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viernes, 1 de abril de 2016

Estrategia y táctica - Sergio Gaut vel Hartman, Daniel Alcoba & Carlos Enrique Saldívar


Franz se sintió perdido, y llevado por un impulso inesperado corrió hacia delante para embestir a Maya. La antigua carcelera de Dachau lo superaba en peso, altura y determinación, pero el esmirriado oficinista de Praga sabía que una estrategia pasiva lo condenaba lisa y llanamente al fracaso. No obstante, un metro antes de chocar con el formidable cuerpo de la mujer, lo pensó mejor y se detuvo, como si el súbito movimiento lo hubiera avergonzado; dio un paso al costado, resoplando por haber ascendido la cuesta en cuya cima se encontraba Maya, sosteniéndole la mirada dijo:
—Maya, su masa me atrae con fuerza inversamente proporcional al cuadrado...
Como ella se desplazó también para seguir enfrentándolo, Franz usó la circunstancia de haber muerto en 1924 para dar un salto de caballo de ajedrez y situarse a espaldas de la carcelera. Todo salió según lo previsto. En breve conseguiría escapar, sólo tenía que reducir a Maya. Había tardado diez años en descubrir el mecanismo de cronodesplazamiento en la sala de mecánica, nadie se dio cuenta de que había diseñado aquel fabuloso dispositivo que ahora usaba como un chaleco gris. Maya no se lo pondría fácil, ella creía tener otro parecido. En Dachau sabían que sus esperanzas de ser libre radicaban en su fallecimiento acaecido hacía cien años. En efecto: el 3/07/2024 Franz saltó al universo de los poetas muertos, invisible a genocidas, filisteos... Maya, sola, gruñía en la ladera rechinando los dientes.


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miércoles, 16 de marzo de 2016

El percance del teniente Ramos - Daniel Alcoba, Patricio Bazán & Héctor Ranea



Al teniente de la US-Navy, Georges Ramos Heredía, miembro de la fuerza de intervención rápida de la OTAN en la guerra de Egipto, al final del primer cuarto del siglo XXI acababan de asignarle una aeronave Phantom Fire de desembarco, muda e invisible. Tras estrenarse en los arrabales de El Cairo, intentando vaciar la vejiga urgente, un speedy lagarto le arrancó la genitalidad de un mordisco tan pronto como la sacó de la bragueta; expuso al aire ardiente del desierto su muñón sangriento como gesto de desafío y se propuso recuperar su virilidad a cualquier precio, al grito de “¡Vení para acá, lagarto!”.
La Luna iluminó las dos siluetas que seguían corriendo, sin saber quién perseguía a quién. Dos soles y tres lunas más tarde, Ramos recuperó lo que quedaba de su apéndice, más preocupado por la mengua en su imagen castrense que por la reinserción quirúrgica. Se lamentaba imaginando qué cara pondrían sus superiores, y qué dirían sus subordinados. En un bar de la calle Al-Azhar le indicaron un pasadizo por el que accedía a la universidad abandonada, donde un cirujano de aspecto poco confiable le aseguró éxito. A él se entregó. Satisfecho con el resultado, Ramos siguió orgulloso bombardeando a diestra y siniestra, pero cada vez que apretaba los gatillos de sus armas, del pene la voz del cirujano le conminaba a dejar de hacerlo. Se convirtió en mercader de cardamomo junto al viejo cirujano Maimonides, el grande.

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lunes, 29 de febrero de 2016

El Cuasieco de la ventana de Oriente - Daniel Alcoba, Sebastián Fontanarrosa & Claudia Isabel Lonfat


En diciembre de 2055 llegó al aeropuerto de Barcelona un zepelín fotónico del ejército sirio del aire. Por la puerta de honor descendieron el jeque Qobb al-Din y su cuasieco bioingenieril, mezcla de dromedario, caballo y jirafa. El heredero del incalifato de Tahuantinsuniyya lo llevaba de la rienda como fuese un caniche. En la segunda mitad del siglo XXI la ciudad de Barcelona se había convertido en sociedad anónima comercial industrial cuyo capital accionario estaba en manos de la Federación de Mandarinatos Chinos y Cochinchinos.
Abriéndose paso entre la marabunta de sulkis y bicicletas del Passeig de Gracia, la extravagancia de ambos atraía las miradas. Inmerso en una atmósfera que olía a opio y sonaba a jerga crispante catalán-china de los mercaderes, jeque y cuasieco llegaron a la mezquita caminando. Le entregaron la fórmula secreta que iba a terminar con la hegemonía económica oriental: los codex genéticos de la semilla transgénica original de la amapola marciana.

Guardias civiles de Terracota lo cercaron. Al jeque le quedaban pocas opciones ante el riesgo de ser atrapado: debía destruir las pruebas. Él se tragó los codex, el cuasieco se comió con deleite la amapola marciana. Justo entonces los chupó el teletren del zepelín fotónico. Al comenzar la requisa de códex, y ante la sorpresa general, el cuasieco se conectó con la computadora central, y en segundos, todos los medios de transporte se convirtieron en cuasiecos virtuales, devoradores de chinos.

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domingo, 21 de febrero de 2016

En la mira – Luciano Doti, Daniel Alcoba & Ada Inés Lerner


Hacía tiempo que cada cuadra de la ciudad era monitoreada desde la central de seguridad. Al principio había sido una herramienta necesaria: los vigilantes podían advertir en pantalla a todo ciudadano en actitud sospechosa, para dar aviso al móvil policial más próximo y enviarlo al lugar en cuestión.
Durante el año 2025, esa herramienta ya era utilizada para vigilar las actividades de cualquiera que pretendiera desafiar a los comandantes, también para chantajear a quienes tuvieran bajos instintos y altos ingresos e incluso para recomendar la captura de los instintos sublimes desprovistos de rentas, puesto que no podían ser otra cosa que profetas revoltosos que tarde o pronto acababan sublevando al vulgo, haciendo la revolución. Eso empezó después del Concilio Vaticano XV que instituyó el pleno sacerdocio femenino. Desde entonces las mujeres, además de madres de familia, podían ser párrocas, obispas, cardenales, papas...
En el presente, 2027, las cámaras vigilan sólo a curas y monjas que conspiran sin descanso y con sañuda reciprocidad contra los vigilantes, comandantes y en especial contra aquellos hombres casados que concurren con sus esposas a lugares sospechosos como la Feria de la Verdura, la Exposición de los Frutos Multicolores, las granjas de pollos y pollitos, y religiosos reaccionarios que osan visitar teatros, casas de citas, casinos… Las cámaras ya no vigilan a swingers o a grupos de más de dos personas en hoteles de alta tolerancia. Ahora la principal amenaza es el clero revolucionario y su papisa.

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Ada Inés Lerner

viernes, 5 de febrero de 2016

Arzobispado de Maguncia – Daniel Alcoba, Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman



—Habida cuenta de que tus relaciones con el nuevo papa son tan fluidas y sedosas —dijo Abocal apurando un nuevo trago de ajenjo— ¿por qué no me conseguís el arzobispado de Maguncia que es lo que siempre soñé?
—Está difícil —respondí—, todo el mundo aspira a ese arzobispado.
—Usaría la pilcha y las gemas que manda Aarón el hermano de Moishe, en el Levítico —insistió Abocal—. Tienen doble propósito, además del ritual sirven para hacer musculación de cintura, pecho, hombros, brazos y espalda.
—De acuerdo —bufé—. Contá con ese arzobispado. Me imagino que te tienta el rojiblanco, los colores de la casa.
—Este pide fuerte porque tiene la certeza de que la hechicería no joderá la paciencia —terció el profesor Sandoval hincando el diente en una empanada salteña.
—Gracias a tu amistad con la Bruja Vieja y la Bruja Joven —completé.
—Exacto —reforzó Abocal—. Y también porque los magos de Salmansar —los que son amamantados hasta los cuarenta y nueve años por noventa y ocho brujas nodrizas— están en vías de extinción.
—¿Y eso qué tiene que ver? —protesté—. Con esa acotación te estás saliendo del carril.
—Quiero ser arzobispo, che. No tengo intenciones de ser tren. Tren es este Sandoval, que salió de ningún lado. ¡La Vieja y la Joven! —agregó con sarcasmo Abocal—. ¡Le ponen cada eufemismo a las cosas, acá!
—¡Callate Abocal, que se me atora la empanada! —tosió Sandoval, doblado de la risa—. En Maguncia vas a tener trabajo con las Brujas. Pero en el santuario de Beodus, el vino carmín te va a teñir esa peluca de añil —dijo conteniendo una segunda carcajada.
—¡No metan a Beodus en esto! —protesté con tanta energía que se recalentó la empanada de Sandoval—. Si tengo que darle seda al papa, me pongo a tejer junto a los gusanos, ¿me entienden? —Pero Abocal ya se estaba probando imaginariamente los ornamentos de Aarón y casi no oyó el ruido de la empanada que, caliente como estaba, había sido arrojada por Sandoval y fue a parar donde la mitra encuentra al paramento, metiéndosele por la espalda hasta donde ésta cambia de nombre. Y eso que el traje era imaginario. Siguió una escena apoteótica, digna de Schönberg.
Como ha escrito y apostrofado el jesuita Jacques Lacan, "lo imaginario también existe". El rabí Apelbaum, también francés, lo confirma: "lo imaginario existe igualmente". Y es hora de que agnósticos y ateos comprendan que es por ese fuste por el que hay que coger los cálices eucarísticos, y todos los otros. Con esto quiero decir que aunque las vestiduras aaronianas de Abocal eran del todo imaginarias, el efod de oro, lino debute que ni en el Once, y otras fibras vegetales tintadas de púrpura, violeta, escarlata, carmesí, retuvo la empanada caliente contra la cresta de la nalga izquierda del flamante candidato a la arquidiócesis de Maguncia, Mainz para los alemanes que la tienen en su territorio. Abocal supo en carne propia que el oro puro del que estaba hecho el efod era un excelente conductor del calor porque la cenefa tejida con hilo de oro que seguía el contorno de la túnica sacerdotal, estaba por la espalda y la cintura cortocircuitada por un cíngulo también de oro laminado. La empanada envió el chute de energía calórica a través del cíngulo que calentó la cenefa del efod y Abocal se quemó entero. ¡Pero no blasfemó!
La empanada solo en apariencia era trivial. En ella radicó la eficacia litúrgica… Que digo la eficacia, la taumaturgia, la trascendencia de la ceremonia. Ahora no era una zarza lo que ardía sino un efod. La empanada salteña valía por “una pieza de pan, una torta amasada con aceite y un pastelillo de la canastilla de los ázimos que está delante de Yahveh”. Aunque en verdad quien estaba delante de Sandoval, que ofició la consagración de Abocal a la Sede Arquidiocesana de Maguncia no fue Yahveh sino el Holandés Errante, que ya se salía de la vaina por acabar la historia, regresar al barco y hacerse a la Mar Dulce.
—¿Saben qué? —había exclamado el Holandés Errante entrando como un torbellino a la taberna “Solo Ajenjo” de Oktyabrskiy, cerca de Yakutsk, en Sajá, Siberia Oriental—. Me salgo de la vaina para terminar con esta historia; ustedes me tienen podrido.
—Hey, ¡qué humor de mil demonios mongoles! —protestó Sandoval a quien todo el asunto de la empanada lo había perturbado más allá de lo admisible—. Justo cuando íbamos a proponerlo como oficiante de la consagración de Abocal a la Sede Arquidiocesana de Maguncia.
—¿A mí? —espetó el marino estupefacto—. Soy más ateo que Bakunin en el baño.
—Es que usted —agregué—, es la persona más imparcial y honesta que conocemos, aunque su intemperanta arrogancia induzcan a pensar lo contrario.
—Sepa —concluyó Abocal reteniendo las lágrimas— que aunque la empanada envió un chute de energía calórica a través del cíngulo que calentó la cenefa del efod y me quemé entero, no blasfemé.
—No blasfemó. —El Holandés Errante me miró fijo a los ojos, convencido de que mi relación con el papa, con el gran rabino de Jerusalem y con el imán Abdul Abdullah Abducidul era parte de la conspiración internacional de los anarquistas ortodoxos. Y solo repitió la misma sentencia hasta que se terminó el ajenjo—. No blasfemó. —La mirada santa del errabundo neerlandés se posó en las asentaderas del recién quemado. Fue apenas un parpadeo, una nada. Sandoval me aseguró treinta años seguidos de que lo que vio desafió las leyes de la física comprendidas en el cuarto tomo orgiástico de las partículas y los partículos, al menos. En síntesis, el santo varón de las tierras bajas parece que lanzó a las asentaderas santas del recientemente nominado Arzobispo de Maguncia una chispa de luz, una centella de ectoplasma o una semilla de chile serrano (o chile habanero, vaya uno a saber, ¡hay tantos!) el asunto es que el paramento santo se convirtió en una tea que ardía sin quemar, una gran tela que mutó del blanco y rojo al azul y grana, con lo cual el Arzobispo fue, por unos instantes, un granadero, una pila de granadas, y de ellas salió un zumo dulce como la saliva de una mujer en medio de un orgasmo, lo que nos sobresaltó al Holandés Errante, al profesor y a mí, en ese orden, pero por sobre todas las cosas le hizo gritar al pobre Abocal.
—¡La pucha que está jodido comer empanadas!

Acerca de los autores: 
Héctor Ranea
Daniel Alcoba
Sergio Gaut vel Hartman

domingo, 24 de enero de 2016

Reliquias – Patricio G. Bazán, Daniel Alcoba & Sergio Gaut vel Hartman


—¡Vendido al señor Raubal! —Los tres golpes del martillo del subastador marcaron mi destino. Después de toda una vida de robar, estafar y amenazar a medio mundo, al fin pude amasar una fortuna para comprar aquello que me obsesionó desde que lo vi en un catálogo, hace tanto tiempo: la pistola Walther PPK con la que Adolf Hitler habría terminado con su vida. Luego de los trámites de rigor, abandoné el edificio con el fatal estuche escondido bajo mis ropas.
Esa noche, después de cenar, abrí la caja. La pistola de calibre 9 mm estaba aislada y sellada con una cubierta de acrílico que en lugar de retirar hice trizas. Quise comprobar que no tuviera una bala en la recámara, pero apenas apoyé la palma diestra en la empuñadura, mis dedos se cerraron para sostenerla con firmeza y se me hace que el arma corcoveó un poco para ajustarse a mi mano mientras el gatillo me succionaba el índice. ¿Dije que los golpes del martillo del subastador marcaron mi destino? No solo lo marcaron: esos tres golpes, adjudicándome en propiedad absoluta el arma que había terminado con la vida del líder nazi, lo motorizaron y configuraron. La pistola impulsó mi mano y no se detuvo hasta que el cañón reposó en mi boca, colmándome de felicidad. Tardé una fracción de segundo en descubrir que el precio estipulado cubría el valor no de una, sino de dos reliquias.


martes, 17 de noviembre de 2015

Escape - Alejandro Bentivoglio, Martín Renard & Daniel Alcoba


A menudo se escapa por las noches. Nadie se da cuenta de sus mínimas ausencias y aunque eso sucediera, tampoco entenderían cómo es que logra sus escapes, y lo que es más extraño, por qué vuelve. Él tampoco sabría explicarlo. Solo sabe que necesita salir de allí aunque sea por unas horas. No es que no soporte el encierro, sino que necesita buscar algo que le permita justificarse, aunque quizás tampoco sea eso lo que lo obliga a fugarse constantemente.
Últimamente las cosas han empeorado, de hecho, si hiciera la cuenta, resultaría bastante más el tiempo que pasa afuera que el tiempo que pasa adentro. Definitivamente, poco a poco, una a una, las razones para mantenerse se le han ido agotando, se le han ido escurriendo como arena entre los dedos. Hasta que conoce a Julia. Julia la de los anteojos culo de botella, Julia semi gangosa cuando habla, Julia de pelo negro y voz profunda como eco.
¿Dónde conoció a Julia, afuera o adentro; de noche o de día? ¿La conoció porque necesitaba hacerlo o fue un encuentro fortuito, como el hallazgo de un meteorito de oro, como encontrar un doblón de oro español adentro de una lata de sardinas en la excavación de los cimientos de un edificio? De hecho, vivía como un gato doméstico núbil y noctámbulo que ahora se encontraría con Julia, gatita en bata, miope, que con una gran dosis de insulina lo enviaría afuera.

Acerca de los autores:
Daniel Alcoba

martes, 20 de octubre de 2015

Langostinos turcos - Claudia Isabel Lonfat, Daniel Alcoba, Sebastian Ariel Fontanarrosa


Santo era muy exigente con sus comidas, solo aceptaba platos gourmet. A cada una de sus amantes, en lugar de joyas o perfumes, le obsequiaba un curso de cocina con algún chef de moda. Luana, por su parte, era una mujer práctica, así que le pidió a Santo un viaje a Turquía para hacer un curso de comida típica, sobre todo el uso de las aromáticas especias utilizadas en ese país. Santo no se pudo negar. 
Un mes después Luana regresó de Estambul entusiasmada por todo lo aprendido; y segura de sí misma. 
Santo Murad, descendiente de un general otomano fusilado por Kemal Ataturk, fiel a su ascendencia turca, añoraba el imperio perdido, de modo que cuando Luana, en la comida del reencuentro, le sirvió langostinos turcos, se emocionó hasta las lágrimas. Y quince minutos después de comérselos tuvo una erección urgente que puso fin a la cena. Para el café de la despedida Luana le sirvió pastellilos sirios y lukums preparados según auténticas recetas arcanas de brujas sopladoras. 
Entre besos y bocados, escuchando Simply Red con su “Si no me conoces ahora”, Santo aceptó viajar con ella a Estambul. 
Decidieron navegar en un yate sobre el Mármara, pero a cada noche los deseos menguaban. Él comenzó a engordar, ella a encerrarse, padeciendo la insufrible metamorfosis de sus piernas. 
Un tormentoso atardecer, el tonelaje de Santo inclinó el yate de tal modo que el naufragio fue inevitable. Ya en las profundidades, Santo estalló en una galaxia de exquisitos crustáceos, los que, a partir de ese momento fueron el sustento para Luana, ahora la única sirena de su harén.

Acerca de los autores:
Sebastián Ariel Fontanarrosa

lunes, 17 de agosto de 2015

Casandra – Martín Renard, Daniel Alcoba & Alejandro Bentivoglio


Siempre que pienso en Casandra recuerdo esa tarde de verano. Estoy colgado del paraíso, piernas arriba, cabeza bamboleándose, y entonces ahí está, mirándome. Vestida a lo "familia Ingals", ojos grises; me habla como si en realidad se dirigiera a alguien detrás de mí.
―Mañana esa rama se romperá... Cuidado con el brazo. ―Y se fue sin explicar más. No le hice caso, y al otro día la bendita rama se rompió y se llevó mi brazo con ella.  
Días después Casandra me visitó en mi lecho de convaleciente.  
―No te culpes por haber descreído mi oráculo ―dijo sonriente, como introito―. Mi maestro oracular me castigó inspirando incredulidad en el público hacia los pronósticos que realizo. Ahora bien, más te valdrá creer en este que me dispongo a pronunciar ahora. ―Hurgó en la enorme cartera que llevaba consigo y extrajo unas tijeras de podar bien afiladas?. Estoy embarazada por tu obra, o te casas conmigo de inmediato o te podo la entrepierna ya.
La tijera resplandecía; sin embargo, no creía que fuese capaz de cumplir con sus palabras. Le dije que todo aquello era un infundio, que yo no había tenido nada que ver en el asunto, pero sin escuchar el resto de mis palabras, pronto me vi afeitado en varias de mis partes inexcusables. Comentárselo al tío Agamenón no hizo más que carcajearlo. 
―Nunca le vamos a creer ―me dijo―. Pero es verano, al menos quedamos frescos.
Y se fue lenta, lampiñamente.

Acerca de los autores:
Daniel Alcoba

jueves, 18 de junio de 2015

La era de la pastilla – Sergio Gaut vel Hartman, Luciano Doti & Daniel Alcoba

 

Ser feliz, pensó Ascar, es saber que en tu bolsillo hay suficientes pastillas para toda la semana. Las rojas de la euforia, las azules de la paz, las amarillas de la creatividad. Desde que las drogas de diseño empezaron a venderse en las farmacias, millones de mujeres y hombres anclaron su vida cotidiana a la ingesta de Euforina, Dharma Plus o Einstein-999. Algunos hasta tenían esperanzas de que desaparecieran la codicia, las guerras… que los seres humanos serían menos miserables. Al fin cada persona podría ser lo que quisiera. La felicidad ya no estaría reservada sólo a los privilegiados nacidos con talentos especiales, ahora bastaría con esos comprimidos para sentirse en el mejor de los mundos.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que Ascar quedara atascado en el tránsito de la ciudad en la que vivía.
—¿Qué pasa? —preguntó al taxista que lo transportaba.
—Es un piquete; reclaman que las obras sociales cubran las nuevas pastillas. También clases públicas sobre las pastillas rojas, porque su sobredosis produce infartos, ictos y adición. Dharma Plus hace a la gente edulcorante, sobona y desenfrenada sexual. Einstein- 999 genera escritores de ciencia ficción, estudiantes de física y hasta físicos...
—¡La nueva trinidad santa: Euforina, Dharma...

Lo interrumpió el taxista salvando los respaldos delanteros desnudo de la cintura para abajo, pene erecto elevado 45º sobre la horizontal. Antes de ceder al deseo del taxidriver, Ascar vio al pie del parabrisas los envases de tres Dharma-grageas.

Acerca de los autores:
Luciano Doti
Daniel Alcoba
Sergio Gaut vel Hartman