lunes, 17 de agosto de 2015

Solo pájaros - Liliana Aguilar Orantes, Cristina Chiesa & Adriana Alarco de Zadra


Como todos los días, la señorita Ardiles se preparó para abordar el transporte público cuando el ruido del aleteo de una bandada de pájaros cruzando el pequeño cielo que separaba el panel A del panel B la llevó a mirar hacia arriba. Nunca en las páginas de su historia había encontrado nada parecido. ¿De dónde llegaba aquel fenómeno oscuro que la hizo trastabillar, sobrevolando su humanidad a doscientos cuarenta metros de altura? Alguien la tomó por los hombros evitando que resbalara, mientras ella con voz desfalleciente, decía:
Los pájaros, ¿los ha visto? Todos sabían que los pájaros se habían extinguido tras las explosiones nucleares que habían obligado a construir ciudades subterráneas; el cielo solo era visible a través de los paneles. El vuelo de los pájaros, el viento entre las hojas y los rumores nocturnos del verano, eran apenas palabras casi olvidadas en los cuentos de los viejos. Un hilo de esperanza empezó a crecer en la mente de la señorita Ardiles. ¿Existiría vida en otros lugares del planeta? ¿Terminaría encontrando una pluma o un huevo que le confirmen que lo que ha visto en el cielo no es un espejismo? Pasó con dificultad entre los dos paneles y consiguió salir al exterior pesar de la prohibición. Nunca regresó y al cabo de cierto tiempo dejaron de buscarla. Meses después encontraron sus despojos mordisqueados por los roedores que se reproducían en medio de las ruinas de la superficie, amos absolutos de la ciudad abandonada.

Acerca de las autoras:

Reemplazo - Daniel Antokoletz, Raquel Sequeiro & Ada Inés Lerner


Está en el laberinto, en su laberinto, y se está desangrando. Agradece por ello. El terror de la persecución eterna, ese hambre que lo atormenta diariamente desde que fuera castigado. Se le doblan las piernas. Las fuerzas escapan en esa mancha roja que crece a su alrededor. Le gustaría morir en otro lado, volver a sentir el sol, pero sabe que no es posible. Se pudrirá en la oscuridad. Pero por lo menos su agresor yacerá por siempre a su lado. O eso cree. Cuando amanezca, cuando la oscuridad deje paso al primer día de verano, verá el cielo rojo a través de la celdilla del techo e intentará encontrar el cadáver del rey Hasemusa I, quien lo hizo enterrar con él como es costumbre, para que el ingeniero constructor de la tumba no pueda salir. Un viaje de ida. Una mazmorra de muchos pasillos, con respiraderos (por donde ver el sol rojo), muy arriba. Y a lo lejos terminan los muros. ¿Qué le queda? La siempre abierta posibilidad de creer que encontrará el camino, la esperanza de salvación. Todo eso lo mantiene vivo frente al riesgo angustiante de la nada final. Porque es más fuerte el temor que lo atormenta de pensar en su muerte, de enfrentar a la muerte, que la muerte misma.

Acerca de los autores:
Ada Inés Lerner
Raquel Sequeiro

jueves, 13 de agosto de 2015

Siameses – Saurio, Antonio Cebrián & Sergio Gaut vel Hartman


Dos semanas después del asesinato de Laurenti vi que habían encontrado el cuerpo y que el funeral sería transmitido por televisión. Me encerré en la cocina para que los chicos no me vieran llorar de risa y empecé a preparar una tortilla de papas con mucha cebolla, tal como le gustaba a mi hermano. ¿Por qué lo maté, preguntarán ustedes? Fuimos siameses pegados por las nalgas hasta que el doctor Texas Churchill decidió operarnos. Y la operación fue un éxito, aunque más para mí que para el infeliz de mi hermano.
—Te voy a seguir vigilando —me dijo—, no creas que va a cambiar nada, se lo prometí a ella y así será.
El pobre idiota no se percató de que ahora por nuestras venas corría sangre diferente; que su cuerpo muerto ya no sería para mí un apéndice gangrenoso que amputar. Por fin me había librado de aquel obstáculo permanente que me impedía poner en práctica mis planes... o al menos eso creí. Varias veces intuí su presencia entre las sombras, acechando. Al principio me divertía hacerlo correr tras pistas falsas, pero, finalmente, se tornó rutina y me aburrí. Lo llamé y quedamos en encontrarnos debajo del Triborough Bridge. Él llegó puntual pero yo llegué antes. Le clavé la navaja en la columna, justo arriba de la cicatriz de nuestra separación.
—Paranoico estúpido —me dijo antes de morir. Dejé su cadáver detrás de un contenedor de basura y me fui.

El bundiberto - Félix Díaz, Roxana Montejo & Sebastián Ariel Fontanarrosa


Nunca debí haber comprado aquel bicho. Parecía tan bonito, allá en la tienda de animales, con sus patas emplumadas, sus bigotes y sus orejas de gato. Pregunté por el nombre, y el vendedor me dijo: «es un bundiberto de barrancas», como si con eso todo quedara explicado. Yo, la verdad, es que me quedé a cuadros, pero me daba vergüenza preguntar. También me dijo el vendedor «se lo dejo barato, muy barato». De hecho, casi regalado. Ahora sé por qué.
El tiempo que tardó en habituarse al lugar que le había designado fue corto, pero de pronto empezó a cagar por todos lados, era un salpicadero. Suelo, paredes y techo, estaban en desastre. Me lo habían vendido tan barato por cagón, pensé.
Mi temor era que mi madre apareciera en cualquier momento. Traté de limpiar lo más pronto posible, no sin antes descubrir que cada mojón albergaba una gota blanca que, una vez tallada, dejaba a la vista un diamante perfecto.
Como era ingenuo y no sabía nada del tema, me dejé aconsejar por un amigo para llevarle las piedras a un joyero hindú que vivía en la otra punta de la ciudad, un tipo de la mayor confianza, según mi amigo. Pero hete aquí que, deslumbrado por las gemas, el joyero me apuntó con un arma y me secuestró. Me arrastró hasta su camioneta, pero como esta no arrancaba me vi obligado a viajar en mi moto, con el juyero a mis espaldas, siempre apuntándome. 
—¿Adónde vamos? —pregunté.
—Conduzca y cállese —respondió.
Devorado por la incertidumbre e incapaz de resolver el asunto de otro modo, decidí estrellarme contra un paredón, calculando minimizar el impacto sobre mí y maximizarlo sobre el hindú. El joyero, al sentirse herido de muerte, alcanzó a confesarme que toda su vida había perseguido el mito del «bundiberto», la mascota de los ascetas, la que defecaba las gemas más valiosas del mundo para probar la ambición de las almas. La de él, por lo visto, se había visto recompensada tardíamente.

Acerca de los autores:

Las tejedoras – Patricio G. Bazán, Erath Juárez Hernández & Luciano Doti


El Señor Li Yuan T’ang, terror de las estepas, ignoró homenajes y súplicas que lanzaban sus súbditos a medida que avanzaba hacia su tienda, montado en su magnífico caballo negro que piafaba nervioso. Él también lo estaba: tomaba lo que quería y nada se le negaba, excepto esa potranca extranjera que había raptado. Bien, esta noche sería suya. Penetró en sus aposentos dispuesto a domesticarla, pero en cambio se topó con tres ancianas horribles que lo señalaron:
—No puedes hacerlo.
—¿Y ustedes quienes son para impedírmelo?
—Hemos consultado al oráculo y se nos ha dado una profecía: El señor de las estepas procreará un hijo bastardo quien más tarde lo despojará de todo lo que posee y beberá su sangre.
Li Yuan se carcajeó y después de ordenar que mataran a azotes a las tres brujas, se ocupó de ultrajar a la extranjera toda la noche, para luego dárselas a sus soldados para que hicieran con ella lo que quisieran.
Cuando la extranjera ya sucumbía agotada tras la sobredosis de virilidad recibida, fue erróneamente dada por muerta. Entonces, se le aparecieron las tres brujas tejedoras provenientes del inframundo.
—No tienes por qué morir. Te ofrecemos un pacto para seguir viviendo.
La extranjera, encinta, lo aceptó.
Así, sin saberlo, Li Yuan se convirtió en padre de un niño que de adulto cumplió la profecía.
Por alguna razón, madre e hijo rehuían al ajo y no se exponían nunca bajo el sol.

Acerca de los autores:

domingo, 9 de agosto de 2015

Los tres objetos - Stefano Valente, Franco Ricciardiello & Sergio Gaut vel Hartman

 

Un cubo, un guante, una pluma. Antiquísimos, carcomidos por los siglos. Los envuelve una fosforescencia inquietante. 
—Solo han servido a Dios —murmura el monje. El viento golpea las ramas sobre la larga y estrecha ventana con un ritmo obsesivo. 
—¿Los conocías? —pregunta Lefebvre sonriendo, mientras la emoción le hace apretar el escudo de su uniforme. 
—Exactamente —susurra el monje. Y añade—: No se ría, señor capitán: ha sido usted quien encontró los tres Elementos Eternos, para traerlos aquí, a la catedral
—No tienen ningún poder sobre mí, y tú lo sabes.
—Se equivoca. A partir del momento en que los vio ha quedado bajo su influjo. Es por eso que los ha traído, capitán, al lugar donde eran esperados.
—Tienes demasiada fe en las antiguas leyendas del mal, monje —responde Lefebvre, atento a los ruidos del exterior. De pronto la luz se torna gris, la llama de la lámpara oscila y se apaga—. Y ahora, por favor —susurra el soldado—, empecemos a pensar qué uso práctico le podemos dar a estos objetos.
El monje sonríe; sus dientes están rotos y manchados de nicotina. —Veo que nos entendemos. Se me ocurrió que podríamos montar un espectáculo en el que un ángel desciende de las alturas y nos entrega los objetos de Dios. Conozco a uno que trabaja haciendo efectos especiales para las películas.
—¡Magnífico! Yo puedo ocuparme de hacer campaña en Facebook, manipulando a los incrédulos de siempre.

Acerca de los autores:
Franco Ricciardiello
Stefano Valente
Sergio Gaut vel Hartman

El gato - Iris Tocuyo, Maritza Álvarez & Evelyn Cano


Amanecí del otro lado de la cama en un vacío paralelo y toqué el frío rostro de un alucinante gato siamés; un maullido terminó con lo que, pensé, era una pesadilla. Aterrorizada vi de cerca su erizada pelambre, sus achinados y gigantes ojos azules. Mi cuerpo se paralizó y un sudor frío comenzó a escurrirse por mis labios que temblaban bebiendo apresurados el salado fluido de mis poros. El gato, por su parte, me contemplaba dibujando una risa burlona. De pronto, comenzó a relamer su pelo y al terminar el aseo, poco a poco, se fue convirtiendo en hombre de ébano. Y ese hombre me amó como ninguno antes lo había hecho. Con respiración agotada y resoplidos que emulaban al miau de los felinos, me lamió todo el cuerpo y me penetró con una suavidad inusitada. Por supuesto que estallé en el más grande orgasmo de mi vida. Pero él no se detuvo ahí. Subió a mi espalda y la recorrió con su lengua de palmo a palmo. 
Al despertar, el gato aún estaba allí. Casi salté de la cama para llegar al interruptor y prender la luz. Todo era como debía ser: nada fuera de lugar. Era mi cama, mis cosas, mi gato. Ningún indicio que indicara que seguía despertando dentro de un nuevo sueño. Decidí darme una ducha para arrancar los últimos pedazos de la sensación que se había quedado atravesada en mi cuerpo. Me detuve ante el espejo del baño: el hombre de ébano, sorprendidísimo, me miraba desde el reflejo.

Acerca de las autoras:
Iris Tocuyo
Maritza Álvarez
Evelyn Cano