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domingo, 20 de marzo de 2016

Derecho a saber - Laura Olivera, María Brandt & Koller


“Usted no se da cuenta, pero yo le estoy haciendo un favor. Tómese un minuto para pensarlo: ¿por qué habría yo de presionarlo a tomar semejante decisión? Yo no tengo nada que ganar; tampoco nada que perder. Me limito a hacerle llegar estos tristes hechos porque usted está directamente involucrado y porque creo que tiene derecho a saber. La historia (su historia) juzgará si fue acertado escribirle esta carta. Ahora bien, también es cierto que todo tiene su precio…”
Frené la lectura de inmediato. Me temblaban las manos, el corazón me rompía el pecho. Sentí que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre. Debía decidir ahora, si seguía leyendo o tiraba la carta a la basura. ¿Y encima hay un precio? ¿Y mi precio? ¿Y si me entero de algo que no puedo soportar? Tenía que elegir entre la comodidad que me ofrecía la cobardía, o el dolor que trae la luz del saber.
Prendí la hornalla. Y acerqué la ingrata carta. Era agradable ver como ardía. Después quemé las otras cartas de la empresa, y las facturas impagas y después el resumen del banco y los imanes. Era un poco gracioso como se retorcían al quemarse.
Un soberbio espectáculo el fuego.
¿Sabe?, yo soñaba siempre con incendios, de chico quería ser bombero. Con ese hermoso uniforme que usted tiene, soñaba y con salvar vidas. Porque lo importante, es la Vida, oficial. Lo importante es la Vida.

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miércoles, 16 de marzo de 2016

Las ranas - Coralito Calvi, Diana Bracamonte & María Brandt


Había tres casillas en toda la manzana; el barro y el frío eran moneda corriente. Los dos eran jóvenes y tenían un bebé. Él no quería trabajar bajo patrón, pero era industrioso y manso. Estaba cavando el pozo para las aguas servidas y llovió dos semanas, así que se detuvo. Cuando dejó de llover se había llenado de ranas, a las que inmediatamente vio como alimento, que siempre escaseaba. Bajó el metro y medio con una bolsa, se hincó con el barro hasta los tobillos y comenzó a ponerlas en el saco, afirmó la escalera y salió. Entró a la casilla y buscó un balde; las tiró dentro. Su mujer se acercó:
—Habrá que ponerles agua hasta saber qué hacer. —Las miraba con recelo. Y él, muy perspicaz, se dio cuenta: 
—¿Qué pasa Juana? 
—No sé si me animo a cocinarlas y comerlas…
—Tomalo como un regalo del barba. 
—Ta bien. Las hago después de la leche del Julito.
 “¿Se acuerda dios de los pobres? En vez de estos bichos, nos podría mandar unos ravioles con pollo, bien sabrosos” murmura, mientras le echa agua a las ranas, y tapa el balde, para que no huyan. La Juana sueña con un mantel, unas copas de vidrio, de las finas, y un pan recién sacado del horno. El crío, dormido, sueña en colores. ¿Y las ranas? Las ranas croan o rezan.

Acerca de las autoras:
María Brandt

sábado, 13 de febrero de 2016

El bar de Marcos - Martín Renard, Omar Chapi & María Brandt


Marcos tarde se dio cuenta de que la tienda de vinilos no era el mejor negocio en estos tiempos. La acelerada evolución electrónica lo arruinaba todo; en fin, ya nadie compraba vinilos, resultaba más cómodo y barato bajar música al IPod y escucharla sin mayor problema. Encima tenía que pagar el elevado costo del arriendo del local; así que decidió convertir la tienda en un bar para gente de paso. Conservaría la vitrola y la decoración. Difícil que Marcos se desprendiese de su amada colección, de la gata amarilla y del placer de oír discos de jazz mientras se toma un Martini en la vereda. El rústico público de estibadores y obreros de la construcción, que en medio del bullicio consumía cerveza tras cerveza, no apreciaba los conciertos de Bill Evans. Empezaron a pedirle que instalara una televisión para seguir los partidos de la Liga, pero Marcos resistía, porque su bar, como todo lo que emprendía, debía ser único. Única resultó entonces aquella pantalla gigante que concedió poner al fondo del Bar. Debió ser un éxito su estreno. Se jugaba el partido Argentina-Inglaterra pero los clientes no tardaron en darse cuenta de los poderes del artilugio; al parecer, bastaba con gritar las órdenes al aparato para que se cumpliera lo pedido. Cambios sin sentido, marcas que se detenían, jugadores que mutaban en otros. Argentina perdió por doce goles. Marcos cambió la pantalla por un toro mecánico. Nadie volvió al bar. 


Acerca de los autores:
María Brandt
Martín Renard

viernes, 5 de febrero de 2016

Solo de papel - María Brandt, Soledad Cruella & Köller



De ahora en más, una por semana. Es lo único que te pido. Ya viste que la convivencia nos está matando. Soy detallista. Y hace mucho, mucho que vivo sola. Me gusta, para qué negarlo. Te dejo todo, hasta la tele que compramos juntas. ¡Pero escríbeme, capullito! Por correo, como antes, como cuando empezamos a conocernos. Una por semana: una carilla. Con tinta verde, como le gustaba a Neruda. No te pido más.
Tuya, siempre.
Gabrielita.

Abandónica shilenita: Dejás hasta la tele, pero no encuentro el control. Me pedís el verde y no sé dónde corchos están las Bic, las comunes. No es ingratitud, es desconcierto. Fue una época feliz. Adoré ser tu polola; tus: “vas en conchaeltcháfico”, cuando aludías a mi modo de ser. Hoy sé, Gaby, que la convivencia para mí es sólo posible con una mascota o un GPS; rebusco en la obra de Neruda, y quiero piantármelas ya mismo, confieso. “Confieso que he vivido”, me lo dejaste también, pero ni lo abro y me despido con un “no se culpe a nadie”.
Tu ex.

¡Ay Celeste! Observo al detalle el panorama: dejaste los diez bollos de papel desordenados sobre la mesa y encontraste la lapicera verde. Ahí está, y una nueva hoja en blanco que me mira como sin entender. Nunca me he sentido tan vacía, pero no podía complacerte, y eso que aún te sentía latiendo en mi corazón. ¿Dios, por qué me has traído hasta acá? Un nuevo bollo. ¿Que no culpe a nadie? ¡Claro que no! Tendría que culpar al mundo entero.

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lunes, 1 de febrero de 2016

Inversiones - Omar Chapi, María Brandt & Martín Renard



En la mañana, Gregorio despertó con náuseas, boca arriba, tendido en una superficie desconocida. Aterrorizado, quiso mover sus antenas para guiarse y estas no respondieron. El peso del cuerpo era terrible, la cabeza miraba hacia el sitio equivocado. Se estremeció al notar que no tenía patas. De pronto, entre sollozos, sintió que lo metían en una funda, lo bajaban al parqueadero y lo arrojaban en una fría camilla.
—Estoy vivo —intentó gritar, pero era inútil, las palabras, los gestos, los movimientos lo habían abandonado. Ajeno a esos ruidos tan humanos, en la oscuridad, se aquietó. La morguera marchaba, dejando atrás a esa familia envuelta en llanto. Ni un funeral, un adiós, ¿nada? Se sentía indigno, pero ¿qué podía hacer? Entró en un estado de letargo.
Después la luz, y una voz dulcemente aterradora:
—Nunca vi un ejemplar de tu clase —anunció la joven. Recordó cómo era el proceso de disecación de escarabajos y quiso avisarle, gritarle con toda su voz, que todavía vivía, que todavía sentía, pero solo era capaz de emitir unos gorjeos viscosos y horribles a los oídos.
El bisturí brilló, resplandeciente e ineludible en las manos de la joven, antes de hundirse en su caparazón. Creyó que el dolor lo mataría cuando el escalpelo trazó una Y en su tristísimo cuerpo. Pero en verdad, fue una sola y reparadora maniobra. El viento lo abrazó y sus nuevas alas se movieron en busca del cielo.

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María Brandt

domingo, 24 de enero de 2016

Encajes antiguos - María Brandt, Coralito Calvi & Luciano Doti



Después de todo ¿para qué lo querría? Era un espejo provenzal, de cristales biselados, imponente, con un marco de rosas labradas. La tía Anselma pasaba horas delante de él, probando vestidos a sus hijas, sobrinas y vecinas. Tenía un gusto exquisito y todo lo que salía de sus manos era armonioso, casi mágico.
—Sí, es eso lo que me molesta, aquí ya nadie usa vestidos de encajes. La tía Anselma me legó esta casa, y hay que modernizarla —decidí.
Mientras resolvía qué hacer con él, cubrí el espejo con una de mis sábanas de raso turquesa, tras lo cual un zumbido espantoso me aturdió hasta provocarme náuseas. Instintivamente retiré la sábana, y el zumbido cesó. ¿Qué estaba pasando?
Corrí a beber un vaso de agua helada y me mojé la cara. Cuando regresé al living, el espejo me devolvió mi imagen envuelta en un espantoso vestido de encaje violeta, color que detesto, y mi estómago se retorció al percibir lo parecida que era en esa imagen a la tía Anselma. Me puse a investigar acerca de los espejos provenzales. Atando cabos descubrí cosas sobre la región de Provenza. Supe que en su capital, Marsella, se originó el Tarot. Me tiré las cartas, y salió “La Sacerdotisa”; representaba a una mujer enigmática, enlazada con la magia: ¿mi tía?
El espejo continuó devolviendo mi imagen con vestidos de encajes, como vaya una a saber cuántas mujeres de mi linaje anteriores a Anselma.


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María Brandt

martes, 20 de octubre de 2015

Palpitaciones - Köller, María Brandt & Laura Olivera


Miré el monitor, llevaba horas sentado con la vista fija en esa pequeña ventana. Las palabras de la mujer al otro lado del vidrio venían clavándose directo en el alma. El corazón a mil. 
—Palpitaciones —dije. 
—Palpitaciones —escribió ella en ese preciso instante. Traté de bajar, pero los latidos eran cada vez más fuertes, no podía escaparme de ahí. Voy a morirme ahora, pensé mientras un cosquilleo me tomaba el cuerpo por completo. Respiré profundo, sin embargo, las palpitaciones crecían.
—¿Palpitaciones? Lo comprendo, es natural, pero nada en su carpeta de admisión a la Empresa hace sospechar que esté enfermo. Confiamos plenamente en que tendrá todo listo en setenta y dos horas. Después de todo se trata sólo de un remanente de personal; el arreglo no es despreciable. 
Ahora sentía un dolor agudo en la boca del estómago y la rabia sorda de tener que decir sí, claro, así se hará. Voy a dejar de mentirme. Encendí la video cámara.
—Disculpe —le dije a la empleada—. Un momento. —Ella me miró, fastidiada—. Hay algo que usted ignora. Mis palpitaciones responden a una enfermedad que no figuraría en la carpeta de admisión.
—Por escrito, déjelo por escrito Fernández —exigió ella.
—La mía es una condición que no tiene cura y es absolutamente incompatible con cualquier empresa.
Ella cerró la carpeta. Y cortó la videoconferencia.
—Es amor —declaró él y se puso en pie—. Todo esto fue un error.

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jueves, 8 de octubre de 2015

Vinilos - Omar Chapi, María Brandt & Martín Renard


Marcos es buena persona, pero sobre todo, experto en los negocios fracasados. Nunca tuvo visión comercial. La última aventura es original: como ama la música y los vinilos antiguos, abrió un local de compraventas en la parte más peligrosa del barrio. 
—Los sueños hay que concretarlos y este barrio tiene magia —dice, mientras le sirve una copa a sus amigos, que lo escuchan con sorna e incredulidad. Poco saben ellos de tratar de conseguir lo imposible; ignoran que primero hay que intentar lo que en apariencia condce al fracaso, lo que es irrisorio. Así parece entenderlo el destino, que en manos de un marino y por unos pocos pesos, le ha procurado un extraño hallazgo. Se trata de un vinilo de una sola canción que, según el navegante, puede cumplir cualquier deseo, basta con soportar la melodía sin llorar hasta el final. Será fácil, especula Marcos, mientras acaricia la vieja pieza. Cuando los amigos se marchan, coloca la vitrola sobre la mesa y piensa en su belleza de anteojos de carey. De pronto, en la calle se escucha un disparo; una niña pide auxilio y llora junto al cuerpo de su madre. Marcos tiene un deseo. Hace girar la manivela, la música suena tan triste que estremece su alma. Quiere acallarla o llorar hasta la locura. Resiste. El disco termina. En la calle, la mujer toma la mano de la niña. Marcos guarda el vinilo, ya no habrá belleza de anteojos de carey.

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María Brandt


viernes, 25 de septiembre de 2015

De reyes y milongas - María Brandt, Claudia Isabel Lonfat & Patricio G Bazán


Egesipo Legrís era un tipo que sabía encantar con su destreza ecuestre, admirando a gente tan experta en caballos como los humildes paisanos. Buen decidor, presentaba al Gran Circo Criollo de los Hermanos Podestá, compañía en la que yo trabajaba por entonces. Los días de lluvia no había función, se jugaba a las cartas o a la taba, matando el tiempo y la pereza. Una noche de epifanía, sin luna, nuestro Capitán Legris, desde el medio del Picadero y junto al fogón, contó como siendo él apenas un mozo de trece años, había logrado comunicarse con un caballo. Algunos de los presentes se reían y Egesipo los acompañó.
—Rían ahora, porque después se van a poner serios. Era una noche igual a esta, sin luna; yo caminaba por el campo, algo desorientado, hasta que me cayó la oscuridad sin darme cuenta. No se veía nada. Olí bosta, escuché cascos, imaginé un jinete perdido. Pero llegó hasta mí una voz:
—Ayúdame, muchacho… —dijo. Al tacto, comprobé las cuatro patas del matungo, pero también que el hombre estaba pegado al animal—. Soy el último centauro, Señor del Pueblo Equino. Agonizo, mas no quiero que mi don se pierda. Acompáñame, y luego reinarás sobre mis hijos…
Asombrado pregunté: —¿Entonces, Capitán?
Sonrió, nostalgioso. —Tenía razón: los caballos aún me obedecen …
No le creímos. Años después, la noche en que murió Legris, el mundo se llenó de tristes relinchos.

Acerca de los autores:
María Brandt


domingo, 9 de agosto de 2015

El riesgo - Maria Brandt, Alejandro Bentivoglio & Cristian Cano


Amo vivir al límite. Para mí, todas son opciones de vida o muerte. Desprecio la moderación y la prudencia: disfrutar de la vida consiste en correr riesgos. Por eso acepté el desafío de mi pandilla. Por eso estoy vestido de negro, armado con una barreta, amparado por las frías sombras del cementerio: planeo irrumpir en la cripta maldita de Kart Wagnis, capturar los restos del odiado jerarca nazi y depositarlos a los pies de mis sorprendidos camaradas. El plan es sencillo. Además ya tengo bien calado al sereno y sé cuándo deja de dar sus rondas y se queda bien tendido en su casucha, tomando vino y durmiendo. A él poco le importa lo que alguien haga en el cementerio... si es que él no lo hizo primero; conozco sus secretos como conozco la palma de mi mano. Así que a la noche ya estoy listo, con las cosas en mi mochila y el cementerio para mí. Suena el teléfono. Es mamá:
—Jaime, olvidé el chesse cake que preparé para tu abuela, no me lo traerías? Aun teje: te hizo un pasamontañas. De colores. Es horrible, pero sería un lindo gesto que te lo probaras y agradecieras. Está grande. Te espera.
—Si, má, ahí voy. —Vuelvo a casa, dejo la barreta, me cambio la camisa negra por un jersey a rayas. Esta noche es para la abuela Justina. Y a Wagnis le queda toda la oscura muerte por delante.

martes, 28 de julio de 2015

Cambiar el rumbo - Luciano Doti, María Brandt & Ada Inés Lerner


—Este es el segundo planeta en el que estamos viviendo, pero al igual que en el anterior los sistemas de seguridad son manejados por máquinas que deciden el futuro de los habitantes. Tememos tanto a los ciberataques como a las guerras interplanetarias.
Somos frágiles insectos en sus cálculos. —El orador se detuvo y miró a los presentes—. Esto sirve para recordar que debemos ser cautos, posiblemente en estos momentos nos estén escuchando y viendo… —Sonó un click débil y el orador parpadeó, mientras a sus espaldas se activaba una pantalla. Una fascinante criatura de piel completamente azul y enormes ojos orlados de pestañas, en tres dimensiones, sonreía con una de sus cuatro bocas, mientras las otras tres emitían una melodía deliciosa.
—Para combatir el estrés y hacer frente a los desafíos que nos apremian, nada mejor que adquirir una de nuestras sirenas, maravillas biotecnológicas, capaces de desviar las altas frecuencias, confundiendo a nuestros enemigos y haciendo más seguro nuestro ambiente. Están disponibles desde este mismo momento para este selecto auditorio.

Entre los oyentes había varios interesados. La sirena tenía su encanto. Su sonido era necesario para ahuyentar a cualquier ser que pretendiera atacarlos. Así, esos malditos tendrían que cambiar el rumbo, orientando su ofensiva hacia otra civilización. Adquirir ese espécimen biotecnológico podía significar liberarse de aquella opresión, de esa sensación de vivir con miedo. Lo otro... era un beneficio extra. La sirena poseía cuatro bocas, y todos estaban seguros de que siempre hallarían a cuatro amigos dispuestos a poner la cuarta parte del dinero para comprarla y compartirla.  

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