domingo, 9 de agosto de 2015

El riesgo - Maria Brandt, Alejandro Bentivoglio & Cristian Cano


Amo vivir al límite. Para mí, todas son opciones de vida o muerte. Desprecio la moderación y la prudencia: disfrutar de la vida consiste en correr riesgos. Por eso acepté el desafío de mi pandilla. Por eso estoy vestido de negro, armado con una barreta, amparado por las frías sombras del cementerio: planeo irrumpir en la cripta maldita de Kart Wagnis, capturar los restos del odiado jerarca nazi y depositarlos a los pies de mis sorprendidos camaradas. El plan es sencillo. Además ya tengo bien calado al sereno y sé cuándo deja de dar sus rondas y se queda bien tendido en su casucha, tomando vino y durmiendo. A él poco le importa lo que alguien haga en el cementerio... si es que él no lo hizo primero; conozco sus secretos como conozco la palma de mi mano. Así que a la noche ya estoy listo, con las cosas en mi mochila y el cementerio para mí. Suena el teléfono. Es mamá:
—Jaime, olvidé el chesse cake que preparé para tu abuela, no me lo traerías? Aun teje: te hizo un pasamontañas. De colores. Es horrible, pero sería un lindo gesto que te lo probaras y agradecieras. Está grande. Te espera.
—Si, má, ahí voy. —Vuelvo a casa, dejo la barreta, me cambio la camisa negra por un jersey a rayas. Esta noche es para la abuela Justina. Y a Wagnis le queda toda la oscura muerte por delante.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Asesinato con música y fuego - Omar Chapi, Ada Inés Lerner & Fabián Eduardo Rafael


No puedo acercar los dedos a las hornallas porque se reflejan caras en las sombras. He jugado a esto dos veces. Héctor y yo estamos en una cocina en un sótano abandonado; hay un piano antiguo. Con nuestras voces, las teclas suben y bajan solas, como si un pianista invisible las presionara. Si Héctor dice una palabra, suena una tecla blanca aguda. Si yo la digo, una tecla negra emite un sonido grave, terrorífico. Falta que aparezca un cadáver, para completar la escena de espanto.
En eso, la puerta se cierra de un golpe. Un hombre corpulento nos interrumpe el paso. Su aspecto siniestro no puede significar otra cosa que muerte. Héctor intenta protegerme ocultándome tras su cuerpo; al hombre parece no importarle, se adelanta un poco y con su voz hace bailar el fuego en las hornallas. No puedo contener un grito de terror; en el piano suena una melodía conocida, aunque no recuerdo dónde la he escuchado. De pronto, el hombre saca un arma y dispara; el proyectil traspasa nuestros cuerpos y termina incrustado en un espejo que está detras de mí; el estallido de vidrios asusta al grandote, que sale corriendo del lugar; con Héctor, nos miramos las heridas, pero no hay daño.
El piano suena con más fuerza. Ahora recuerdo dónde escuché aquella melodía, era mi madre tocándola mientras nuestro padre nos asesinaba, a mi hermano Héctor y a mí, aquella noche de locura.

Acerca de los autores:
Ada Inés Lerner
Omar Chapi
Fabián Eduardo Rafael

La historia del monasterio azul y rosa – Maritza Álvarez, Alejandro Bentivoglio & Félix Díaz


Nadie imaginaba las historias que se tejían en aquel monasterio incrustado en las oscuras montañas de aquel lugar lleno de una magia especial, extraño por demás. El superior que dirigía el lugar era un monje anciano, de rostro cincelado por él más grande escultor de todos los tiempos, de mirada penetrante y andar pausado, tanto que daba la impresión de que andaba siempre en las nubes, pero meditaba, rezaba y se flagelaba. El nombre del superior se perdía en la noche de los tiempos, aunque todos lo llamaban Mahatma. Era habitual que acudieran personas de los pueblos cercanos para pedirle consejo a Mahatma; también llegaban viajeros de tierras lejanas. Tanto como puede serlo el que se presentó el día que nos ocupa en este relato.
—Usted no es de este planeta —afirmó Mahatma nada más verlo.
—Tiene razón. Vengo de un lugar ubicado a centenares de años luz de la Tierra; busco su sabiduría. Quiero conocer el sentido de la vida.
—El sentido de la vida es un círculo.
El viajero se quedó un tanto perplejo.
—¿Un círculo? ¿Eso es la mejor respuesta que tiene? ¿La figura geométrica más obvia de todo el universo?
—¿Prefiere un cuadrado?
—¿Ahora cambia el significado de la vida?
—Si no le gusta mi sabiduría, tengo otras.
—¡Encima se roba una frase de Groucho Marx!
El viajero se marchó enfurecido. Mahatma sacudió la cabeza y encendió un habano mientras pensaba se acariciándose el bigote pintado: “los que no entienden el humor, ¿cómo esperan entender la vida?”.


Acerca de los autores:
Maritza Álvarez

La sombra - Adriana Alarco de Zadra, Liliana Aguilar Orantes & Cristina Chiesa


Esa noche, al regresar a casa, escuché pasos detrás de mí. Aceleré pues no me gusta encontrar gente quizás con tragos o con malas intenciones a esas horas. El farol de la esquina estaba roto y se veía poco bajo la débil luz de las ventanas. Los muchachos de la vecindad los rompen jugando a la pelota y nadie los repara. Estoy temblando, no sé si de frío o de miedo, cuando de pronto veo una sombra en la pared . Puede ser la sombra de un árbol, una vieja encina que ya ni hojas tiene o solo mi sombra, traspasada de luna y fatiga. Oigo un ruido. La noche sobresalta con ladridos de perros callejeros. El camión regador hace su entrada por la cortada de La Resurrección y cuando dobla vuelvo a verla. Ya no caben dudas, la sombra me está siguiendo. Apuro el paso. El terror me impide volver la cabeza. Corro… Pero una risa jovial me detiene en seco. Me doy vuelta y la veo apoyada bajo el farol, una oscuridad dentro de otra. Una ternura extraña, vieja como el mundo, me invade. Al fin me parece que la recupero, tanto tiempo estuvo olvidada entre los ruidos, en medio de tanta apariencia, y despótica materia. Le vi las venas, adheridas al asfalto. Más que mi sombra pude ver a un ángel que venía a buscarme.

Acerca de las autoras:
Liliana Aguilar Orantes
Cristina Chiesa


sábado, 1 de agosto de 2015

Receta para macerar almas en el infierno - Laura Olivera, Daniel Frini & Sergio Gaut vel Hartman

 

Tómese un alma, de preferencia, perversa. Debe tenerse cuidado: ciertas vilezas encubren bondades que la Justicia Divina y Garantista asume como suficiencia para acortar la eternidad a unos cuántos años de Purgatorio. Un alma perversa es una joya difícil de encontrar. Sosténgala por el cuello hasta su desmayo. Antes, se habrá preparado un caldero con dos partes de agua, una de vinagre y una de alcohol de romero. Cuando se alcance el punto de ebullición, sumerja el alma elegida y coloque la tapa. Deje hervir un par de años. Para evitar que largue mal olor, escúrrala en recipiente aparte, salpique con cal y deje reposar a temperatura ambiente. No bien afloren las grietas, sostenga el alma por sus extremos y colóquela boca arriba en una placa limpia. Cocine a horno moderado durante un siglo y medio. Pinche con un palillo para comprobar que esté bien torturada (el punto es fundamental) y con espátula despegue suavemente. En una fuente honda, vierta un pocillo de sangre de nerpa del Baikal (único hábitat de este animal), dos gotas de sudor de sirena, una pizca de secreción nasal de yeti y medio kilo de excrementos de ornitorrinco nonato. Saltee hasta que el producto tome un peculiar color fucsia. Retire el componente sólido y reserve. Inyecte el líquido en los vértices del alma y cubra toda la superficie con la pasta que reservó. Espere doce años, doce meses y doce días y sírvase acompañada de papas fritas.

Acerca de los autores:

Musicalidad - Cristian Cano, Begoña Borgoña & Javier López


No me preguntes, porque voy a hacer como mi abuela. Ella es un poco un soldado musical que sostiene al mundo. Baldea, arregla, limpia y acomoda. Voy a recuperar lo que nos asemeja. Quiero lo que nos une. Le confío mis sentimientos a la musicalidad y a lo enterrado en los músicos precursores. Vivo en lo que arrasa lo mundano, y en eso que desnuda. Porque emerge desde adentro, atravesando la carne como lo haría una lanza. Soy la sonoridad que se despoja de todo prejuicio y atadura y vuelca la complejidad en combinaciones que estremecen a cualquiera. El genio le es dado a muy pocos, me decía mi abuela. Hoy todavía tengo que tocar con los nudillos suavemente a su urna como si de una puerta se tratara, en busca de consejo; cuando una nota discordante se introduce, irreverente, en una composición que me ha dejado los ojos rodeados de sombras negras por el desvelo y mi pentagrama suplica que la corrija, ella sugiere la nota adecuada que convierte la disonancia en cadencia fluente. La partitura está acabada, la ensayo al piano y la abuela aprueba con su silencio. Afino las láminas, calibro los remaches del cilindro, montando la maquinaria sobre la urna de madera. Con el nerviosismo del director de orquesta debutante, doy cuerda al mecanismo. La melodía se ejecuta a la perfección en un bucle sublime. No tiene nombre, pero bien podría titularla “Sinfonía del otro mundo”.

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Natalia Sofonisba, la amiga perdida y la receta de crema - Soledad Cruella, Patricio Bazán & Héctor Ranea


Hablar de una amiga que se perdió es solo porque la hemos encontrado y, en este caso, aún mejor, la encontramos con la receta de crema que se había robado. Era una crema exquisita, basada en una mezcla de cardamomo, pimienta de aguaribay, hongos de madera de bosques umbríos y, claro, la crema como la preparaba tía Edelmira, la descubridora de la mezcla de especias. Durante años, Natalia Sofonisba había vendido la receta a los estudios Chaplin para sus gags. Cuando decidió apropiarse del dinero, usó argucias heredadas de tía Edelmira; revendió la crema que resultó ser Vic Vaporub, descongestivo que por un tiempo hizo que los estudios olieran a mentol y desapareció. La reencontré en La Viruta, una milonga en Baires cuando intentaba plasmar lo que definía Discépolo como un pensamiento triste que se baila. Irreconocible. Mi amiga: corto y negro el cabello a lo Virginia Luque, pasó bailando. Ya no era mi Natalita, ahora se llamaba Gricel. “¡Ni te acuerdas de mí!”, exclamé indignado. Y hoy, que vivo enloquecido por el rencor, me escabullí rumbo a la cocina del local con un plan en mente. Aplausos. Hurras. Grititos en mi bemol: Gricel había ganado el Concurso de Tango. Y entonces, cuando subió a recibir su premio, irrumpí disfrazado de camarero húngaro, estampando violentamente contra el rostro de la traidora una admirable torta de crema (receta original), arruinando su momento supremo de gloria.

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