jueves, 13 de agosto de 2015

El bundiberto - Félix Díaz, Roxana Montejo & Sebastián Ariel Fontanarrosa


Nunca debí haber comprado aquel bicho. Parecía tan bonito, allá en la tienda de animales, con sus patas emplumadas, sus bigotes y sus orejas de gato. Pregunté por el nombre, y el vendedor me dijo: «es un bundiberto de barrancas», como si con eso todo quedara explicado. Yo, la verdad, es que me quedé a cuadros, pero me daba vergüenza preguntar. También me dijo el vendedor «se lo dejo barato, muy barato». De hecho, casi regalado. Ahora sé por qué.
El tiempo que tardó en habituarse al lugar que le había designado fue corto, pero de pronto empezó a cagar por todos lados, era un salpicadero. Suelo, paredes y techo, estaban en desastre. Me lo habían vendido tan barato por cagón, pensé.
Mi temor era que mi madre apareciera en cualquier momento. Traté de limpiar lo más pronto posible, no sin antes descubrir que cada mojón albergaba una gota blanca que, una vez tallada, dejaba a la vista un diamante perfecto.
Como era ingenuo y no sabía nada del tema, me dejé aconsejar por un amigo para llevarle las piedras a un joyero hindú que vivía en la otra punta de la ciudad, un tipo de la mayor confianza, según mi amigo. Pero hete aquí que, deslumbrado por las gemas, el joyero me apuntó con un arma y me secuestró. Me arrastró hasta su camioneta, pero como esta no arrancaba me vi obligado a viajar en mi moto, con el juyero a mis espaldas, siempre apuntándome. 
—¿Adónde vamos? —pregunté.
—Conduzca y cállese —respondió.
Devorado por la incertidumbre e incapaz de resolver el asunto de otro modo, decidí estrellarme contra un paredón, calculando minimizar el impacto sobre mí y maximizarlo sobre el hindú. El joyero, al sentirse herido de muerte, alcanzó a confesarme que toda su vida había perseguido el mito del «bundiberto», la mascota de los ascetas, la que defecaba las gemas más valiosas del mundo para probar la ambición de las almas. La de él, por lo visto, se había visto recompensada tardíamente.

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