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miércoles, 16 de marzo de 2016

Fotógrafo criminal - Ada Inés Lerner, Alberto Jaumot de Zuloaga & Erath Juárez Hernández


Ángeles, la novia de Diatchenko, presentó una denuncia ante el Juez acusando a este de haber cometido un crimen mientras ella estaba de vacaciones. Su relación sentimental terminó hace meses, pero Diatchenko se negó a abandonar la casa que compartían. De acuerdo a lo que consta en actas Ángeles lo acusa de crueldad animal y amenazas. A saber: que él mató y luego despellejó a la mascota, la coció lentamente y se comió la mitad. Sacó fotos de todo el proceso y se las mostró al juez. Este las miró horrorizado, en ellas se veía la atrocidad; desde que el pobre animalito yacía muerto en el suelo manchado de sangre hasta que no se le podía distinguir de un pedazo de ternera; pero no se veía a nadie, y por lo que salía en la imagen, bien podía haber sido cualquiera. Entonces entró Diatchenko, acusándola a ella de la atrocidad. Las fuerzas de la ley los miraron a ambos; era la palabra de uno contra el otro. El juez aceptó las pruebas presentadas por Ángeles, su coartada era más convincente. Ella había estado a cientos de kilómetros mientras Diatchenko se encontraba en el lugar, de acuerdo a testigos presenciales. Diatchenko, nunca aceptó la culpabilidad. Sabía que el error había sido conocerla, que si hubiera sabido que era celosa, no la hubiera hecho su novia. No la hubiera engañado de saber que se comería al perro y que lo obligaría a sacarle fotos mientras lo devoraba.

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martes, 15 de diciembre de 2015

Mire si Dios – Abelardo Cid Topete, Erath Juárez Hernández & Begoña Borgoña



Mire si Dios no va a ser grande, dijo don José; cuando trabajábamos pa’ los ricos en la hacienda siempre estaba con nosotros. Cuando se perdían algunas cosas mandaban llamar al cura que en llegando nos decía que el robar era el camino al infierno. En esa vez se habían perdido unos alimentos de los patrones, después nos confesaba y en la noche Dios señalaba al ladrón y llegaban los rurales sin saber Dios de nuestra hambre. Mire si Dios no es grande, que el pobre ladronzuelo podía aguantar hasta cincuenta cuartazos del patrón y al otro día ya estaba trabajando de sol a sol. Y mire si no es grande que a muchos de nosotros nos guardaba de enfermarnos si nos caía encima un aguacero y, si alguno lo hacía, pues no lo dejaba sufrir; enseguida se lo llevaba pa’l cielo. Tan grande es, que los chamacos de los patrones que parían nuestras hijas nacían sanotes. Fíjese usted, que un día jalaba yo pa’l mercado del pueblo a buscar una gallina negra y hierbas pa’ un hechizo de la riqueza, harto de ser pobre. Pero Dios me alejó de ese camino y, en cambio, me regaló una chamaquita bien chula que andaba perdida por ahí, chillando la pobrecilla. Lueguito me la traje pa’ la casa, y hoy trabaja parada afuera de una cantina, por eso digo que Dios es grandioso, dígame usted si no.

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viernes, 11 de diciembre de 2015

El tulipán dorado de Ermirna - Patricio G. Bazán, Israel Gutiérrez Nava & Erath Juárez Hernández


–¡Corten! ¿Qué hace ese imbécil?
Una escena sencilla: sale el Maharajá por una puerta, y regresa gritando “¡Guardias!”. Sin embargo, acaba de entrar con la ropa del revés, exclamando algo así como “¡saidrauG!”.
Furioso, el director exige explicaciones, sin ser entendido ni comprender la réplica del confundido actor. El guionista observa la escena con súbito interés, pues sospecha saber lo qué ocurrió. Se acerca y susurra:
—Mire la escenografía: se usó para “Alicia”. No es una puerta, sino un portal, y por lo que veo y escucho, funciona como un espejo.
El guionista le pide al actor que diga la siguiente línea de su diálogo. Con algo de angustia pero con una fluidez natural, el actor dice: ”!oicalap led satreup sal darreC¡”. Ambos corroboran lo dicho con lo escrito en el guión; el director parece comprender, no sin cierto escepticismo, aquella extrañeza.
Sin más remedio, ordena que se repita la escena, pero que ahora las cámaras graben en sentido inverso. Al gritar “!noiccA¡” se sorprende, pero deja seguir la escena. Esta vez el actor claramente dice su línea: “¡Guardias! ¡Cerrad las puertas del palacio!”. Por fin una línea correcta, piensa y como queda más que satisfecho con la escena, grita: “!netroC¡”.
Todo el mundo queda mudo, miran al director que no puede más que decir “!nóicacol ed raibmac euq somerdnet, ojaraC!”.
Mientras mira como todos se retiran, un conejo pasa frente a él. El director lo sigue y ambos desaparecen de otro lado del portal.

Acerca de los autores:
Israel Gutiérrez Nava

jueves, 13 de agosto de 2015

Las tejedoras – Patricio G. Bazán, Erath Juárez Hernández & Luciano Doti


El Señor Li Yuan T’ang, terror de las estepas, ignoró homenajes y súplicas que lanzaban sus súbditos a medida que avanzaba hacia su tienda, montado en su magnífico caballo negro que piafaba nervioso. Él también lo estaba: tomaba lo que quería y nada se le negaba, excepto esa potranca extranjera que había raptado. Bien, esta noche sería suya. Penetró en sus aposentos dispuesto a domesticarla, pero en cambio se topó con tres ancianas horribles que lo señalaron:
—No puedes hacerlo.
—¿Y ustedes quienes son para impedírmelo?
—Hemos consultado al oráculo y se nos ha dado una profecía: El señor de las estepas procreará un hijo bastardo quien más tarde lo despojará de todo lo que posee y beberá su sangre.
Li Yuan se carcajeó y después de ordenar que mataran a azotes a las tres brujas, se ocupó de ultrajar a la extranjera toda la noche, para luego dárselas a sus soldados para que hicieran con ella lo que quisieran.
Cuando la extranjera ya sucumbía agotada tras la sobredosis de virilidad recibida, fue erróneamente dada por muerta. Entonces, se le aparecieron las tres brujas tejedoras provenientes del inframundo.
—No tienes por qué morir. Te ofrecemos un pacto para seguir viviendo.
La extranjera, encinta, lo aceptó.
Así, sin saberlo, Li Yuan se convirtió en padre de un niño que de adulto cumplió la profecía.
Por alguna razón, madre e hijo rehuían al ajo y no se exponían nunca bajo el sol.

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viernes, 26 de junio de 2015

Certezas y dudas – Erath Juárez Hernández, Carlos Enrique Saldívar & Sergio Gaut vel Hartman


—¿Estás seguro de tu condición humana? ¿Alguna vez viste tus entrañas, el hígado, los intestinos, el corazón?
Lo miré perplejo. —¿Es una broma?
—No, no es una broma. Podrías ser un androide, un ser cibernético, un simulacro de persona. Y las nociones implantadas en tu cerebro positrónico garantizarían el engaño.
—¿Qué me dices de los sueños? ¿Puede soñar un robot? —Al soltar la pregunta me quedó la duda, no recordaba ni siquiera el del día anterior.
—No lo sé, dime, ¿sueñas?
Me quedé mudo por unos segundos.  —Espera, hay una forma de saberlo.
Me dirigí a la cocina y agarré el cuchillo más filoso que encontré. Cuando regresé, mi amigo no parecía extrañado por mi conducta; al contrario, se le veía emocionado por lo que intuía que iba a hacer. Utilicé el arma punzocortante sobre mi brazo izquierdo. Lo que vi confirmó las ideas que tenía acerca de mí. Le mostré el miembro sangrante; por supuesto, el corte me dolía.
—Eso no prueba nada —dijo—. Tu ser externo puede ser el de un humano. Es tu ser interno el que interesa. Entiérrate el cuchillo en el estómago, lo más profundo que puedas. —Lo hice. El sufrimiento fue intolerable. Me desmayaba… A duras penas logré comprender lo que me decía.

—Nuestro método es lento, pero seguro. Eliminaremos a los humanos minando su confianza, demoliendo sus certezas, empapándolos de preguntas sin respuesta. La Tierra será nuestra sin mancharnos las manos de sangre.

Acerca de los autores:
Erath Juárez Hernández
Carlos Enrique Saldivar
Sergio Gaut vel Hartman