viernes, 24 de julio de 2015

Pinot Noir californiano – Rogelio Ramos Signes, Daniel Frini & Sergio Gaut vel Hartman


El Rojo apuró un trago del Pinot Noir californiano que le había traído Ray Bradbury. —Dice el Facebook que estuve en Jeffersonville, cerca de New Albany, e incluso muestra un mapa que indica el lugar. No sé por qué asegura eso, si yo no salí de mi casa, en San Miguel de Tucumán.
—¿Está seguro, Rojo? —Berrotarán contempló con avidez la botella, pero no se atrevía a pedir más.
—Claro que ahora que lo pienso con más tranquilidad, me pregunto: ¿no seré sonámbulo, y no lo sabía? ¿O habré adquirido el don de la bilocación, como el Padre Pío?
—El Facebook sabe cosas que ignorás, querido Rojo —dijo Destonevski; no le importaba el Pinot Noir porque se había vuelto abstemio—. No es sonambulismo sino algo mucho más denso: traslación empática tele asistida, mucho más conocida, en el gran País del Norte, por sus iniciales.
—Eso es lo bueno del Facebook —acotó Berrotarán—: se conocen lugares impensados. En el último año, he andado por Lima, Miami y el desierto de Gobi. Y todo con la SUBE, parece. Lo único que espero es que no me aparezca algún reclamo por paternidad.
—¡Chicos, no me asusten! —exclamó el Rojo—. Siempre pensé que era yo el único conductor de mis zapatos.
Berrotarán miró los zapatos del Rojo y se encogió de hombros. Si podía usar unos tarros tan estropeados no iba a reaccionar si le arrebataba la botella de Pinot Noir californiano. Pero Destonevski, ácido como siempre, le echó sal a la herida.
—Es para asustarse, Rojo, ¡por supuesto! Si ponés tu mano como para rascarte una oreja y rápidamente la estirás hasta tocarte el hombro notarás que tus dedos chocan con una tansa, una de las diecinueve que usan los titiriteros de Alfa Ornitorrincus para manejar a un par de millones de seres humanos.
—¡No, la botella no! —bramó el Rojo—; es el único recuerdo que me queda del buen Ray.
—Un par de millones de seres humanos —dijo Berrotarán dejando la botella sobre la mesa y escondiendo las manos detrás de la espalda—. Usted debe ser uno de ellos.
—No —dijo Destonevski con su habitual parquedad—. Yo soy uno de los facilitadores llegados de Kryptón para poner las cosas en su lugar.
—Ah —dijo el Rojo recuperando la sonrisa mientras guardaba la botella en el bargueño—. Creo que conozco a otro que vino de ese planeta.
—Hasta hace un momento —murmuró Berrotarán— creía que bilocarse era volverse doblemente loco. Ahora estoy seguro de que el Rojo estuvo en  San Miguel de Tucumán y Jeffersonville, cerca de New Albany, al mismo tiempo. Lo de Ray Bradbury es una mera fantasía. Mirá si Ray Bradbury va a viajar en avión, con el miedo que les tiene a los aviones, para traerle una botella de Pinot Noir californiano a este. —Empezó a reírse y todavía no ha dejado de hacerlo.

Acerca de los autores.
Daniel Frini
Rogelio Ramos Signes
Sergio Gaut vel Hartman

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