jueves, 10 de septiembre de 2015

La invitación - Coralito Calvi, Luciano Doti & Claudia Isabel Lonfat



El sobre amarillo apenas asomaba por debajo de la puerta. Alguien lo había dejado ahí prolijamente, para que pudiera verlo antes de girar el picaporte, y fuera tentado a extraer su contenido, pensó Gerardo, un hombre que no podía evitar sacar conclusiones cada vez que se enfrentaba a un hecho de ese carácter. Se trataba de una invitación, con una caligrafía que imitaba una escritura manual en letras antiguas que decía: “Swuan le invita a conocer su futuro. No piense que usted es un elegido al azar. Usted es el elegido”.
Gerardo, hombre racional y poco impresionable, pensó inmediatamente en hacer un bollo y botarlo a la basura, pero algo se lo impidió: el papel era extraño, hasta subía un aroma reminiscente de él. Optó por cerrarlo y, dejándolo sobre la mesita del teléfono, partió hacia su trabajo, sin lograr retomar su habitual y sosegado ritmo mental. Jamás le había preocupado conocer de antemano lo que venía, pero ahora no podía pensar en otra cosa. Tal vez valía la pena dejarse tentar. Así que fue al consultorio de Swuan.
Allí, se encontró con un ambiente digno de las Mil y Una Noches; alfombras y tapices, una mesa redonda con bola de cristal sobre ella.
¿Cómo sabe que soy el elegido? preguntó.
Nada es casual. Mandamos las invitaciones, y cada uno que se molesta en venir hasta acá, y paga el arancel, es un elegido.
Quiere decir que si yo no hubiera venido... hizo una pausa. ¿Puedo pedir que se me reintegre el dinero?
No.

Acerca de los autores:
Luciano Doti


domingo, 6 de septiembre de 2015

Prostituta - Omar Chapi, Ada Inés Lerner & Fabián Eduardo Rafael


Ana subió las escaleras, entró a la habitación, se quitó la ropa, se duchó y salió vistiendo un conjunto de lencería fina. La aguardaba un hombre de mediana edad para el que hizo “pole dance”, mientras él seguía cada uno de sus movimientos recostado sobre la cama. Era esbelta, hermosa. La multinacional Orient Industry la había hecho perfecta, con una piel sintética tan suave que no se notaba la diferencia con una mujer humana. ¡Y parecía tan joven! De hecho lo era; solo hacía seis meses que la empresa la despachara desde la planta de Seongnam, cerca de Seul, junto con otras siete, para satisfacer el pedido de Demetrio Fortacci, el más reputado gigoló de Guayaquil. La belleza y dulzura de Ana impedían que los clientes sospecharan de su condición cibernética; además, la sensualidad con la que ofrecía sus servicios terminaron por convencer al usuario de que, si bien el costo del encuentro era muy elevado, su voluptuosidad, dedicación y entrega sin retaceos hacían que valiera la pena. 
—Vení, me estás enloqueciendo. —El sujeto la tumbó sobre la cama, y sin más trámite la penetró con fuerza, en busca de ese deleite que retribuyera lo pagado. Ana lo cubrió con su cuerpo y él se apoderó de los pechos... pero algo terrible estaba por suceder. 
—Esperá, no me siento bien —dijo Ana, pero él la penetró con mayor fuerza—. No, por favor, me hizo mal la bebida que tomé en el bar. 
—Nada de excusas. —El hombre no quería comprender razones—. Pagué para recibir el máximo placer posible. 
Enceguecido, ni siquiera escuchó las palabras de Ana. Ella había bebido ajenjo, una bebida que no puede ser neutralizada por el cyber organismo de una femoide, y como consecuencia de ello, en lugar del primer orgasmo de la serie programada, se produjo un cortocircuito que la dejó inmóvil. 
—¡Qué hiciste, perra! ¡No puedo moverlo! ¡Mi miembro quedó atorado entre tus piernas inertes! ¡Quiero que me sueltes! ¡Quiero mi dinero de vuelta!
Ana, perdido todo control sobre su cuerpo, no pudo contestarle. Y en medio del forcejeo, hubo un chispazo que terminó de enloquecer al hombre.
Como respuesta a la emergencia, saltaron las alarmas en la sala de monitoreo del prostíbulo de  Demetrio Fortacci. Los técnicos cibernéticos y los médicos corrieron al rescate. Pero ya era tarde. 
El cliente, tras el shock nervioso sufrido, estaba en medio de un colapso cardíaco por la obstrucción circulatoria genital. Los especialistas comprobaron los signos vitales.
—La prioridad es separarlo de la femoide —dijo Demetrio; todos estuvieron de acuerdo.  
—Para evitar mayores contratiempos —dijo el cibernético jefe— quitaremos las baterías de la femoide, así los médicos podrán trabajar tranquilos.  
—Debemos actuar. —El anestesista lanzó una carga monstruo de Pentotal Plus en el sistema circulatorio del cliente y el cirujano cortó el miembro mientras los cardiólogos se ocupaban del corazón. Las cirugías exigidas por la compañía de seguros fueron exitosas, pero el frustrado cliente no sobrevivió. 
—Este ya no volverá a las andadas —dijo el cirujano.
—Perdí a uno de mis mejores clientes —se quejó Demetrio— y una mina diez puntos. 
Ana, espera la reparación, desguazada en un estante del taller, pero todo el mundo sabe que no vale la pena perder el tiempo con una unidad averiada. Y en resumidas cuentas, ¿a quién le importa una femoide más o menos? La garantía estaba vigente y el gigoló no solo obtuvo una nueva femoide sino que, además, Orient Industry, lo resarció con una suculenta indemnización.

Acerca de los autores:

Héroe de la guitarra – Alejandro Bentivoglio, Félix Díaz & Sergio Gaut vel Hartman


Comienza el solo de guitarra que es habitual en la canción que casi todas las noches toca con su banda “Los Tunantes” y todo va según el ensayo pautado. La verdad es que no les gusta dejar nada a la improvisación y su público valora eso que ellos creen que son imperfecciones, pero que han sido perfectamente calculadas por el grupo. Son arquitectos de cada una de sus disonancias. Pero esta vez, José Tunante comprende que quiere salirse del pentagrama. Ha tensado tanto las cuerdas que no se extraña cuando la tercera hace “¡Ping!” y se rompe.
El público aplaude, pues cree que es un efecto más. Y vuelve a aplaudir cuando otras dos cuerdas, la primera y la sexta, saltan en simultáneo con un “¡Plong!”.
Le sigue la quinta, “¡Piung!”. Y la cuarta, “¡Pong!”
Más aplausos. José solo tiene una cuerda en su guitarra. Y sigue tocando. Golpea el instrumento cual tambor. Se adentra en el submundo oscuro de los sonidos prohibidos. Percute y logra que la disonancia penetre la coraza de la trivialidad y perfore el campo de fuerza que rodea el auditorio. Los adalab, llegados de un lóbrego mundo que gira en torno a un sol no catalogado, unos seres repugnantes que han elegido el recital de “Los Tunantes” como prueba de campo de su futura  invasión en gran escala, sufren dolores insoportables y sienten que los tejidos de sus cuerpos comienzan a derretirse. No contaban con que los terranos tuvieran armas tan efectivas. Ellos estaban preparados para contrarrestrar misiles nucleares y rayos zeta, cada vez que invaden un planeta imponen su poder mental y doblegan las defensas sin mayores dificultades. Pero esta vez no. José alcanza el paroxismo. El público delira. Los adalab logran enviar un mensaje para que se aborte la invasión. Lo sepa o no, José Tunante ha salvado a la humanidad de un destino nefasto.

Acerca de los autores:

El terapeuta - Graciela Yaracci, Luciano Doti & Ada Inés Lerner


Está recostada en el diván. La miro. Una de las piernas cae sobre la otra que permanece doblada y quieta. Habla mirando al techo. Tal vez lo está perforando y la mirada se escapa al infinito. A veces pienso que no recuerda que estoy sentado en el sillón de enfrente, que le grita a la vida desde los ojos. 
—Yo lo maté. Ésa es la verdad, doctor. Yo lo maté. 
—Lucía, ¿qué te lleva a sentir que eres culpable? —No me contesta y juega con la cadenita que tiene en el tobillo, cruza y descruza las piernas, lleva minifalda. Aún no comencé a trabajar la transferencia y la dejo seguir con el juego—. Lucía, no me contestaste. 
—No, no lo tengo claro, es lo que siento —ahora sí se da vuelta y me mira. 
—Sería importante que dijeras algo, de modo de poder abordar el tema desde algún lugar —hago una pausa—. ¿Qué estás pensando ahora? 
—Yo lo abandoné y él… 
—Según me contaste los dos decidieron separarse.
—Debí suponer que en la separación el que más perdía era él. 
“Pavada de ego”, pienso; pero en esta etapa tengo que dejar que la paciente exprese lo que ella cree, no es conveniente que haga ninguna intervención que pudiera reprimirla.
Ahora se queda en silencio, sin mirarme. Aprovecho para mirarla yo, y me doy cuenta de algo: si esta mujer abandonara la terapia, también podría matarme a mí.

Acerca de los autores:
Luciano Doti

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Simetría - Melisa Cancio, Maritza Álvarez & Sergio Gaut vel Hartman


El guía suspiró... Luego de cuarenta y tres ciclos de profesión ya no le resultaba tan graciosa la perplejidad e ignorancia de los extranjeros, su falta de lógica para seguir las sencillas reglas mandelbrotianas del subsistema, la mal disimulada excitación de los ejecutivos al describirle los naturales códigos sexuales que debían respetar, la observancia de la etiqueta en la forma y disposición de la comida... ¿Tan difícil es aplicar la sagrada ecuación a un cocido? Ensayó la acotada fórmula de saludo fractal, que se había repetido tantas veces y que los visitantes aún no dominaban; era realmente un caos, pero debía ensayarse tantas veces como fuese necesario. ¿Aprenderían por fin? Nada le importaba más que imponer las reglas y fijar su teoría para que quedara consignada en los escritos que legarían a las civilizaciones posteriores. Sin embargo, no podía ignorar que su impaciencia crecía, y algunas veces se terminaba comportando como los seres a los que hacía blanco de sus críticas. No veía la hora de poder dejar ese trabajo.
En el otro extremo de la mesa, el gureliano verde de seis ojos contemplaba al anfitrión humano con temor y aprensión. La necesidad de emigrar a la Tierra no estaba dictada por el deseo sino por la degradación ambiental de su mundo, devastado por las guerras y el cambio climático. Le resultaba aterrador el modo en que los terranos expresaban su perplejidad e ignorancia de las costumbres de los recién llegados, su incapacidad para comprender las características de su especie y las de todos los extranjeros. Se suponía que existían reglas para todo, pero no era tan sencillo comprender la lógica interna que regía en esos sistemas, en muchos casos absurdos, en especial en temas como la sexualidad y la alimentación. Saludos, códigos de convivencia, estados de vigilia y sueño, capacidades especiales para visualizar lo abstracto... De acuerdo, se dijo el gureliano; lo ensayaré todas las veces que sea necesario, dominaré mi impaciencia y evitaré comportarme como estos burdos y atrasados terranos. No veía la hora de terminar con las entrevistas preliminares y salir a caminar libremente en busca de una presa adecuada.

Acerca de los autores:
Melisa Cancio
Maritza Álvarez
Sergio Gaut vel Hartman

Capturado - Paloma Guzmán, Alejandro Bentivoglio & Begoña Borgoña


Mi condena es invadir el cuerpo de algún desgraciado. No salgo de él hasta que arreglo su vida. Pero entonces entro a otro individuo y debo hacer lo mismo. Hoy me topé con un hombre cuyo castigo es ver los secretos de la gente, por eso supo lo que soy. Me llevó a su casa para revelarme la razón de mi condena. Nadie sabe eso, solo paga; no hay manera de negarse. Cuán horrible fue mi crimen o pecado no es de la incumbencia de nadie. El tipo aquel me dice de qué va todo; sabe exactamente qué hice, qué estoy pensando, incluso qué voy a hacer. Miro hacia los costados tratando de encontrar una salida, alguna escapatoria que me permita evadirme de esta situación en la que no quiero estar. Mas todo parece cerrado a cualquier posibilidad de huida. Me siento ojo contra ojo de mi captor y empiezo a tartamudear sobre mis errores, a sudar copiosamente. El hombre ríe hasta ahogarse, comienza a toser y es cuando aprovecho lo que parece un resquicio en su concentración, para intentar salir de ahí, pero él intercepta mis pensamientos; sus ojos se mueven rápidamente como dibujando el diagrama de mi posible escape, y me doy cuenta de que no hay remedio. Por fin lo reconozco, y ya no sé si felicitarme, como lo hago cada vez, por haber ayudado a su esposa a resolver su lamentable vida.

Acerca de los autores:
Paloma Guzmán

Elegir - Ada Inés Lerner, Ana María Caillet Bois & Rolando José di Lorenzo


Gabriel Leirbag es un actor que quiere dejar su papel en una pieza exitosa que ya lo aburre, pero no lo hace porque es adicto a una de las miserias humanas más corrientes: el narcisismo. Se siente el mejor actor del mundo, no hay otro que lo iguale o que haga mejor el rol que interpreta, así que prefiere seguir llevando esa carga sobre sus espaldas antes de permitir que otro tome su lugar. No obstante, el director de la obra, Rodolfo Arte, termina decidiendo por Gabriel y lo despide, por lo que el actor lo enfrenta, en un rapto de locura lo acuchilla y sale corriendo del teatro.
Mientras Rodolfo se desangra, el utilero ha llamado a la ambulancia y a la policía, Cuando Gabriel llega a su casa toma conciencia de lo que ha hecho, prepara un bolso con algo de ropa, cremas para cuidarse la piel, implementos de gimnasia y suplementos dietarios. Nada le importa más que su apariencia. Va a huir, urge hacerlo, pero como siempre que pasa frente a un espejo no puede dejar de admirar su belleza. Se hace sonrisas, miradas sensuales, graciosas, mientras los minutos van pasando. En algún momento el actor advierte que se le escapan las posibilidades de darse a la fuga, pero es incapaz de modificar su conducta y sigue aferrado al mueble que sostiene el espejo. Una parte de su mente trata de despegarse, pero es imposible; sus ojos se sumergen más y más en el reflejo de sí mismo. Por fin escucha golpes a la puerta y gritos destemplados.
¡Abran! ¡Policía!

Acerca de los autores: