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domingo, 13 de marzo de 2016

Cataclismo en la sala azul – João Ventura, Daniel Frini & Sergio Gaut vel Hartman




El círculo de piedra osciló un momento y luego se rompió, cayendo sobre los representantes de la mayoría de los mundos habitados de la Galaxia. Una onda expansiva, formando discos concéntricos, se desplazó maciza y grave hasta la voz que no había dejado de arrullar y zurear, ajena a toda la conmoción e indiferente a la muerte de cientos de criaturas de las más variadas especies. El rojo crepúsculo de O’entia, el planeta en el que se realizaba el evento, fue testigo mudo de lo sucedido.
Cuando llegaron los Reconstructores, su diagnóstico fue unánime: la galaxia había llegado a un punto de emergencia, donde la concentración de especies inteligentes había propiciado la aparición de una Consciencia Cósmica. Desafortunadamente —hay registros de situaciones similares— cuando ocurre esa transición suelen producirse daños colaterales. En este caso, la nueva consciencia era una esfera que fluctuaba sobre las ruinas, pulsando colores que oscilaban entre el índigo y el rojo.
La inmensa Sala Azul del Concilio había desaparecido, y la esfera fluctuante emitía un zumbido profundo. Los Reconstructores escucharon la Voz en sus mentes.
«Yo soy y yo decido. El bienestar tiene un alto costo y mi angustia es enorme. No lo soporto y decido apagarme».
En un mundo muy lejano, el hombre miraba por su telescopio, lo que le permitía contemplar lo ocurrido millones de años en el pasado. Apenas si notó que una luz se apagaba en su campo de visión.

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jueves, 10 de septiembre de 2015

Controversia sinológica – Héctor Ranea, Sergio Gaut vel Hartman & Daniel Frini


La madrugada entraba por la ventana sud-sud-oeste de la pulpería del ruso McKerring, la que no tenía vidrio y dejaba pasar un chiflete más educado que bárbaro. Don Incoloro Ñandufuz  miraba un montón de fotos ajadas que alguien había dejado sobre la mesa, mientras don Ekinoxio Thorsiros, paisano de San Nicolás, sacaba, de a uno, manises de un platito, los pelaba, los tiraba al aire y los cabeceaba tratando de embocarle a la escupidera que estaba en el rincón, al lado del paragüero. En tres horas, solo había acertado uno que se hundió con un «¡plop!» en el líquido verde grisáceo y espeso; con el agravante de que fue de carambola, debido a que le pegó con la coronilla (y no con la sien), y el maní entró al recipiente luego de rebotar en el cartel de la pared que rezaba «No sea sucio y salive adentro».
Don Incoloro se rascó la nariz y señaló a un mocetón rollizo y de tupida barba blanca que aparecía en una de las fotos de la cena celebrada en el restó «Q’etonto» de la Capital, para agasajar al gran centroforguar Crespo Villa, el famoso «Tornado de Base Marambio»; en oportunidad de su retiro final-final del fútbol, a los ochenta y tres años (la práctica profesional la había dejado cinco décadas antes).
—¿Y quién es ese chino? —preguntó Ñandufuz, con desdén.
—¿Ese? —contestó don Ekinoxio Thorsiros, mirando a la persona de la imagen que mostraba el otro—. No es chino. Los chinos son lampiños. 
Así como lo ven, Don Ekinoxio era sinólogo.
—Se equivoca, mi amigo —insistió don Incoloro—. ¿Los chinos lampiños? ¡No me haga reír! Mire. El profesor Yantze Huang-Ho, que fue compañero mío en la Universidad Shintoísta de Venado Tuerto, descubrió que los chinos de la Manchuria superior, también llamados manchegos amarillos o borgeanos, cuyo nombre científico es chinnennsis todosigualorum sp, poseían luengas barbas, tan extensas como sus uñas de usted, con las que solían tañir complicados instrumentos musicales como el Taa-hir-sin-chua-ho; ese, de seis cuerdas y media enroscadas alrededor de dodecágonos alabeados, que acá supimos conocer como “El coso ese”. Bien, decía, para lograr el sonido soñado ataban la barba al bastidor y, debido a su longitud, torsión y contorsiones, lograban un bellísimo acorde al tocar dos cuerdas por vez, sacando sonidos parecidos a los que hace el caftán de un rabino de Odessa cuando se quema en alcohol destilado de la pasta de unos frijoles saltarines manchados que los jasidim importan de México desde el siglo VIII a. C., en la época de la dispersión de las tribus israelitas. Válgame la dispersión, esto ha llevado a plantear la novísima teoría de que el pueblo chino todo desciende de una de las Tribus Perdidas, más precisamente la de Zabulón, que las crónicas del pueblo Bene-Menashe, en el noreste de la India, describen como —y sepa disculparme la pronunciación? ?übh?li n?z?rd?n Zebulun simic t?r?find?n. Y que, muy libremente, ha sido traducido como «Zabulón, el que miraba como sospechando».
—De un modo u otro —se exasperó Ekinoxio—; no me va a venir a enseñar nada sobre los chinos que yo no sepa. A más, estoy casado con una china; y puedo asegurarle que lo más que le he visto han sido bigotes. Cuando encuentre un chino con barba, tráigamelo.
—¿Así nomás?
—Tráigamelo así nomás le digo, que se lo compro al peso.
—¿Cuánto paga?
—Chinos a futuro no sé a cuánto está el kilo en el Mercado Acopiador de Rosario; pero chinos con dentadura completa, pago seis con doce el kilo vivo. Chinos sin dientes, siete con ochenta y dos.
—¿Por qué son más caros los sin dientes?
—Porque les tengo que masticar la comida.
—Pero se ahorra en dentífrico…
—Ya lo sé. Pero la Convención de Ginebra ha declarado ilegal el tráfico de chinos con dientes lavados. Creo que es por la escasez de flúor. Así que el tema del dentífrico no es problema.
—Ta bien —dijo Incoloro. Se rascó otra vez la nariz y volvió a mirar la foto. 
—Y no me quiera engañar —agregó Don Eki—. Conozco perfectamente la diferencia entre un chino y un coreano. Ya lo sabe usté: se requieren años de perfeccionamiento y estudio sesudo para distinguirlos. Y yo ya pasé esa etapa. Es más, le puedo decir de qué barrio de Beijing es un individuo solo por la tonada. Y no hay chinos con barba.
—No sea cabeza dura —dijo Incoloro—. Usted me está hablando de los chinos de la capital y yo le hablo de los del interior, los cabecitas negras, bah; que también son chinos, Qué joder.
—No ponga en mi boca palabras que no he dicho. Ponga una aceituna, o una rodaja de ese salame picado grueso que está mortal. Le decía: nunca dije que hablase solo de los de Beijing. Mentiría si dijera que he recorrido toda la China, pero debo haber cruzado unas mil doscientas treinta y ocho veces la Muralla. Setecientas veintisiete de norte a sur y seicientas cincuenta y nueve de sur a norte, treinta y cuatro de ellas a caballo. Conozco por el nombre cada uno de sus baches.
—No me da la suma.
—Porque le estoy sumando según el rito budista tibetano de Qhingai, cuyos monjes, ya en el siglo tres antes de Cristo, habían resuelto el tema de la cuadratura del cero, mire.
—Ah.
—No me haga perder que después no me encuentro. Ahora, el gobierno central larga a los chinos recién nacidos con la correspondiente marca de agua, hilo de seguridad y tinta de variabilidad óptica; y yo le distingo un chino falso a una legua.
—¿Castellana o imperial?
—China. Y no se haga el vivo. Me recuerdo al Chino Garcés —dijo Ekinoxio levantando la vista como para mirar un punto a la distancia— que fuera cartero en Merlo, allá por el año sesenta. Qué gran tipo. Todos los días que tenía franco salía a caminar una o dos leguas.
—¿Lo conoció?
—Solo de mentas. El ucaliptus todavía no había llegado.
—Ahora es usté el que quiere irse por la tangente, como le pasó al chino Euclides.
—¿Cuál Euclides? ¿El de Megara?
—Satamente.
—¡Pero ese no era chino! ¡Era griego!
—De madre china.
—No me haga calentar, don Incoloro, que después la fiebre no me baja ni con mertheolate. Usté consígame un chino con barba, después hablamos.
Don Ñandufuz estaba pensando de dónde iba a sacar un chino, cuando Ekinoxio dijo:
—Bueno, mire; voy a necesitar dos, pero que juntos no pesen más de cien kilos.
—¡Marco Polo! —dijo el otro.
—¿Qué tiene que ver?
—El habla de chinos barbudos. 
—¡No me venga ahora con la tumba de Yu-Hong y el ADN mitocondrial! ¡Ese era europeo, no chino!
—¡Marco Polo, en su Libro de las Maravillas!
—A él no le crea.
—¿Por?
—Todo lo que dice Marco Polo son cuentos chinos.

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viernes, 21 de agosto de 2015

Una ponencia sin huevos – Héctor Ranea, Daniel Frini & Sergio Gaut vel Hartman

 

El no-profesor Oguismundo Sapea se apoyó en el calamarito de la sala de eruditos crudos y recién recibidos por correo, se aclaró la garganta con un buen trago de licuidpeiper ―varietal, cosecha del ‘92— y comenzó su discurso con voz aguardentosa, tres tonos por debajo de lo aconsejado por el doctor Iuknowmach Degola.
—En fin —dijo—. La prosa burocrática merecerá, algún día, un sitial de honor junto a El Proceso de nuestro amadísimo Frankie Kafka. Tenemos autores como Luigi Kaspa, Amendolina Almorrana —la famosa AA de un libro de Joyce inédito―; el desconocido vienés Helmut Maria Kagatint, el menos ignoto de los escritores burocráticos fineses: Haagard Bibliooraat, la muy recordada empleada pública emérita Doña Juana Dominga Sampietri viuda de Malatesta, encargada de la mesa de entradas del Registro Civil número 12, de Villa Luzuriaga. Recuerdo, además, la Planilla de Declaración Jurada de Cargos y Pertenencias Olvidadas, documentos aplicables a ciudadanos y ciudadanas de Plafagonia, Estolidurria y Acaparolskaia; y tantos otros que nos solazaron con los formularios para impuestos en esta muy amada República de los Tarados Eméritos, el canto a la necedad de la constitución para una ferrovía libre de olor y otros poemas que no vale mencionarlos para no arruinarlos.
Una mano levantada en el culo del salón interrumpió el discurso de Oguismundo. Se trataba del intratable Ladamiel el Beodo, Ángel de la Bronca, licenciado en la novena cuadrícula del séptimo cielo.
—Olvida usted, queridísimo no-profesor Sapea —dijo Ladamiel —, los diecisiete volúmenes en cuarto menor del tridoctor Solomeo Paredes, que les dedicara a su rival en estas cuestiones burocráticas, el muy mentado operario múltiple Johnny Melastoco, kinesiólogo filatelista él; y que, a su tiempo, supiera enemistarse con los milicos, especialmente con el terrible, temible y tétrico teniente Némela (cuyo recuerdo nos produce horror).
—¡Acá no se escucha! —dijo una voz en la parte derecha del salón, junto al proscenio.
—No los olvido, execrable interrumpidor —replicó Oguismundo sonándose la nariz con gran estruendo y un pañuelo no lavado, que dejó primorosamente al lado del clavel que adornaba el atril (el que se marchitó en el acto) —. Pero, entre nos, Némelas era jefe de cuadra cuando lo estaquearon al cabo Jorge Ludo. Horresco referens. Pero gracias a él abandoné toda idea de acercarme a lo militar...
—¿Y lo de las vírgenes? —preguntó el celebérrimo Sergei von Hard Garden, Señor de los Aritos.
—¡Acá no se escucha! —dijo la misma voz de la vez anterior, en la parte media del salón.
—Lo de las vírgenes… —El no-profesor se rascó la barbilla hasta sacarse sangre y dos pelos, uno negro y otro canoso—. Ya que lo menciona, tiene algo de burocrático, bien mirado que se vea. Y si no, pregúntele a Zurdo Malamano y a su novia Felicitas Quinteto de Cuerdas, hija del notario del Pueblo de San Otario (en realidad iba a llamarse Sanitario, pero algún tinterillo cagatintas se apiadó de ellos, aunque no sabía nada de lengua —nada de nada—). Esos sí que hicieron Actas, labraron Actas, sellaron Actas, pero ni en pedo consumaron ni Acta ni Acto. Todo porque ella se negaba a consumir nada que no fuera bajas calorías y todo indicaba que el Acto era bajo pero no en calorías y de alto contenido térmico, pero confundió temperatura con calor y caloría con calentura. Típico caso de provincianismo en mala escala.
—¿Consumido o consumado? —prepoteó Ladamiel, más suspicaz que un paisano uritorqueño ante los avances sexuales de una lou’ikokolia del cuarto planeta de Wolf 35467—. ¿No es demasiado radical, lo suyo? Lo digo para su gobierno, no lo tome a mal.
—¡Acá no se escucha! —se escuchó otra vez, pero ahora en el gallinero, un poco a la izquierda.
—Gobierno radical tenemos por acá —dilucidó Oguismundo—, así que imagínese si será burocrática y lenta la cosa. ¿O usted usa “radical” en la acepción que le da el emérito no-profesor Melatol Maca-Huang? Porque si lo hace, es por su cuenta y riesgo. Aunque nuestro superintendente alcanzó fama galáctica en ocasión de un resonado caso de importación de vírgenes (o casi) paraguayas —las mentadas Hermanitas Adoratrices del Sagrado Miembro—, a las que ubicaba en unos templos medio raros de los alrededores de la ciudad. Tenga en cuenta que al radicalizar la sexualidad se logran tales picos de generación orgánica que los juidergans de Lopecito, ese oscuro mundo del sector desmoronado de la galaxia Sapea consideran un alimento similar a la ambrosía.
—¿Se compró una galaxia, no-profesor? —La que había hablado era la apergaminada Isabelita del Río Turbulento.
—Con mi plata, ¿sabe? —replicó Sapea, bien mosqueado—, mi platita bien ganada ¿O usted sugiere, acaso, que mi plata no vale?
—¡Acá no se escucha! —se escuchó ahora en uno de los palcos.
—¿Esto es una disertación o qué? —espetó el conde Dorileo Mirokefalón del Cerúleo Cirio, uno que supo pelear en las trenzadas de los tiempos de Nicéforo Briennio, eximio manejador de la pluma pestañuda.
—Que —consintió el no-profesor—. ¿Por qué? ¿Algún problema? ¿Quiere que salgamos a dirimir nuestros asuntos al patio? —dijo mientras empezó a sacarse el saco.
—No hace falta —refutó Nicéforo. Y extrayendo una pistola de agujas de la sobaquera terminó con la ponencia y la vida de Oguismundo.
—¿Y ahora? —preguntarás, lector. Y ahora, nada, responderé. Muerto el perro se acabó la Arabia. Y fallecido el no-profesor se acabó el cuento. Viva la Patria aunque yo pereza. Colorín colorado. The end. Fueron felices y comieron caviar.
—¡Objeción! —estalló Jardín Martella, el micro abogado de las causas instantáneas, defensor de pobres oprimidos e hinchas de Boca.
—Denegado —declaré, harto de este cuento y de todos sus patéticos personajes.
—De todas formas —dijo Oguismundo, resucitando—, si no tiene nada mejor que hacer póngale algún confite a esta torta, ¿no le parece apropiado?
—Me parece —concedí—; me lo apropio.
—¡Acá no se escucha! —dije, pero esta vez saliendo del cuento por la puerta de servicio.

Acerca de los autores:
Daniel Frini

sábado, 1 de agosto de 2015

Receta para macerar almas en el infierno - Laura Olivera, Daniel Frini & Sergio Gaut vel Hartman

 

Tómese un alma, de preferencia, perversa. Debe tenerse cuidado: ciertas vilezas encubren bondades que la Justicia Divina y Garantista asume como suficiencia para acortar la eternidad a unos cuántos años de Purgatorio. Un alma perversa es una joya difícil de encontrar. Sosténgala por el cuello hasta su desmayo. Antes, se habrá preparado un caldero con dos partes de agua, una de vinagre y una de alcohol de romero. Cuando se alcance el punto de ebullición, sumerja el alma elegida y coloque la tapa. Deje hervir un par de años. Para evitar que largue mal olor, escúrrala en recipiente aparte, salpique con cal y deje reposar a temperatura ambiente. No bien afloren las grietas, sostenga el alma por sus extremos y colóquela boca arriba en una placa limpia. Cocine a horno moderado durante un siglo y medio. Pinche con un palillo para comprobar que esté bien torturada (el punto es fundamental) y con espátula despegue suavemente. En una fuente honda, vierta un pocillo de sangre de nerpa del Baikal (único hábitat de este animal), dos gotas de sudor de sirena, una pizca de secreción nasal de yeti y medio kilo de excrementos de ornitorrinco nonato. Saltee hasta que el producto tome un peculiar color fucsia. Retire el componente sólido y reserve. Inyecte el líquido en los vértices del alma y cubra toda la superficie con la pasta que reservó. Espere doce años, doce meses y doce días y sírvase acompañada de papas fritas.

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viernes, 24 de julio de 2015

Pinot Noir californiano – Rogelio Ramos Signes, Daniel Frini & Sergio Gaut vel Hartman


El Rojo apuró un trago del Pinot Noir californiano que le había traído Ray Bradbury. —Dice el Facebook que estuve en Jeffersonville, cerca de New Albany, e incluso muestra un mapa que indica el lugar. No sé por qué asegura eso, si yo no salí de mi casa, en San Miguel de Tucumán.
—¿Está seguro, Rojo? —Berrotarán contempló con avidez la botella, pero no se atrevía a pedir más.
—Claro que ahora que lo pienso con más tranquilidad, me pregunto: ¿no seré sonámbulo, y no lo sabía? ¿O habré adquirido el don de la bilocación, como el Padre Pío?
—El Facebook sabe cosas que ignorás, querido Rojo —dijo Destonevski; no le importaba el Pinot Noir porque se había vuelto abstemio—. No es sonambulismo sino algo mucho más denso: traslación empática tele asistida, mucho más conocida, en el gran País del Norte, por sus iniciales.
—Eso es lo bueno del Facebook —acotó Berrotarán—: se conocen lugares impensados. En el último año, he andado por Lima, Miami y el desierto de Gobi. Y todo con la SUBE, parece. Lo único que espero es que no me aparezca algún reclamo por paternidad.
—¡Chicos, no me asusten! —exclamó el Rojo—. Siempre pensé que era yo el único conductor de mis zapatos.
Berrotarán miró los zapatos del Rojo y se encogió de hombros. Si podía usar unos tarros tan estropeados no iba a reaccionar si le arrebataba la botella de Pinot Noir californiano. Pero Destonevski, ácido como siempre, le echó sal a la herida.
—Es para asustarse, Rojo, ¡por supuesto! Si ponés tu mano como para rascarte una oreja y rápidamente la estirás hasta tocarte el hombro notarás que tus dedos chocan con una tansa, una de las diecinueve que usan los titiriteros de Alfa Ornitorrincus para manejar a un par de millones de seres humanos.
—¡No, la botella no! —bramó el Rojo—; es el único recuerdo que me queda del buen Ray.
—Un par de millones de seres humanos —dijo Berrotarán dejando la botella sobre la mesa y escondiendo las manos detrás de la espalda—. Usted debe ser uno de ellos.
—No —dijo Destonevski con su habitual parquedad—. Yo soy uno de los facilitadores llegados de Kryptón para poner las cosas en su lugar.
—Ah —dijo el Rojo recuperando la sonrisa mientras guardaba la botella en el bargueño—. Creo que conozco a otro que vino de ese planeta.
—Hasta hace un momento —murmuró Berrotarán— creía que bilocarse era volverse doblemente loco. Ahora estoy seguro de que el Rojo estuvo en  San Miguel de Tucumán y Jeffersonville, cerca de New Albany, al mismo tiempo. Lo de Ray Bradbury es una mera fantasía. Mirá si Ray Bradbury va a viajar en avión, con el miedo que les tiene a los aviones, para traerle una botella de Pinot Noir californiano a este. —Empezó a reírse y todavía no ha dejado de hacerlo.

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Daniel Frini
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