sábado, 1 de agosto de 2015

Musicalidad - Cristian Cano, Begoña Borgoña & Javier López


No me preguntes, porque voy a hacer como mi abuela. Ella es un poco un soldado musical que sostiene al mundo. Baldea, arregla, limpia y acomoda. Voy a recuperar lo que nos asemeja. Quiero lo que nos une. Le confío mis sentimientos a la musicalidad y a lo enterrado en los músicos precursores. Vivo en lo que arrasa lo mundano, y en eso que desnuda. Porque emerge desde adentro, atravesando la carne como lo haría una lanza. Soy la sonoridad que se despoja de todo prejuicio y atadura y vuelca la complejidad en combinaciones que estremecen a cualquiera. El genio le es dado a muy pocos, me decía mi abuela. Hoy todavía tengo que tocar con los nudillos suavemente a su urna como si de una puerta se tratara, en busca de consejo; cuando una nota discordante se introduce, irreverente, en una composición que me ha dejado los ojos rodeados de sombras negras por el desvelo y mi pentagrama suplica que la corrija, ella sugiere la nota adecuada que convierte la disonancia en cadencia fluente. La partitura está acabada, la ensayo al piano y la abuela aprueba con su silencio. Afino las láminas, calibro los remaches del cilindro, montando la maquinaria sobre la urna de madera. Con el nerviosismo del director de orquesta debutante, doy cuerda al mecanismo. La melodía se ejecuta a la perfección en un bucle sublime. No tiene nombre, pero bien podría titularla “Sinfonía del otro mundo”.

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