada dentro. Ni una señal del exorcista. 
Ahora, hasta los muebles de la tienda vecina participan de las fiestas nocturnas. De hecho, ahora que no hay nadie en el barrio, los objetos no se inhiben para danzar y correr de día. La única persona que queda en el lugar es Cecilia, quien por fin ha sido aceptada por la comunidad de muebles. Le ceden sitio en el sillón y ella preside la fiesta. 
Hoy, sin ir más lejos, todo el mobiliario está muy expectante. Se espera un novedoso baile de las copas con los platos.

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