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domingo, 27 de diciembre de 2015

La madre – Nico Gallo, Donato Altomare & Adriana Alarco de Zadra


Estaba delante de él y le hablaba. Preguntaba si su hermano se había casado con Valentina y si había encontrado un trabajo decente. Estaba sentada en una silla de la sala con el mismo traje con el que la vistieron para el funeral. Hasta los zapatos eran los mismos y ni siquiera se veían empolvados, a pesar de los ocho años que había reposado en la sepultura. Hablaba como si nunca hubiese muerto.
—No, madre, Aldo y Valentina se separaron.
—Ya decía yo que no era la muchacha adecuada. ¿Y tú?
—Es verdad que no era buena para mi hermano. Yo me casé con Valentina.
Su madre no contestó, ni lo miró. No tenía ojos, solo dos cuencas vacías. Se levantó. Sonaron sus huesos, una de sus manos se desprendió y quedó agarrada del brazo del sillón.
—Nos vemos mañana —dijo saliendo.
Él no tuvo el valor de correr tras ella para devolverle la mano.
—¿No puedes dejarla tranquila ni aun cuando está muerta, cretino? —preguntó Valentina a la hora del desayuno mientras contemplaba la mano colgada del cuello de su marido—. Pensé que no eras como tu hermano Aldo que no se despegaba de sus faldas… pero, bebe el café, querido.  Lo hice especial, tal como te gusta, ¿y sabes por qué? Le puse un poquitín de cianuro, tanto como para que hoy no faltes a la cita con ella.

Acerca de los autores:

jueves, 3 de diciembre de 2015

Molinos en el infierno - Adriana Alarco de Zadra, Giampietro Stocco & Giorgio Sangiorgi


Nunca hubiera creído antes que los molinos fueran realmente gigantes, hasta que corrió delante de ellos como un alma desesperada. Sí, eran ogros infernales que querían destruirlo en medio de un prado cubierto por los miembros putrefactos y desperdigados de los primeros visitantes humanos que llegaron a Floralia, ese planeta maldito. 
Trató de refugiarse en un portal que vio a lo lejos y luego tradujo a su idioma lo escrito en uno de los laterales, algo que le trajo antiguas reminiscencias: “¡Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!”
Al principio, adentro reinaba la más pura oscuridad. Luego apareció una extraña luminiscencia, lechosa, verde, que parecía delinear los contornos de las cosas. Todo estaba húmedo, mojado, inquietantemente recubierto de algas viscosas. 
Se volteó por un momento hacia el exterior y se dio cuenta entonces que la esperanza lo había abandonado a él.
Antes del viaje, había leído el informe sobre Floralia: su biósfera terrestre, la fauna inofensiva. Pero ¿qué eran esas masas enormes coronadas por unas protuberancias que semejaban tumores? Aquellos espantos horrorosos lo rechazaban lentamente hacia atrás, adonde el sol calla. Retrocedió hasta llegar a lo que le pareció un trono lleno de podredumbre y observó las superficies curvas. No tuvo tiempo de ver a uno de los leviatanes que se acercaba cuando este abrió sus fauces.
—¡Debes incubar nuestros huevos, extranjero! —rugió el monstruo en perfecto ánglico.

Acerca de los autores:
Adriana Alarco de Zadra
Giorgio Sangiorgi
Giampietro Stocco

miércoles, 30 de septiembre de 2015

La vidente - Cristina Chiesa, Adriana Alarco de Zadra & Liliana Aguilar Orantes


Tengo algo roto dentro de mí, algo muy profundo. No logro identificar qué es, y a veces no quiero saberlo, me da miedo, porque ya he hurgado demasiado dentro de mí. Me acuerdo que siempre veía cosas raras en la gente, como mirar dentro de los ojos y ver cosas, no me gustaba eso. ¿Por qué no podía ser como las otras niñas y jugar, nomás? Igual ahora, evito mirar a la gente a los ojos, lo hago consciente, para no ver, pero hoy me topé con otros ojos que me atraparon y no pude despegarlos. Es tan extraño que no pueda leer su mente y tengo el presentimiento de que sabe lo que pienso. Pongo la mente en blanco pero no puedo alejar mis ojos de los suyos. Trato de hurgar en su pensamiento y recibo relámpagos de risas alocadas y furias reprimidas. Se va acercando hacia mí y no puedo moverme. Quisiera huir de ese ser que me confunde e hipnotiza pero el deseo es más fuerte. Entrecierro los ojos, entregada. Espero su boca que intuyo ávida, de fuego… ya… ahora… Otra risa perturba ese momento único. Otra furia incontrolable pone su mano sellando los labios y de un envión hace que caiga sobre mis propios despojos. Él parte hacia algún lugar lejano... nunca más. Mis ojos quedan ciegos, siempre. Tengo algo roto dentro de mí. Algo muy profundo. Ahora sé su nombre, pero ya no importa. 

lunes, 17 de agosto de 2015

Solo pájaros - Liliana Aguilar Orantes, Cristina Chiesa & Adriana Alarco de Zadra


Como todos los días, la señorita Ardiles se preparó para abordar el transporte público cuando el ruido del aleteo de una bandada de pájaros cruzando el pequeño cielo que separaba el panel A del panel B la llevó a mirar hacia arriba. Nunca en las páginas de su historia había encontrado nada parecido. ¿De dónde llegaba aquel fenómeno oscuro que la hizo trastabillar, sobrevolando su humanidad a doscientos cuarenta metros de altura? Alguien la tomó por los hombros evitando que resbalara, mientras ella con voz desfalleciente, decía:
Los pájaros, ¿los ha visto? Todos sabían que los pájaros se habían extinguido tras las explosiones nucleares que habían obligado a construir ciudades subterráneas; el cielo solo era visible a través de los paneles. El vuelo de los pájaros, el viento entre las hojas y los rumores nocturnos del verano, eran apenas palabras casi olvidadas en los cuentos de los viejos. Un hilo de esperanza empezó a crecer en la mente de la señorita Ardiles. ¿Existiría vida en otros lugares del planeta? ¿Terminaría encontrando una pluma o un huevo que le confirmen que lo que ha visto en el cielo no es un espejismo? Pasó con dificultad entre los dos paneles y consiguió salir al exterior pesar de la prohibición. Nunca regresó y al cabo de cierto tiempo dejaron de buscarla. Meses después encontraron sus despojos mordisqueados por los roedores que se reproducían en medio de las ruinas de la superficie, amos absolutos de la ciudad abandonada.

Acerca de las autoras:

miércoles, 5 de agosto de 2015

La sombra - Adriana Alarco de Zadra, Liliana Aguilar Orantes & Cristina Chiesa


Esa noche, al regresar a casa, escuché pasos detrás de mí. Aceleré pues no me gusta encontrar gente quizás con tragos o con malas intenciones a esas horas. El farol de la esquina estaba roto y se veía poco bajo la débil luz de las ventanas. Los muchachos de la vecindad los rompen jugando a la pelota y nadie los repara. Estoy temblando, no sé si de frío o de miedo, cuando de pronto veo una sombra en la pared . Puede ser la sombra de un árbol, una vieja encina que ya ni hojas tiene o solo mi sombra, traspasada de luna y fatiga. Oigo un ruido. La noche sobresalta con ladridos de perros callejeros. El camión regador hace su entrada por la cortada de La Resurrección y cuando dobla vuelvo a verla. Ya no caben dudas, la sombra me está siguiendo. Apuro el paso. El terror me impide volver la cabeza. Corro… Pero una risa jovial me detiene en seco. Me doy vuelta y la veo apoyada bajo el farol, una oscuridad dentro de otra. Una ternura extraña, vieja como el mundo, me invade. Al fin me parece que la recupero, tanto tiempo estuvo olvidada entre los ruidos, en medio de tanta apariencia, y despótica materia. Le vi las venas, adheridas al asfalto. Más que mi sombra pude ver a un ángel que venía a buscarme.

Acerca de las autoras:
Liliana Aguilar Orantes
Cristina Chiesa