viernes, 18 de septiembre de 2015

La caída - Alejandro Sosa Briceño, Patricio G. Bazán & María Elena Lorenzin


Y aquí estoy, aleteando en vano en busca de equilibrio, girando en el aire para no caer de espaldas. No encuentro apoyo y me asusto, toca usar la izquierda si no quiero irme de boca y joder la corbata. Mi izquierda pasa de largo y el golpe en la cara es inminente, piso mojado, grasa y barro. Pérdida total y no hay seguro para trajes, pero no se da el golpe, mi cuerpo atraviesa el suelo y sigo bajando.
La materia que voy atravesando es blanda y, a pesar de lo insólito de mi situación, pienso automáticamente en bizcochuelo. Pasan por mi memoria todas las tortas de mi vida: la del primer cumpleaños que recuerdo, la de mis cuarenta, la torta de casamiento: los capítulos de mi historia ordenados por eventos sociales. Sigo bajando, y en lugar de duraznos o dulce de leche, este bizcochuelo sobrenatural parece estar relleno de recuerdos personales, algunos dulcísimos, otros con sabor a hiel. Siento frío. Alguien parte el bizcochuelo, mi madre, quizás. No esperes a tu padre, dice alargándome un trozo de torta que sabe a amargo. Vuelvo a sentir frío. El bizcochuelo se desmorona en mi boca. Él no ha llegado, ni llegará nunca. Ella tampoco. Los niños, la última vez que los vi jugaban en el jardín. Yo salía para la oficina. Corrieron a abrazarme. ¡Adiós papá! Sigo bajando y ya no me importa ni el traje ni la maldita corbata.

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Apolonio y el rayo - Marcelo Sosa, Coralito Calvi & Diana Bracamonte


Aquella tarde de verano, el cielo se desplomó en un abrir y cerrar de ojos. Las jaulas y los tramperos pesaban demasiado bajo la lluvia y caminar por el barro se había tornado una misión casi imposible. Tambaleándose como un borracho, Apolonio mascullaba sus anatemas de hombre telúrico y simplón. De repente, un ruido espantoso le paralizó el cuerpo, una luz enceguecedora se expandió por el lugar y un fuego infernal impactó en su espalda quemándole hasta el alma. No se dio cuenta en qué momento el dolor cesó, y girando su cabeza cual búho, visualizó el resultado: pasto negro, humeando, un árbol mutilado y… ¡él! Su propio cuerpo malherido yacía con los pertrechos alrededor, castigados por el aguacero. Como ráfaga se aferró a su cadáver y se infiltró en él sin esfuerzo alguno. Recogió sus cosas y se desplazó hacia el rancho, como Jesús sobre las aguas. A resguardo, mientras tomaba unos mates, se percató de lo sucedido pero solo pudo recordar al hijo que se había ido hacía ya cinco años y del que nada sabía… Se acordó de su finadita hija, que se fue con el angelito en la panza, después de que los cuatreros la dejaron maltrecha y hubiera deseado en ese momento que Cata, su mujer, le alcanzara una caricia, pero la helada no solo se llevó la cosecha… Entonces se levantó y retornó por el camino, se tiró en el pasto que aún humeaba y se volvió carbón.

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lunes, 14 de septiembre de 2015

El hombre de arena - Claudia Isabel Lonfat, Laura Olivera & Köller


Teo se llamaba mi abuelo, pero prefiero recordarlo como el hombre de arena; tenía un bar en Necochea. Yo era chico cuando desapareció; mi abuelo y el bar, ambos desaparecieron un día de septiembre del 76. Y mientras camino por la playa, casi desierta en esta época del año, recuerdo esa porción de arena que, según Teo, le pertenecía por “derecho propio” ya que su padre y su abuelo vendieron pescado durante toda su vida en ese mismo lugar. Me quedo pensando en él, en Teo, que era un buen hombre. Una ráfaga de brisa marina me hace una caricia leve y aprovecho para cerrar los ojos: allí está Teo, con esa gorra verde y la cicatriz en la frente, según él una vieja herida de las épocas de mar; más tarde supe que un matón de Osinde le había partido la cabeza en los bosques de Ezeiza, cuando volvió Perón. A pesar de todo, Teo siempre sonreía, incluso en el 76. Los rumores acerca de lo que ocurrió con él son muchos; dicen que se puso una pastillita en la boca y apretó los dientes, Que miró a los milicos con una sonrisa irónica y se desvaneció sobre la arena. Parece que se lo llevaron porque les avergonzaba no haberlo atrapado. Otros aseguran que se ocultó en la arena, que se hizo parte de ella y que sigue ahí, habitando esa porción de playa que le pertenece por “derecho propio”.

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San Oportunio - Ada Inés Lerner, Evelyn Cano & Juan Manuel Montes


En mi pueblo había muchos prejuicios. Estoy contando hoy el más injusto y discriminatorio que he escuchado. “La manzana de los elegidos”, aquella que estaba frente a la plaza principal y a la Capilla de San Oportunio. Y así la terminó llamando todo el pueblo. El párroco solía decir que el don de la oportunidad era casi desconocido allí y que sería bueno que las gentes tuvieran más fe en él. Un domingo, desde el púlpito, contó algunas anécdotas al respecto, como la de los apóstoles que observando a Jesús se le ofreció la oportunidad de seguirlo y con ello lograr la vida eterna. Esto, mencionó a sus feligreses, es lo que todos y cada uno debe hacer; sentirse elegidos por las oportunidades y saber tomarlas a tiempo.
Esa mañana de domingo, Lucía salió sonriendo de la iglesia, dispuesta a abandonar su condición de eterna soltera y aprovechar la primera oportunidad que se le presentase. Cuando atravesó la plaza pensó que debería ofrecer algún pequeño sacrificio para demostrar su fe y decidió caminar de espaldas a su destino, sin quitar la mirada de la capilla. Fue por eso que los vio: el intendente y el párroco se besaban, creyéndose escondidos, detrás de la cruz. Sacar la foto fue casi un acto inconsciente. Ahora tiene la mejor casa de “La manzana de los elegidos”. Y va por el tercer marido.

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Ada Inés Lerner
Evelyn Cano
Juan Manuel Montes

Rescate en Ophiuchus – Omar Chapi, Abraham David Zaracho & Néstor Darío Figueiras


El Canis abrió las compuertas y el Blue entró en el hangar, se adhirió al piso y quedó listo. En la cabina la sargento Durán ultimaba detalles; hasta entonces, nadie había entrado en Ophiuchus. Sin embargo, el fracaso del Nautilus en su misión exploratoria les obligaba a realizar aquel riesgoso viaje cuyo fin era rescatar a la invaluable tripulación de simios inteligentes y remolcar la nave nodriza para ser reparada en tierra.
Las cámaras de los drones mostraron que los faros internos de la nave estaban cubiertos por una capa viscosa que sumergía el lugar en penumbras, por lo cual el Blue encendió sus potentes luces. A través de las pantallas del Canis, Durán vio que el techo estaba invadido por una corteza leñosa, algunas enredaderas y una maraña de raíces que al principio le parecieron cabellos. El Canis trabó las compuertas y extendió sus garras hacia la frondosidad, pero el amarre fracasó.
A pesar de que creía que lo lamentaría, Durán, enfundada en su traje, flotó hacia la maleza. Pero al llegar a ella, las caricias de los zarcillos verdosos no le parecieron hostiles. Por el contrario, una sensualidad única la invitó a desvestirse. Seducida por los sarmientos que se enrulaban en torno de su cuerpo desnudo para masajearlo, vislumbró, en medio de la creciente excitación, cómo habían perecido los simios. El Canis y sus garras nada pudieron hacer cuando el follaje la fagocitó suavemente, ahogándola en un intenso placer. 

jueves, 10 de septiembre de 2015

Controversia sinológica – Héctor Ranea, Sergio Gaut vel Hartman & Daniel Frini


La madrugada entraba por la ventana sud-sud-oeste de la pulpería del ruso McKerring, la que no tenía vidrio y dejaba pasar un chiflete más educado que bárbaro. Don Incoloro Ñandufuz  miraba un montón de fotos ajadas que alguien había dejado sobre la mesa, mientras don Ekinoxio Thorsiros, paisano de San Nicolás, sacaba, de a uno, manises de un platito, los pelaba, los tiraba al aire y los cabeceaba tratando de embocarle a la escupidera que estaba en el rincón, al lado del paragüero. En tres horas, solo había acertado uno que se hundió con un «¡plop!» en el líquido verde grisáceo y espeso; con el agravante de que fue de carambola, debido a que le pegó con la coronilla (y no con la sien), y el maní entró al recipiente luego de rebotar en el cartel de la pared que rezaba «No sea sucio y salive adentro».
Don Incoloro se rascó la nariz y señaló a un mocetón rollizo y de tupida barba blanca que aparecía en una de las fotos de la cena celebrada en el restó «Q’etonto» de la Capital, para agasajar al gran centroforguar Crespo Villa, el famoso «Tornado de Base Marambio»; en oportunidad de su retiro final-final del fútbol, a los ochenta y tres años (la práctica profesional la había dejado cinco décadas antes).
—¿Y quién es ese chino? —preguntó Ñandufuz, con desdén.
—¿Ese? —contestó don Ekinoxio Thorsiros, mirando a la persona de la imagen que mostraba el otro—. No es chino. Los chinos son lampiños. 
Así como lo ven, Don Ekinoxio era sinólogo.
—Se equivoca, mi amigo —insistió don Incoloro—. ¿Los chinos lampiños? ¡No me haga reír! Mire. El profesor Yantze Huang-Ho, que fue compañero mío en la Universidad Shintoísta de Venado Tuerto, descubrió que los chinos de la Manchuria superior, también llamados manchegos amarillos o borgeanos, cuyo nombre científico es chinnennsis todosigualorum sp, poseían luengas barbas, tan extensas como sus uñas de usted, con las que solían tañir complicados instrumentos musicales como el Taa-hir-sin-chua-ho; ese, de seis cuerdas y media enroscadas alrededor de dodecágonos alabeados, que acá supimos conocer como “El coso ese”. Bien, decía, para lograr el sonido soñado ataban la barba al bastidor y, debido a su longitud, torsión y contorsiones, lograban un bellísimo acorde al tocar dos cuerdas por vez, sacando sonidos parecidos a los que hace el caftán de un rabino de Odessa cuando se quema en alcohol destilado de la pasta de unos frijoles saltarines manchados que los jasidim importan de México desde el siglo VIII a. C., en la época de la dispersión de las tribus israelitas. Válgame la dispersión, esto ha llevado a plantear la novísima teoría de que el pueblo chino todo desciende de una de las Tribus Perdidas, más precisamente la de Zabulón, que las crónicas del pueblo Bene-Menashe, en el noreste de la India, describen como —y sepa disculparme la pronunciación? ?übh?li n?z?rd?n Zebulun simic t?r?find?n. Y que, muy libremente, ha sido traducido como «Zabulón, el que miraba como sospechando».
—De un modo u otro —se exasperó Ekinoxio—; no me va a venir a enseñar nada sobre los chinos que yo no sepa. A más, estoy casado con una china; y puedo asegurarle que lo más que le he visto han sido bigotes. Cuando encuentre un chino con barba, tráigamelo.
—¿Así nomás?
—Tráigamelo así nomás le digo, que se lo compro al peso.
—¿Cuánto paga?
—Chinos a futuro no sé a cuánto está el kilo en el Mercado Acopiador de Rosario; pero chinos con dentadura completa, pago seis con doce el kilo vivo. Chinos sin dientes, siete con ochenta y dos.
—¿Por qué son más caros los sin dientes?
—Porque les tengo que masticar la comida.
—Pero se ahorra en dentífrico…
—Ya lo sé. Pero la Convención de Ginebra ha declarado ilegal el tráfico de chinos con dientes lavados. Creo que es por la escasez de flúor. Así que el tema del dentífrico no es problema.
—Ta bien —dijo Incoloro. Se rascó otra vez la nariz y volvió a mirar la foto. 
—Y no me quiera engañar —agregó Don Eki—. Conozco perfectamente la diferencia entre un chino y un coreano. Ya lo sabe usté: se requieren años de perfeccionamiento y estudio sesudo para distinguirlos. Y yo ya pasé esa etapa. Es más, le puedo decir de qué barrio de Beijing es un individuo solo por la tonada. Y no hay chinos con barba.
—No sea cabeza dura —dijo Incoloro—. Usted me está hablando de los chinos de la capital y yo le hablo de los del interior, los cabecitas negras, bah; que también son chinos, Qué joder.
—No ponga en mi boca palabras que no he dicho. Ponga una aceituna, o una rodaja de ese salame picado grueso que está mortal. Le decía: nunca dije que hablase solo de los de Beijing. Mentiría si dijera que he recorrido toda la China, pero debo haber cruzado unas mil doscientas treinta y ocho veces la Muralla. Setecientas veintisiete de norte a sur y seicientas cincuenta y nueve de sur a norte, treinta y cuatro de ellas a caballo. Conozco por el nombre cada uno de sus baches.
—No me da la suma.
—Porque le estoy sumando según el rito budista tibetano de Qhingai, cuyos monjes, ya en el siglo tres antes de Cristo, habían resuelto el tema de la cuadratura del cero, mire.
—Ah.
—No me haga perder que después no me encuentro. Ahora, el gobierno central larga a los chinos recién nacidos con la correspondiente marca de agua, hilo de seguridad y tinta de variabilidad óptica; y yo le distingo un chino falso a una legua.
—¿Castellana o imperial?
—China. Y no se haga el vivo. Me recuerdo al Chino Garcés —dijo Ekinoxio levantando la vista como para mirar un punto a la distancia— que fuera cartero en Merlo, allá por el año sesenta. Qué gran tipo. Todos los días que tenía franco salía a caminar una o dos leguas.
—¿Lo conoció?
—Solo de mentas. El ucaliptus todavía no había llegado.
—Ahora es usté el que quiere irse por la tangente, como le pasó al chino Euclides.
—¿Cuál Euclides? ¿El de Megara?
—Satamente.
—¡Pero ese no era chino! ¡Era griego!
—De madre china.
—No me haga calentar, don Incoloro, que después la fiebre no me baja ni con mertheolate. Usté consígame un chino con barba, después hablamos.
Don Ñandufuz estaba pensando de dónde iba a sacar un chino, cuando Ekinoxio dijo:
—Bueno, mire; voy a necesitar dos, pero que juntos no pesen más de cien kilos.
—¡Marco Polo! —dijo el otro.
—¿Qué tiene que ver?
—El habla de chinos barbudos. 
—¡No me venga ahora con la tumba de Yu-Hong y el ADN mitocondrial! ¡Ese era europeo, no chino!
—¡Marco Polo, en su Libro de las Maravillas!
—A él no le crea.
—¿Por?
—Todo lo que dice Marco Polo son cuentos chinos.

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Huelga salvaje – Félix Díaz, Patricio G. Bazán & Ana María Caillet Bois



Santa Claus estaba que trinaba de puro rabioso. Era el 24 de diciembre, ¡y sus renos se habían declarado en huelga! Querían un aumento de sueldo al triple, por trabajar en festivo, decían. Claus estaba decidido. Los despediría a todos, por imbéciles. Siempre que pudiera hallar sustitutos, claro está. No era nada fácil hallar animales mágicos dispuestos a tirar del trineo. Los dragones pedían tarifas escandalosas, y estaban muy mal vistos. Pegasos, no había ni uno dispuesto. Era un lío.
La solución apareció ante sus ojos: una propaganda de servicio de mensajería express que estuvo a punto de tirar a la chimenea. Los precios estaban muy por debajo de lo que exigía el sindicato, y aseguraban entrega inmediata. ¡Problema resuelto! Ni tendría que abandonar la comodidad de su hogar. Le pareció demasiado bueno, así que llamó para averiguar. Cuando colgó, supo por qué era demasiado bueno: a cambio del servicio, solo debía sacrificar ocho animales en honor a Belcebú. ¡Demonios! Pensó Claus... Menos mal que hablé por teléfono si no a esta hora el Rey de las Tinieblas se estaría adueñando de la Navidad. Mientras tanto el delegado gremial de los renos convocaba a una reunión urgente, el secretario de Santa, como buen político, comenzó a prometer regalías, cuando llegó Santa acompañado de Peter Pan. El secretario escapó, el delegado se hizo humo y... los niños festejaron la Navidad.

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