martes, 25 de agosto de 2015

Terror en el acantilado – Maritza Álvarez, Iris Tocuyo & Omar Chapi


Aún puedo recordar el terror que viví en la casa de acantilado. Tenía quince años y siempre en las vacaciones del colegio íbamos a ese lugar paradisíaco. Todo era muy tranquilo, la belleza del lugar invitaba a admirar cada rincón. Ese día decidimos explorar un poco más de lo acostumbrado en tantos viajes, pero no sabíamos lo que nos esperaba... mi corazón late muy rápido cuando lo recuerdo, las lágrimas caen por mi rostro como gotas de rocío mañanero.
Ese día las olas del mar chocaban abruptamente, tocando con la espuma el abismo a nuestros pies; sin embargo, nunca presagiamos el peligro. El sol, la brisa, el aroma, la turbulencia de nuestra adolescencia nos inspiraba a seguir descubriendo áreas secretas, prohibidas por nuestros parientes, en tertulias escalofriantes, pero olvidadas al amanecer cuando descalzos en el ático de la casona nos burlábamos de sus advertencias.
Caminábamos en un resquicio de playa, cuando el viento empezó a soplar con violencia, como convocados a una cena maldita se juntaban espesos nubarrones, el cielo y el mar rugían. Llovió. Mis dos primos y yo, intentamos guarecernos en una cueva que el agua había hecho en el acantilado, pero fue un error. La marea subió y tapó la entrada. Nos quedamos en tinieblas, temiendo ahogarnos. En eso, una barquichuela alumbrada por una luz tenue apareció del fondo. “Aquí solo entran los muertos”, reprochó el barquero y se alejó, dejándonos solos en medio de la nada. 

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