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miércoles, 17 de febrero de 2016

Impresiones indelebles - Laura Olivera, Begoña Borgoña & Sergio Gaut vel Hartman


Lidia lloraba desde la mañana, cada vez con mayor intensidad. Al final, la madre no tuvo más remedio que llamar al médico.
—Esta niña ve muertos —dijo el doctor Fulcanelli—, como en la película Sexto sentido.
—Doctor —protestó la madre—; no me diga que cree en esas estupideces.
—Ese no es el asunto; no solo los ve: quedan grabados en la retina de la niña. Cuando acerqué la linterna a la pupila vi a Marilyn Monroe y a Lenin, y también al general Aecio, el que derrotó a Attila.
—No puede ser cierto —se horrorizó la madre.
El doctor encandiló nuevamente a la pequeña Lidia, que se alejó, reticente. La madre le cubrió los ojos.
—Deje en paz a mi hija —ordenó—. Usted es un degenerado.
La niña emitió un gemido, pataleó de repente. Sus ojos se abrieron enormes.
—Hay un hombre —dijo temblando—. Es alto, altísimo, con barba larga y dientes amarillos. —Se estremeció y en su carita se dibujó una mueca de espanto? Viene hacia mí.
La luz de la lamparita comenzó a titilar descontroladamente. El médico soltó el utensilio y quedó como hipnotizado. Cuando comenzó a convulsionar, la madre de Lidia intervino empujándolo al suelo, donde se retorció con estertores horribles.
Abrazó a su hija y la curiosidad la impulsó a mirar sus ojos opacos; en cuyo fondo vio el rostro aterrorizado de Fulcanelli, moviendo los labios mientras trataba de transmitirle un mensaje ininteligible.

Acerca de los autores:
Begoña Borgoña
Laura Olivera
Sergio Gaut vel Hartman

sábado, 19 de diciembre de 2015

Bajo el sol - Laura Olivera, Ricardo Bernal & Begoña Borgoña


Se despertó con la horrible sensación de masticar arena. Estuvo un rato escupiendo, se sentó como un indio y lentamente paseó la vista por el horizonte, que era igual en todas direcciones. ¿Cómo había llegado al medio de aquel desierto? Desde un cielo diáfano, inmaculado, el sol parecía muy cerca, como si estuviera allí solo para achicharrarle la cabeza, los brazos, las piernas. Atinó a resguardarse, desesperadamente buscó algo con qué cubrirse y solo entonces advirtió que estaba completamente desnuda. Descubrió que las huellas de varias especies se perdían en el horizonte hacia ocho direcciones distintas en una geometría perfecta; ninguna pisada era humana y dos de ellas eran indudablemente de camellos o dromedarios. Cerró los ojos, su último recuerdo era el enorme ojo luminoso y las cuerdas fuertemente apretadas en sus muñecas y tobillos. Intentó levantarse, pero el dolor insoportable de las articulaciones la hizo caer de bruces y golpearse con algo duro enterrado en la arena. Comenzó a cavar, buscando, no sabía por qué, un bebé recién nacido; recordaba vagamente haberlo sostenido entre sus brazos. Escarbó hasta que la sangre brotó por debajo de sus uñas. Cuando al fin terminó, exhausta, vio ante sí un pequeño esqueleto que parecía humano. Su memoria lanzaba fragmentos de una ceremonia extraña, pero no alcanzó a comprender lo sucedido. El pelo que cubría su cuerpo la hacía sudar copiosamente. Se incorporó con dificultad para alejarse apoyada en sus cuatro extremidades, erguida apenas.

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martes, 15 de diciembre de 2015

Mire si Dios – Abelardo Cid Topete, Erath Juárez Hernández & Begoña Borgoña



Mire si Dios no va a ser grande, dijo don José; cuando trabajábamos pa’ los ricos en la hacienda siempre estaba con nosotros. Cuando se perdían algunas cosas mandaban llamar al cura que en llegando nos decía que el robar era el camino al infierno. En esa vez se habían perdido unos alimentos de los patrones, después nos confesaba y en la noche Dios señalaba al ladrón y llegaban los rurales sin saber Dios de nuestra hambre. Mire si Dios no es grande, que el pobre ladronzuelo podía aguantar hasta cincuenta cuartazos del patrón y al otro día ya estaba trabajando de sol a sol. Y mire si no es grande que a muchos de nosotros nos guardaba de enfermarnos si nos caía encima un aguacero y, si alguno lo hacía, pues no lo dejaba sufrir; enseguida se lo llevaba pa’l cielo. Tan grande es, que los chamacos de los patrones que parían nuestras hijas nacían sanotes. Fíjese usted, que un día jalaba yo pa’l mercado del pueblo a buscar una gallina negra y hierbas pa’ un hechizo de la riqueza, harto de ser pobre. Pero Dios me alejó de ese camino y, en cambio, me regaló una chamaquita bien chula que andaba perdida por ahí, chillando la pobrecilla. Lueguito me la traje pa’ la casa, y hoy trabaja parada afuera de una cantina, por eso digo que Dios es grandioso, dígame usted si no.

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miércoles, 28 de octubre de 2015

Agraciada - Begoña Borgoña, Héctor Ranea & Javier López


Mirándola detenidamente, no era tan fea como me habían dicho. Eleonora Glubber tenía la cabeza sobre los hombros, eso sí, ligeramente ladeada; los ojos donde corresponden, aunque algo caídos y con una falta notable de brillo; las orejas a ambos lados de la cara —el que fueran grandes y puntiagudas la afeaban sensiblemente, pero no por eso dejaban de ser orejas—; la boca bajo la nariz, apenas visible porque ésta la cubría, con su tamaño exagerado y un remate ganchudo.
¡Ah!, pero su pelo, eso era otra cosa, fue lo que me motivó a mirarla con otros ojos. Era tan atrayente ese manojo inmenso, brillante y sedoso que brotaba como un manantial interminable de sus axilas y combinaba a la perfección, cual si teñido se encontrara, con el que salía de su nariz (revuelto graciosamente con su bigote) y con el de su pubis, y ello me hacía sentirme atraído sin remedio hacia su cabeza ovoide pelona por completo.
La elegí sin hesitar. Las promesas de su excitante pelambre, las aventuras en esa hermosa cascada violeta y añil, pudieron más que el posible encanto o vanidad de su cabeza desangelada. Lancé mi oferta con una voz que, si bien trémula, tenía la carga necesaria como para conquistar su atención por esos pocos días, antes de que pasara el de la compañía de androides para cambiarle la testa, de acuerdo a mi solicitud usando la garantía universal de cliente satisfecho.

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miércoles, 2 de septiembre de 2015

Capturado - Paloma Guzmán, Alejandro Bentivoglio & Begoña Borgoña


Mi condena es invadir el cuerpo de algún desgraciado. No salgo de él hasta que arreglo su vida. Pero entonces entro a otro individuo y debo hacer lo mismo. Hoy me topé con un hombre cuyo castigo es ver los secretos de la gente, por eso supo lo que soy. Me llevó a su casa para revelarme la razón de mi condena. Nadie sabe eso, solo paga; no hay manera de negarse. Cuán horrible fue mi crimen o pecado no es de la incumbencia de nadie. El tipo aquel me dice de qué va todo; sabe exactamente qué hice, qué estoy pensando, incluso qué voy a hacer. Miro hacia los costados tratando de encontrar una salida, alguna escapatoria que me permita evadirme de esta situación en la que no quiero estar. Mas todo parece cerrado a cualquier posibilidad de huida. Me siento ojo contra ojo de mi captor y empiezo a tartamudear sobre mis errores, a sudar copiosamente. El hombre ríe hasta ahogarse, comienza a toser y es cuando aprovecho lo que parece un resquicio en su concentración, para intentar salir de ahí, pero él intercepta mis pensamientos; sus ojos se mueven rápidamente como dibujando el diagrama de mi posible escape, y me doy cuenta de que no hay remedio. Por fin lo reconozco, y ya no sé si felicitarme, como lo hago cada vez, por haber ayudado a su esposa a resolver su lamentable vida.

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Paloma Guzmán

sábado, 29 de agosto de 2015

Lo que nos sucedió en las vacaciones - Cristian Cano, Javier López & Begoña Borgoña


Marcela se levantó y, corriendo las cortinas, espió hacia el bosque. Desde la cama escuché a alguien hachar madera. También la vi sorprenderse y taparse la boca, y, agarrándose la cabeza, me observaba a cada rato para constatar que dormía. Pero no era así. Fingía dormir y miraba lo que ella hacía en las noches. Ahora una claridad verde pintaba su rostro y todo el suelo de la cabaña, como si el bosque se hubiera adueñado de ella. Pero, ¿por qué ese resplandor? Faltaban horas para el amanecer y la luna llena no podía inundar de ese modo la estancia. Si acaso, azuzaba a las lechuzas para que emitieran chirridos cada vez más penosos. 
—¿Qué ocurre? —le pregunté, simulando el aturdimiento de quien acaba de despertar. —Ya vienen —respondió Marcela, asumiendo en el tono de su voz un destino ineludible. Pisadas gigantes, monstruosas, derribaban los árboles a su paso, haciéndolos crepitar como si fueran ramas secas. Me surgieron preguntas, pero no logré articularlas, y una angustia feroz paralizó mis entrañas. La puerta se abrió de golpe y apareció un hueco enorme, un vacío abismal que comenzó a tragarse todo. La luz brotó del centro de esa nada para encenderse cual antorcha cegadora y, antes de que mis retinas se fundieran con ella, vi a Marcela consumida por una llamarada negra, arrastrándola hacia el agujero que se cerró abruptamente en la más profunda oscuridad.

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viernes, 21 de agosto de 2015

Cuatro sombras - Raquel Barbieri, Begoña Borgoña & Patricio Bazán


Siempre me había parecido extraño que las cuatro hermanas fuesen solteras y que vistieran de idéntico modo: jumper negro de sarga por la mitad de la pantorrilla, delantal blanco manchado, pañuelo gris en la cabeza, medias corridas de muselina, y zapatos viejos ostentando la escultura de los juanetes de quienes los calzaban. Ellas tenían la costumbre de sentarse en la puerta de su casa a tomar el fresco vespertino, y al pasar por allí, un hedor rancio me hacía llorar.
Como muñecas de una feria, giraban al mismo tiempo las cabezas para seguir mi paso, los ocho ojos secos miraban mi caminar decidido, la envidia multiplicada rezumaba hasta cubrirme con un manto espinoso que calaba mis sentidos. Por más que intentaba impedirlo, siempre me alejaba de ahí con presentimientos que me acompañaban hasta por varios días; llegaba a mi mente el recuerdo de los pies alzándose y tocando el suelo, alternadamente, cuando las hermanas, impasibles, se balanceaban en sus mecedoras.
Huí de ellas. Crecí, amé, formé una familia que fui perdiendo con los años, cambié de barrio, costumbres, empleos; pero las hermanas esperan allí, marcando el ritmo cíclico de las estaciones, devanando la madeja del Tiempo para volverla a ovillar; fatales e inconmovibles, como las cuatro caras de la Luna.
Hoy, casi una anciana, mareada por las vueltas de la vida, he regresado para cerrar el círculo. He pasado por su puerta, y hay una mecedora vacía que me espera.

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sábado, 1 de agosto de 2015

Musicalidad - Cristian Cano, Begoña Borgoña & Javier López


No me preguntes, porque voy a hacer como mi abuela. Ella es un poco un soldado musical que sostiene al mundo. Baldea, arregla, limpia y acomoda. Voy a recuperar lo que nos asemeja. Quiero lo que nos une. Le confío mis sentimientos a la musicalidad y a lo enterrado en los músicos precursores. Vivo en lo que arrasa lo mundano, y en eso que desnuda. Porque emerge desde adentro, atravesando la carne como lo haría una lanza. Soy la sonoridad que se despoja de todo prejuicio y atadura y vuelca la complejidad en combinaciones que estremecen a cualquiera. El genio le es dado a muy pocos, me decía mi abuela. Hoy todavía tengo que tocar con los nudillos suavemente a su urna como si de una puerta se tratara, en busca de consejo; cuando una nota discordante se introduce, irreverente, en una composición que me ha dejado los ojos rodeados de sombras negras por el desvelo y mi pentagrama suplica que la corrija, ella sugiere la nota adecuada que convierte la disonancia en cadencia fluente. La partitura está acabada, la ensayo al piano y la abuela aprueba con su silencio. Afino las láminas, calibro los remaches del cilindro, montando la maquinaria sobre la urna de madera. Con el nerviosismo del director de orquesta debutante, doy cuerda al mecanismo. La melodía se ejecuta a la perfección en un bucle sublime. No tiene nombre, pero bien podría titularla “Sinfonía del otro mundo”.

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domingo, 12 de julio de 2015

El transmisor – Begoña Borgoña, Javier López & Luciano Doti


Mi pensamiento, aunque coherente, es lento; así es mi raza. La pequeña esfera que rueda en nuestra cabeza tarda en recorrer el interior del cráneo y decodificar la información, pero funciona mediante procesos lógicos contundentes. En situaciones de emergencia, se activan células cargadas de mercurio, convirtiendo en rápidas nuestras reacciones. Las toxinas de la orina las reservamos, mezcladas con un líquido venenoso producido por la glándula ptotoriasa, en una vejiga debajo de las orejas y, cuando es necesario, lo expulsamos. Esto origina una oxidación rápida de nuestro organismo y, por tanto, tratamos de limitar el proceso. No obstante, como se sabe, el mercurio es considerablemente pesado, y esta razón ha llevado a un famoso y desaprensivo médico a poner en situaciones de toma de decisiones rápidas a sus pacientes. De esta manera provoca la afluencia y posterior eliminación del mercurio, método conocido como “dieta Dulcano”. El problema es que, conforme adelgazan, los sujetos envejecen y se vuelven estúpidos.
La mayoría de los habitantes con ese problema son jóvenes del género femenino; la obsesión por adelgazar las ha inducido a someterse a esa dieta. Por la lentitud que ha adquirido su sistema de transmisión de reacciones, ya no pueden vivir con el ritmo de la sociedad moderna y son exiliadas en un satélite cercano, donde reciben la visita de varios ejemplares que las eligen como compañía. 
Es que, tras un lifting corrector del envejecimiento, la delgadez las hace lucir muy atractivas.

Acerca de los autores:
Begoña Borgoña
Luciano Doti
Javier López